Fernández Díaz: "El periodismo no sabe narrar los sentimientos"
En el libro Corazones desatados, el escritor explora las fascinantes y riesgosas tramas del amor
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Como sabueso de los sentimientos, Fernández, el cronista escaldado por haber conocido el revés astillado de la vida y el poder, se zambulle en un universo vedado para el periodismo y para mucha literatura argentina, taponada de pudor por Borges. En Corazones Desatados (Sudamericana) explora las tramas y miserias que se tejen y destejen a partir del amor.
Relatos ficcionales, disfrazados como columnas periodísticas pero hilvanados como en la unidad de la novela, el escritor y periodista Jorge Fernández Díaz, secretario de redacción de La Nación, construye a través de su escéptico alter ego un fresco tragicómico y por momentos despiadado de los comportamientos humanos. Diseca el amor, mira sus paradojas y advirti sobre la acechanza, siempre agazapada, del fracaso y de la caducidad de los vínculos.
"Nada hay más complejo que el amor", reconoce el autor en el bar Montecarlo, esa esquina de grandes ventanales en Palermo, búnker de sus tertulias políticas y literarias; testigo hasta ahora mudo de la urdimbre de Mamá y de Fernández, las últimas de sus cuatro novelas publicadas.
Con siete nuevas historias y una novela corta (El amor es muy puto) que se suman a los 13 relatos publicados el verano pasadi en La Nacion Revista, Corazones Desatados se encumbró velozmente entre los best sellers. Es así como en ese ranking un hombre pelea codo a codo con dos mujeres: Isabel Allende y Angeles Mastretta.
"Este salto sin red en el abismo de los sentimientos trata de iluminar la realidad tal cual es e intenta vencer el pudor ante un tema tan tabú para el periodismo como noble para la literatura, desde Proust hasta Scott Fitzgerald y Manuel Puig", dice. Y enseguida contrataca: "El periodismo no sabe narrar los sentimientos".
Para Fernández Díaz, la adolescencia es "la patria amorosa, todo ocurre allí. Luego cambian los envases y las circunstancias. Yo me nutrí de los fulgores y sufrimientos que padecí entre los 13 y 20 años para contar cómo se vive el amor hoy y exponer sus enfermedades. Pero debí salir a la calle y escuchar mucho porque eso sólo no me alcanzó", revela, al momento de explicar por qué esa lectura, como espejo cruel, atenaza por momentos la garganta.
-No hay cura para el desencanto de Fernández, ¿pero qué importancia le das vos al amor?
-Mucha. Aunque distinta a la importancia que le da la editora cuando dice que la historia de la humanidad se podría explicar por el amor y por el sexo. ¿Y el materialismo dialéctico?, acota Fernández. Me interesa el amor como indagación porque ahí se juega mucho de la naturaleza humana. Siempre me consideré un hombre-mujer, en el sentido de que tengo una sensibilidad exacerbada para el tema. Por eso muchas veces sentí que practicar el periodismo duro con esta sensibilidad era como ir a una guerra con un escudo de papel. En la literatura, sin embargo, es una ventaja.
-¿Cuánto de necesidad personal por comprender y cuánto de exploración meramente literaria hay en el libro?
-Coexisten ambas. Me pareció un gran desafío escribir sobre los vínculos amorosos sin desbarrancarme por el rosa o el kitsch. El deseo aparece cuando te falta algo. Tuve la necesidad de encaminarme hacia esa "temática prohibida" y compleja, no porque me faltara el amor sino porque me pareció una exploración genuina, fascinante, con margen para el asombro. El hombre vive incomprendiendo ese fenómeno fatal que para cada uno es algo distinto.
Yo no creo haberlo entendido del todo. En el amor se juegan el ego, laautoconciencia, la autoestima, el narcisismo, el sexo, las instituciones, las miradas de los demás, las traiciones, lealtades y hasta las adicciones. ¿Por qué en la incertidumbre está el deseo? ¡Qué paradoja! Algunos dicen que la vida no es pelear o huir de los tiburones, sino atreverse a hacer la plancha entre ellos. El amor exige esa clase de templanza.
-¿Qué más aprendiste?
-Que el amor es peligrosísimo; puede ser una droga dura. Hay hasta asociaciones para los adictos al amor. Y hay otros tipos, los atletas de los sentimientos, que evitan la entrega y se aferran al amor propio. Porque cuando te entregás dejás de ser vos. El amor es maldito, caprichoso, no hay forma de agarrarlo. Su esencia es la insensatez y la imperfección. Y a su vez, hay infinidad de formas del amor que jamás integrarían los manuales tradicionales. Yo no cuento historias verídicas, pero sí historias verdaderas. A veces hay que mentir para contar la verdad.
-¿Por qué?
-Porque como narrador te libera del pudor de sentir que estás ventilando intimidades reales. Hemingway tuvo que crear por entero al personaje del El viejo y el mar, para contar lo que había visto en cientos de pescadores a lo largo de su vida. Quien ha vivido con los ojos, examinando, puede reconstruir el dolor, pero no haciendo periodismo con nombres cambiados. Sino construyendo personajes ficcionales que sean más verosímiles que la verdad. En ese sentido, creo que el truco literario funciona.
- ¿Cuáles son los riesgos y ventajas de contar través de un alter ego tan dual: sagaz pero mezquino como Fernández?
-Si se llamara Gómez, no habría tanto problema, ¿no? El es más inteligente que yo; tiene más templanza y más escudos. Yo soy más arriesgado y sufriente. No se puede andar por la vida con un traje de amianto: te protegés pero perdés la sensibilidad.. La vida así es mentirosamente fácil. Por eso, en la próxima novela Fernández se tiene que enamorar. Vamos a ver cómo le va a éste que cree que se las sabe todas. El desafío es atreverse a sacarse el escudo, vivir, sentir y saber cuándo ponérselo de vuelta. Ese movimiento que parece sencillo es dificilísimo. Nadie nos lo puede soplar, lo debemos decidir solos. Y la mayoría de las veces perdemos totalmente la perspectiva de lo que nos pasa.¡Vas a ver cómo en la próxima él sufre como un perro! Ahí me voy a reír yo.
-¿Desarrollaste una mayor sagacidad emocional después del libro? ¿O la inteligencia literaria y emocional no se tocan?
-No, son cauces paralelos. Quizás adquirí cierta perspectiva, "cierta" templanza, teórica. A pesar de que tiro a la parrilla pedazos de mi vida, que creo que es lo más valioso que soy capaz de hacer como escritor, no hay que confundir la invención literaria con la realidad... Cuando entraba a las librerías me preguntaba qué podía agregar yo a tanto y tanto libro. Eso me angustiaba y desde hace tres libros lo resolví de la misma manera: exponiéndome yo.
-¿No terminás transformándote vos en personaje?
-No, ese es Fernández, al que no le envidio nada. Es un pobre diablo. Anda muy solo ese tipo. ¿Sabés cómo lo llaman ahora a Fernández? "El Phillip Marlowe de los sentimientos".
-Sostenés que el escepticismo y el narcisismo son legados espirituales del periodismo. ¿Cómo amparar la sensibilidad con esas fuerzas de choque?
- El narcisismo exacerbado puede servir para escribir novelas pero no para la vida. Es vano y estúpido y en los periodistas no me lo banco. Y en cuanto al escepticismo, llegué a un punto en que me dije: No puedo seguir siendo un escéptico porque me destruyo; la vida así es un gran vacío. En ese sentido, hoy yo soy mejor de lo que era. No he perdido las ilusiones ni la pasión cuando muchos colegas las han asfaltado. Han asfaltado las ilusiones.
-¿Hubo entonces un cambio copernicano?
-Sí, la enfermedad de no creer en nada, como forma de protección, no sirve. Durante mi crisis de los 40, tuve que revisar. La cuenta regresiva lo cambia todo. Uno debe hurgar entre las cosas que no te hacen feliz, por más dolorosas que sean, y animarse a los re contratos. Es así como la vida se te planta entre lo que debemos aceptar de nosotros mismos y lo que debemos cambiar. El punto es descubrir qué es cada cosa. Y qué puede hacer uno con ese cambio.
-¿Por qué creés que se muere el amor?
-El amor se muere, muchas veces, porque sólo es compañerismo, porque en ocasiones viene con fecha de vencimiento, porque el miedo o el prejuicio o el destino te lo desbaratan, porque necesita un poco de incertidumbre para seguir. Y porque el amor es muy puto.
-No es poco lo que incorporaste.
-Pero el amor está lleno de matices, contradicciones, ya que se mueve sobre filos inestables. Entendí también la imposibilidad de que dos sean uno. Y he descubierto que el amor es como en la vida: dentro de una verdad, hay otra verdad, y así sucesivamente. Los sentimientos son variables, perecederos, aunque los pensamos eternos. Además, dependen de variables ajenas a la pareja. En el libro, por ejemplo, indago en el paraíso e infierno de los amantes; dónde termina la pasión y continúa el amor... Pero soy escritor, no un teórico. Por eso me aboco a la radiografía de mi barrio. Tengo la certeza de que faltan muchas más enfermedades todavía.
-¿Por ejemplo?
-No terminé de contar cómo hay hombres y mujeres que con paciencia y laboriosidad crean una gran cárcel alrededor suyo. Se pasan la vida construyendo su castillo. Pero luego resulta que la estructura no tenía ni aberturas para respirar, ni ventanas, ni puertas. Una cárcel de cristal. Igual que esos tipos que se la pasan cavando el pozo, donde luego quedarán atrapados. También está el tema de cuánto dependemos de la imagen de los demás. Y de que en el amor, uno, más uno, más uno, no son tres.
¿Qué hacés vos para ser feliz?
- Trato de entenderme. Te salva la lucidez sobre el mundo y sobre vos mismo. Y si no te salva, al menos, queda el consuelo de la comprensión. La mayoría de la gente se esfuerza por borrar lo que le pasa.
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