Fantasiosa imaginación
Silvina Benguria hace un guiño entre irónico y burlón al recrear el mundo, las personas y los personajes con una paleta evanescente; clima victoriano en los dibujos de Tapia Vera
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La imaginación imagina; esto es, proyecta imágenes que nos ayudan a comprender la realidad. La fantasía inventa, por así decirlo; no tiene cable a tierra.
El arte pictórico de Silvina Benguria participa de ambas dimensiones. Por ello no es fácil encontrarle la punta al ovillo de su imaginación fantasiosa, o, si se prefiere, fantástica; es irónica y a veces burlona, sin por ello perder profundidad.
Se podrían encontrar antecedentes en el expresionismo de Grosz, tan sólo que donde Grosz es lineal, Silvina es decididamente pictórica, con una factura evanescente que recorre una paleta desde los tonos bajos de su retrato de Sabato, que fue pintado hace algo más de veinte años, hasta las tonalidades rubionas y rojizas sobre fondo azul de su Tango pintado , donde las parejas dan sus típicos pasos sobre columnas jónicas, emblemáticas del carácter de monumento histórico que ha tomado este baile; o en una de sus últimas obras, La sombra del lobo , donde Silvina da rienda suelta a sus predilecciones zoológicas, acariciadas por figuras femeninas de grueso calibre.
Se trata en ambos casos de acrílicos sobre tela, manejados con la maestría de quien se inició por buena senda de la mano del pintor español Eufemiano Sánchez, que practicaba ese realismo que obliga a dominar el dibujo desde el modelo que posa, exigente disciplina para trabajar del natural.
Pero esa senda no pasa de ser un recuerdo de esta retrospectiva que abarca unos veinticinco años. Es esa obsesión por los colores cálidos la que sin duda la llevó a plasmar su serie de los cardenales. También de rara belleza es su autorretrato frente a Macció, ambos usando gorras con viscera, y que nos dice de un encuentro entre pares.
Silvina no es ajena al mundo de las distinciones. Fue invitada a participar en el premio Trabuco, el de más prestigio que hoy otorga la Academia Nacional de Bellas Artes.
Todas sus figuras son opuestas a la anorexia tan de moda. En esto comparte desde un estilo totalmente diverso la obsesión volumétrica de Botero, que se remonta a Piero della Francesa. Se trata pues de una muestra excepcional para los degustadores de la pintura de alta calidad.
(En el Museo Nacional de Bellas Artes, Av. del Libertador 1473. Hasta fin de mayo.)
Pequeños dibujos
En verdad notable es la muestra que María Inés Tapia Vera titula "Pequeños Dibujos", compuesta en su mayor parte por xilografías, las de mayor tamaño coloreadas a mano, lo que les da el carácter de piezas únicas.
Apunta bien en el prólogo Elba Pérez al detectar un clima victoriano en estas estampas de niñas que les hace mencionar a Valloton y Beardsley. Me atrevo a agregar a los prerrafaelistas como William Morris, que festonea las ilustraciones de Burne Jones para los textos de Chaucer, o las ilustraciones de Dante Gabriel Rossetti para los poemas de su hermana Cristina.
Este clima está traducido en términos de una contemporaneidad que mucho envidiarían quienes, so pretexto de pertenecer a lo más inédito, retroceden a una época anterior a las pinturas de las cavernas.
Por cierto que lo que se destaca en tanto xilografías como litografías es una solvencia dibujística muy poco común.
Tanto la línea como los espacios negros tienen la fuerza de una rara convicción. Ya se trate de la niña que contempla su muñeca o de la que juega con el trencito rodeada de pequeños aviones como si fuesen querubines, siempe Tapia Vera mantiene el éxito de haber logrado fundir la ternura con la fuerza, algo nada fácil de conseguir.
Por momentos una que otra leyenda acompaña sin incomodar la pureza estética de cada trabajo. Estamos en presencia de una artista que sabe lo que hace y que lo hace con amor y entusiasmo.
(En Galería Atica, Libertad 1240. Hasta el 12 de mayo.)




