Gilles Lipovetsky: "Es estúpido ser antinorteamericano"

El filósofo posmoderno levanta polémicas
Juana Libedinsky
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25 de febrero de 2004  

PARIS.- A Gilles Lipovetsky le gusta Whitney Houston. "Y también Celine Dion, y pasear por un shopping. Además, me emocioné con "Titanic"", agrega. Doblemente escandaloso. No sólo porque es un gran intelectual, sino un gran intelectual francés y, por ende, se supone que no debería dejarse seducir por el arte de masas. Menos aún, por el norteamericano.

Pero el sociólogo y filósofo devenido en oráculo de la posmodernidad gracias a libros como "La era del vacío", "El imperio de lo efímero", "El crepúsculo del deber" y "La tercera mujer" está acostumbrado a ser un llanero solitario en las academias, conocido por no participar en los debates calientes entre sus pares.

Pierre-Henri Tavoillot, uno de sus legendarios editores en Grasset, lo califica de "electrón libre, que no necesita de las polémicas para hacer avanzar su pensamiento".

Por eso ahora, mientras la filosofía reflota los temas clásicos, él se basa en lo cotidiano, el consumo, la moda, el placer. Mientras se habla de terrorismo, él prefiere dedicarse al "terrorismo de los intelectuales", es decir, "a la forma en que a uno lo tratan si no le gusta el arte moderno". Mientras el mundo se sacude por los fundamentalismos que reniegan de los principios básicos de la modernidad, su último libro explora el lujo. Al tiempo que asegura que la posmodernidad, famosa palabra que lo hizo famoso, ya no existe, y que ha sido reemplazada por una "hipermodernidad". Si bien seguimos buscando el placer inmediato, una nueva ansiedad por el futuro nos impide disfrutarlo.

Gilles Lipovetsky, de 63 años, es profesor de la Universidad de Grenoble, ciudad que alterna con la capital francesa. En sus trabajos revindica el empirismo de Tocqueville y es considerado la contracara de Pierre Bourdieu, con su lucha de clases. "Bourdieu no le prestaba atención a los cambios", dice con su voz tranquila, en diálogo telefónico con LA NACION.

Si bien es el gran estudioso del consumo, asegura ser bastante inmune a él. Después del éxito editorial de "La era del vacío", que lo catapultó al estrellato, asegura que lo único que cambió en su vida fue que se propuso comprar una soñada tabla de windsurf. Sobre ella, desde entonces, es común verlo disfrutar de los lagos franceses cuando no está enseñando, dando conferencias alrededor del mundo, o explicando por enésima vez que no todo lo superficial es, necesariamente, superficial.

-Su libro "El lujo eterno" acaba de ser publicado en Francia. ¿No le parece insignificante ponerse a pensar en el lujo en los tiempos dramáticos en que vivimos?

-Hoy puede parecer no sólo insignificante, sino hasta indecente. Pero las críticas olvidan un punto esencial: el carácter universal y antropológico del lujo. No se puede pensar en la humanidad sin pensar en el lujo, porque a través de él el hombre demuestra que no es un animal y que su horizonte no se limita a la subsistencia, a la conservación y a las necesidades. Shakespeare lo dijo bien: "Sacad al hombre lo superfluo y le quitaréis parte de su humanidad". De cualquier manera, lo que yo quiero no es hacer una apología del lujo, sino demostrar que hoy lleva la impronta democrática, lo cual es revolucionario.

-¿Cuál es la relación entre el lujo y la democracia?

-Obviamente, es una relación reciente. A lo largo de la historia, el lujo siempre sirvió para alabar a Dios. Es decir, era la expresión de una jerarquía, que no es, precisamente, un orden social democrático. Tradicionalmente, el lujo fue la forma de marcar las diferencias. Esto lleva una contradicción aparente con el principio de igualdad de la democracia, pero en los últimos años se demostró que pueden llevarse muy bien. Porque con los medios de comunicación masivos, el lujo dejó de parecer algo inaccesible. Viajes, marcas, autos... Todo el mundo puede soñar con ellos. Si bien en Europa en el último año una de cada dos personas compró un artículo de lujo, siguen siendo caros. Es decir que la gente de clase media o baja no necesariamente puede acceder a ellos, pero al menos se democratizó el deseo del lujo. Todos lo ven como un derecho. Al mismo tiempo, el lujo (no importa si en la forma de un castillo, un yate o un perfume) tradicionalmente sirvió a los individuos para marcar su diferencia de clase respecto de otros. Hoy eso sigue existiendo, pero también tenemos un nuevo "lujo emocional". Es el que se consume no para impresionar a otros, sino para experimentar nuevas sensaciones. Le doy un ejemplo: un chofer de taxi de París me contó que una vez al año va con su mujer a comer a un restaurante carísimo. No es que quiera impresionar a nadie. Lo hace por la experiencia que significa, por el placer y la excitación que le da el programa. El lujo en nuestros tiempos hipermodernos ya puede despegarse de la lógica de la distinción de clases.

-Hablando de lujo, una de las frases suyas más famosas es que "la moda suaviza los conflictos sociales". ¿Hay que mandar diseñadores a Irak?

-No es para tanto. Lo que pasa es que la moda, para mí, es análoga en todo el mercado de la sociedad de consumo. La sociedad hoy funciona como la moda, porque cambia todo el tiempo y todo es descartable. Es la sociedad Kleenex. Cambiamos de auto, de televisión, de canal de televisión, como de ropa. La sociedad de consumo funciona sobre la base de la superficialidad. La prueba está en la preponderancia de la publicidad, que es una comunicación frívola, totalmente exterior. El consumo de masa ha transformado nuestro modo de vida. Refuerza el deseo de bienestar individual a la vez que destruye las grandes pasiones colectivas en torno de revoluciones, nacionalismos histéricos y demás. Es en ese sentido en el que digo que la moda, o la superficialidad, refuerza los nexos democráticos. Pero atención: le da legitimidad a las democracias. Por algo es que en nuestros tiempos superficiales no ha habido guerras mundiales, ni conflictos mayores. Justamente, muy distinto es los que pasa en Medio Oriente o en los países africanos.

-Es decir que la frivolidad es algo muy bueno, si queremos un mundo más pacífico.

-La frivolidad es algo muy bueno, y en eso soy completamente antiplatónico. Platón consideraba que todo lo superficial era malo y peligroso. Yo creo que la historia va a rehabilitar a lo superficial. Lo superficial, obviamente, no arregla todo. Pero echarle la culpa de todo también es una locura. Los intelectuales suelen criticar el consumo, la publicidad, los medios. Si los problemas son el desempleo y la crisis económica, entonces, ¿por qué no critican, mejor, las regulaciones, los contratos sociales, la educación de los chicos? Los intelectuales critican el consumo sin parar ellos mismos de consumir. Lo que está bien, porque el hedonismo, que está tan vinculado con el consumo, es antropológico.

-Si lo que importa es el consumo y el placer inmediato, ¿por qué sostiene en "Los tiempos hipermodernos", otro libro que acaba de publicar, que ya no vivimos en un mundo posmoderno, si justamente tenía esas características?

-El concepto de posmodernidad hoy ya no es el correcto para describir la realidad. Como mucho, "posmodernidad" servía para describir la década del ochenta, una década de relativa tranquilidad, en la que lo que importaba era solamente el hedonismo del presente. La hipermodernidad, por el contrario, es la revancha del futuro, y ésa es la gran paradoja: por un lado, es la sociedad de la publicidad, la que busca el placer inmediato. Pero, al mismo tiempo, no lo puede disfrutar porque le pesan una enorme ansiedad sobre el futuro, fruto de las crisis económicas, del desempleo, y un creciente temor en temas de salud, virus y epidemias, como se vio con el sars. Es la ideología de la prevención, no la del disfrute. Es la que se preocupa por un futuro profesional incierto y por la educación de los niños en un contexto conflictivo.

-Respecto de la educación de los chicos, ¿qué opina de la prohibición de usar velo islámico para la escuela en Francia?

-No me convence. Desde un punto de vista liberal, que una mujer quiera taparse toda es inobjetable. Es parte del derecho de cada uno a vestirse como quiera. Por otro lado, está el principio de laicidad en la educación, que el Estado francés defiende a rajatablas. Sin embargo, sostengo que este principio no debe alcanzar a los alumnos sino a los profesores. O sea, obviamente no me parece que se les debería permitir a los profesores llevar símbolos religiosos ostensibles, pero respecto de los alumnos, no está tan claro. Además, una cosa es una chica que lleva apenas la cabeza cubierta y otra distinta es la que está toda cubierta y a la que sólo se le ven los ojos, con lo cual no puede participar, como todos, en las actividades escolares. El asunto se complica aún más si pensamos en que no todos los casos son iguales. Hay mujeres que llevan el velo islámico por imposición y otras por elección. En todo caso, a las que se les impone, ¿qué les va a ocurrir si no se las deja entrar en la escuela? Es más probable que se precipiten en los brazos de un islamismo fanático antes de que se descubran.

-¿Cómo se relaciona el 11 de septiembre con la hipermodernidad?

-Es una manifestación, no una consecuencia. La hipermodernidad liberó en su máxima potencia los tres factores que hacen a la modernidad: el individualismo, que se convirtió en el individualismo hedonista; el mercado, que se convirtió en la globalización extrema, y la tecnología, que llegó a límites impensados, como la clonación. Una escalada de modernidad naturalmente no tiene por qué agradar a los enemigos de la modernidad. Sobre todo, porque otra forma de verlo es como una norteamericanización extrema del mundo. Ahora, dentro del gran cambio de la civilización del que es parte, el 11 de septiembre será visto como un caso dramático, pero no de gran importancia.

-La guerra de Irak, ¿también es una guerra hipermoderna?

-Sin duda. No es una guerra colonial ni mundial, como lo eran las guerras propiamente modernas, sino que es una guerra de la hiperpresencia americana, del hiperdominio norteamericano.

-¿Qué opina del antinorteamericanismo que esto causa en Europa, sobre todo entre los intelectuales?

-El antinorteamericanismo no es algo nuevo. Desde fines del siglo XIX hay manifestaciones semejantes, y en el período de entreguerras se consolidó esa imagen de cowboys, sin gusto: la famosa figura del ugly american . Pero hay que hacer una distinción entre la política exterior de George Bush y la crítica hacia los Estados Unidos. Suena elemental, pero en Europa la gente lo olvida. Y si lo que se critica, como lo hacen tantos intelectuales, es el american way of life , no podría estar menos de acuerdo. ¡El american way of life hoy es nuestro modo de vivir, el de los franceses! El consumo, la televisión, los jeans, el pop, el rock, son nuestra vida cotidiana como europeos. Régis Debray, por ejemplo, denuncia a Estados Unidos por ser una sociedad donde sólo importa el dinero. ¿Y cuál es, entonces, el papel del mercado en Francia? El antinorteamericanismo, como ideología, es una estupidez. Es un viejo reflejo antiindividualista y antidemocrático. Obviamente, hay aspectos de la cultura americana que son más difíciles de aceptar. Personalmente, por ejemplo, creo que me sentiría más cómodo viviendo en la Argentina, que es más europea y en algunos aspectos más refinada, que en los Estados Unidos. Pero eso no tiene nada que ver con que los norteamericanos siguen siendo los grandes defensores de los valores democráticos y que se los deba respetar por ello.

-Pero usted es, además, un conocido defensor de ciertos fenómenos del arte popular norteamericano que no suelen ser muy bien vistos por los intelectuales....

-Hay que acabar con el terrorismo intelectual, esa idea de que los intelectuales son los árbitros del gusto. Por ejemplo, todos coincidimos en que el film "Titanic" fue puro negocio. Pero, ¿quién no se emocionó al verlo? No hay ningún criterio para menospreciar esto. Si una obra tiene éxito es que expresa algo que llega a la gente, y que es un producto bien hecho. Yo me quedo mil veces con un producto bien hecho que con obras de arte "culto" que dejan a todos helados. La gente no es estúpida. Se da cuenta de que en el arte de hoy en día no hay sentimientos y de que los artistas buscan ser subversivos y contestatarios ante una sociedad que no lo es.

-En una sociedad de hiperconsumo, ¿el verdadero arte será la publicidad?

-No necesariamente, aunque muchas veces hay más creatividad en la publicidad que en las obras de arte. Las primeras vanguardias tampoco buscaban la belleza, pero crearon cosas nuevas. Ahora no hay ni búsqueda de la belleza ni novedad. De vez en cuando surgen cosas nuevas, como el museo Guggenheim de Bilbao. Frank Gehry, el arquitecto, trajo una estética que tuvo impacto y que la gente disfrutó. Pero a pesar de que a tantos le gusta el arte (la prueba está en los millones que concurren a los grandes museos), se sienten ajenos a lo nuevo que se ve en las galerías, que por algo están siempre vacías. Por ahora lo único que veo es el arte de las instalaciones y de las performances, que es muy repetitivo y vacío. Pero si uno dice que no le gusta el arte moderno, lo tratan como a un terrorista. Al mismo tiempo, en el arte comercial hay obras formidables, pero hoy el artista es el que está afuera del mercado. El otro es el que está "haciendo un negocio", y eso no cuenta. Esto es ridículo... ¡Justamente cuando el placer se ha convertido en el eje de nuestras vidas!

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