Fin de fiesta
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Las épocas se definen a posteriori y nadie sabe qué nombre le tocará a la nuestra. Pero no sería raro que esa posible definición incluya algo del orden de la tristeza. Observen sino el contraste de esta imagen: la maravilla diáfana del arcoiris al fondo; la quietud desvalida de las casas rodantes al frente. En lugar de esta melancolía, aquí debiera haber habido una fiesta. En este emplazamiento –un rincón del desierto de Nevada– decenas de miles de personas se habían dado cita para celebrar el festival Burning Man. Sea por azar o a cuento del cambio climático, lo cierto es que una tormenta imprevista anegó la zona, la convirtió en un lodazal y dejó a todos los asistentes varados en medio de la nada. Antaño improvisada celebración de la contracultura, hoy el Burning Man es un masivo, organizado y redituable espectáculo. Pero a la lluvia, como al diablo, nadie los puede meter en caja.





