Gelman, la persistencia de una voz

Verónica Chiaravalli
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17 de enero de 2014  

"Creo que el único tema verdadero de la poesía es la poesía misma. Odio ese término que inventaron los franceses: 'la poesía comprometida'. Yo creo en la poesía casada. Casada con la poesía." En 1997 Juan Gelman recibía el Premio Nacional de Poesía y, en una de sus visitas a Buenos Aires, hacía ésta y otras reflexiones durante una entrevista con el Suplemento Cultura de La Nacion.

Había muchas cosas que todavía no habían ocurrido, en la vida de Gelman y en la vida del país. El autor de Cólera buey persistía entonces en la búsqueda de su nieta desaparecida y no había recibido aún el Premio Cervantes, que cristalizó sin fisuras su prestigio literario internacional. En cuanto a la Argentina, no se había producido ni el debate profundo ni la reivindicación oficial de las políticas de la izquierda revolucionaria de los años setenta. Algunas de aquellas reflexiones de Gelman resuenan hoy con un valor testimonial acrecentado por el paso de los años, por eso resulta significativo recordarlas.

Gelman había publicado su primer poema a los once años: "Era un poema de amor imposible, por supuesto. Se publicó en una revista que se llamaba Rojo y Negro y que yo compraba porque allí salían cuentos del Oeste y de detectives. Tenía además dos secciones: la filatélica, donde se establecían canjes, y Los Espontáneos, donde se publicaba cualquier cosa, entre otras, mi poema". Y consideraba Carta a mi madre su libro más autobiográfico. "Hay poetas que logran establecer una distancia muy grande entre la vivencia y la imaginación, pero lo que a mí siempre me ha preocupado es la posibilidad de cercanía entre estos dos elementos." Por otra parte, no acordaba con quienes opinaban que los temas sociales o políticos constituían la veta principal de poesía; éstos le parecían sólo un aspecto entre tantos otros de su escritura.

Tampoco solía hablar de su participación en Montoneros, pero en aquella oportunidad hizo afirmaciones que despertaron polémica. Dijo que discrepaba con el grupo sobre el uso de la violencia, pero que "no tenía poder de decisión". "Los montoneros habían creado una fachada que se llamaba Consejo Superior del Movimiento Peronista Montonero. Yo estuve ahí como secretario de Prensa para Europa. Pero, aparte de que ese cargo dentro del Consejo tampoco era determinante, el control efectivo de ese organismo lo tenía la organización propiamente dicha. Y yo nunca estuve en la conducción de la organización propiamente dicha ni tuve grados superiores. Yo me equivoqué, como tantos otros. Pero tampoco siento culpa por eso. Creo que la culpa puede ser un sentimiento cómodo: más bien hay que sentirse responsable en la medida en que a uno le tocó ser responsable."

En los últimos años, Gelman siguió interviniendo en los temas de actualidad y, sobre todo, siguió escribiendo, con un espíritu que da la clave de su obra. "Me han dicho que ninguno de mis libros se parece al anterior desde el punto de vista formal. Creo que eso depende de las necesidades del ser humano, que siempre se mueve. Cuando deje de moverme dejaré de escribir."

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