
Estrategias del amor que no cesa
El escritor argentino Alan Pauls, ganador del XXI Premio Herralde en España con su novela El pasado (Anagrama), habla de la obra premiada, un relato sobre la pasión y sus cadenas
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Quinientas cincuenta páginas consagradas a narrar una pasión exigen del autor un aliento caudaloso y obsesivo a la manera de Marcel Proust y una respiración romántica. El pasado, la novela con la que el escritor argentino Alan Pauls acaba de ganar el Premio Herralde (editorial Anagrama) se parece mucho a un relato proustiano trasladado a la época actual, pero marcado por otros sellos que no son literarios y por una cuota de delirio, como todo delirio, algo arbitrario. La memoria y el tiempo tienen un papel preponderante en la historia de amor de Rímini, el protagonista, y Sofía. El análisis de los sentimientos está realizado con un detalle, una sensibilidad y una lucidez exacerbada, que requieren largas frases de sintaxis compleja e impecable de las que el autor sale siempre triunfante, convertido en un buceador que, tras haber desaparecido en el fondo del mar por un lapso temerario, emerge de la profundidad con una revelación.
Sentado a la mesa, uno de los pocos muebles del loft de Palermo Viejo donde conversamos, Pauls dice: "En realidad, todos mis escritos de ficción cuentan historias tortuosas y desequilibradas de enamorados. En El pasado me interesaba describir lo que ocurre cuando una relación de amor ha concluido. La novela empieza cuando todo ya ha terminado. Rímini y Sofía se han amado durante doce años, ejemplares para sus amigos que los consideraban como una pareja eterna, sin fisuras, sin infidelidades. Pero un día se separan, porque todo amor tiene una duración biológica, es decir, está condenado a la muerte. Si planteara El pasado como un teorema, la tesis sería que ese tipo de amor fou, de amor loco, no termina nunca, adopta otras formas, acepta que se incorporen otros personajes, que se produzcan paréntesis y que aparezcan otros amantes, pero no termina. El y ella, Rímini y Sofía, siguen viviendo sus vidas en forma independiente, parecen seguir adelante, dejar atrás lo vivido, iniciar un nuevo camino y, sin embargo, ineluctablemente todo lo que surge brota de la pasión supuestamente extinguida. En un momento, pensé en titular este libro como La vida nueva. Rímini y Sofía creen que van a tener una vida nueva, sufren esa ilusión y terminan por desengañarse. Las nuevas historias que se abren ante ellos son pequeñas trampas. Esas celadas les permiten no advertir que siguen girando en la misma órbita de antes".
Rímini y Sofía han vivido un amor excepcional, en el que el sexo no es lo más importante. La admiración compartida por ciertas películas, por ciertos libros y, sobre todo, por un pintor, Riltse, muestran en la superficie cuál es la raíz común de donde nace la unión entre ese hombre y esa mujer. Por supuesto, el nombre "Riltse" no es sino el anagrama de "Elstir", el artista creado por Proust en A la recherche du temps perdu como arquetipo de pintor.
Continúa Pauls: "Quería trabajar en un proyecto largo, entregarme por completo a desarrollar una historia sin ponerme límites. Tardé cinco años en escribir El pasado. A medida que la iba escribiendo, lo que pasaba en mi vida cambiaba el curso del relato, de modo que todas esas páginas pueden leerse como una trasposición, como un diario de esos cinco años. Mi novela avanza y retrocede en el tiempo de un modo que puede parecer caprichoso, pero tiene un orden secreto. Hay historias casi independientes como la de Riltse, al que tanto admiran Rímini y Sofía. La biografía del pintor consiste también en un relato de amor desesperado, mucho más trágico, mucho más terrible que el de Rímini y Sofía. Intercalé la vida de Riltse porque quería que hubiera una novelita dentro de la novela, a la manera de muchas narraciones de la literatura del siglo XIX. Quería que el amor de Riltse y de Pierre-Gilles funcionara dentro de El pasado como Un amor de Swann dentro de En busca del tiempo perdido. La existencia de Rímini, tal como la cuento, está marcada por las apariciones de Sofía. Desde la ruptura de ambos hasta el final del libro transcurren varios años".
Rímini es un intelectual, un traductor que, después de separarse de Sofía, vive otros amores, pasa por situaciones trágicas, se convierte en un adicto que aspira blancas filas de cocaína ordenadas prolijamente sobre un retrato fotográfico de Sofía y, después de un hecho traumático (la muerte accidental de una de sus amantes), sufre una especie de Alzheimer lingüístico que lo lleva a olvidar las lenguas extranjeras. Lentamente se hunde en un marasmo mental y llega a ser casi un paria. De ese estado de abandono absoluto lo rescata el personal trainer de su padre, que lo entrena y hace de él una especie de atleta. Gracias a su nueva condición, se transforma en un joven y atractivo profesor de tenis. Entonces Rímini se gana la vida en un club dando clases a señoras maduras que, como es de imaginar, anhelan prolongar los encuentros más allá de las canchas y sin redes de por medio. En ese punto, la novela de Pauls toma un giro inesperado. Sobre ese aspecto, Pauls dice: "Me gustan los momentos en que una novela se vuelve loca. Por ejemplo, cuando Rímini tiene una relación con Nancy, su alumna de tenis, y cuando cuento la historia de uno de los cuadros de Riltse. Hacía tiempo que tenía ganas de escribir algo sobre la vida de una obra. Coqueteaba con la idea de hacer un libro de crítica literaria en el que cada capítulo estuviera referido a un libro fundamental de la literatura argentina, Facundo, Martín Fierro, Una excursión a los indios ranqueles. Quería narrar las peripecias que esos libros introducían en la existencia de sus lectores. Después cambié de idea y pensé que podía contar en mi novela todo lo que le ocurre a uno de los cuadros de Riltse." En la novela, esa tela pasa por muchas vicisitudes. Cae, por ejemplo, en manos de una prostituta vietnamita que se gana la vida en el Festival de Cannes y, después de varios escándalos e imprevistos, termina en poder de un empresario argentino. Este no sabe nada de pintura ni de Riltse, pero se excita sexualmente con sólo ver ese cuadro en el que, en apariencia, no hay nada convencionalmente erótico. Por último, la obra aparece colgada de una pared en el baño de servicio de la casa de Nancy, en la Argentina, donde Rímini la descubre con estupor.
En la segunda mitad de El pasado, los momentos que podrían calificarse de espirituales alternan con situaciones de abyección grotesca, sobre todo a partir del "Alzheimer lingüístico" de Rímini. "La convalecencia de Rímini --explica Pauls-- tiene las características de un delirio corporal. La reeducación a la que el personal trainer lo somete está inspirada en Mishima, el escritor japonés que talló su cuerpo en el deporte mientras escribía su obra. En mis novelas siempre hay un personaje que sufre un proceso de deterioro y alguien que lo rescata, que le sirve de asilo. Me interesaba en este libro describir una práctica como la del tenis e insertarla en un relato donde lo que más abundan son las descripciones de sentimientos. Quería ejercitar una mirada microscópica sobre los afectos, pero también sobre cosas materiales, mecánicas. Del mismo modo busqué la coexistencia de lo sublime y de lo abyecto. Siempre me interesaron esas situaciones de conflicto, ya sea en la vida o en la ficción. Yo, por ejemplo, podría haber sido un muy buen tenista, pero dejé el deporte porque no podía dominar mi malhumor ni mi falta de caballerosidad ni mis muchos otros defectos: todos los que Rímini exhibe en el court. Ahora odio el deporte, la competencia y el afán de rendimiento. Me parece devastador el efecto o el papel que el culto del deporte tiene en este país. Para decirlo brevemente, pienso que el deporte tiene tanta importancia para los argentinos porque, a través de él, se cultivan y se manejan los conflictos no resueltos de la sociedad."
Algunas de las páginas más bellas y lúcidas de El pasado son las que se refieren al vínculo entre el amor, la traducción y la cocaína. El mismo virtuosismo que Pauls ejercita en el análisis de sentimientos lo aplica a la descripción de las sensaciones por las que pasa un cocainómano y a las reflexiones que le inspira traducir. "Yo he tenido una larga experiencia como traductor. Me gusta mucho empezar a traducir algo, es casi un precalentamiento para escribir ficción. Esa felicidad se debe al hecho de que no soy responsable de lo que está escrito. En ese sentido, me despreocupo. Mi misión consiste simplemente en seguir paso a paso lo que hizo otro, en adivinar sus intenciones y plegarme a ellas. Entonces paso de esa despreocupación y de esa dicha a una relación de esclavitud. Entro en un estado de dependencia del texto. Siento que me está esperando en mi escritorio para ser terminado. Y, en ese sentido, ocurre algo parecido con la cocaína. El cocainómano piensa, desde el momento en que le entregan la sustancia, cuánto le va a durar. No puede dejar de pensar cuándo se va a quedar sin ella. Lo mismo me pasa con la traducción. Todo el tiempo estoy haciendo una cuenta regresiva, contando las páginas, las palabras que me faltan hasta terminar y encontrarme súbitamente con la nada. No me sucede lo mismo con mis textos de ficción, aunque podría decir que en El pasado hay una cuenta regresiva. Esa cuenta tiene que ver con el tiempo que falta para que Sofía vuelva a hacer su aparición en el relato y a acosar con su presencia tan obsesiva y tan cuidadosa a Rímini."
Hacia el final de la novela, Sofía organiza una sociedad de ayuda para las mujeres que aman demasiado (émula de las asociaciones para alcohólicos anónimos) a la que llama Adela H, el nombre de una de las hijas del escritor francés Victor Hugo, víctima de una de esas pasiones fatales. Sobre el personaje real de la hija de Hugo, François Truffaut filmó precisamente la película Adela H. En El pasado todo lo que se dice sobre el grupo Adela H tiene casi el mismo carácter delirante, imprevisible, de los pasajes en que Rímini se convierte en profesor de tenis y objeto sexual, o de aquellos en que se siguen las aventuras de la pintura de Riltse. Mientras leía esas páginas me preguntaba hasta qué punto esos desbordes de imaginación no eran más apropiados para un best seller policial o de tono erótico. Pensé entonces no en un escritor sino en un director de cine capaz de dar unidad y naturalidad a esos materiales tan distintos. Truffaut tenía la habilidad y la maestría para que un hecho inverosímil fuera aceptado como un rasgo romántico que invade la cotidianidad. Me acordé de una escena de La mujer de la puerta de al lado en la que Depardieu besa a Fanny Ardant y ella se desmaya de la emoción.
Cuando le comento a Pauls esas impresiones, se ríe y confiesa: "Muy tarde en la escritura de El pasado me di cuenta de que detrás de todo lo que había redactado estaba el recuerdo inconsciente de esa película de Truffaut. En una escena de ese film, ella está en el hospital y no puede dejar de pensar en las estúpidas letras de canciones de amor que, a pesar de su aparente candidez, dicen la verdad. Alguien como Truffaut, que no era un cineasta sentimental, me enseñó en esa película que podía haber verdad en la vulgaridad. En El pasado no temí caer en la vulgaridad sentimental. Me interesó mostrar también el fanatismo oculto de esos grupos que se reúnen no unidos por un ideal religioso o político, sino por sentimientos poco consistentes pero tiránicos, a los que buscan controlar, doblegar y regular. Hoy hay numerosas terapias alternativas que se coagulan en una causa fanática. Esas terapias, detrás de las que hay un discurso en apariencia muy rico y variado, ejercen una gran autoridad sobre mucha gente, se arrogan un enorme poder y, en el fondo, ocultan la terrible y peligrosa fragilidad de quienes creen en ellas. Traté de exhibir en mi narración el contraste entre el vacío profundo de esas propuestas y su soberbia. Esas disciplinas que manejan una gran cantidad de supuesto saber buscan convencer a sus adictos de que ellos son amos de sus vidas, de que ellos pueden controlar sus existencias. Y ningún ser humano puede llegar a ser dueño absoluto de sí mismo. Los hombres de mis novelas, por ejemplo, son en cierto modo juguetes de las mujeres, son "jugados" por ellas. Pasan de las manos de una a las de otra. La potencia aparente esconde debilidad. En El pasado, Rímini, el hombre amado por Sofía, no hace sino desmayarse y llorar. Y ella no puede prescindir de él, no puede dejarlo escapar. En ese juego, que nadie puede dominar, a menudo se nos va la vida, el pasado".
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