
Hablar de lo que no se habla
Ana Gallardo, Diana Schufer y Mónica Van Asperen exploran los límites del cuerpo y la intimidad en tres instalaciones montadas en la Fundación Klemm
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Diana Schufer es psicóloga, trabaja con la palabra y la condición primera para ejercer su profesión es escuchar. Ese es también el punto de arranque de la instalación que exhibe en Espacio Cinco, sala de proyectos especiales de la Fundación Klemm curada por el crítico Jorge López Anaya.
Por caminos distintos, pero con atajos que exploran los mismos sentimientos, se suman las instalaciones de Ana Gallardo y Mónica Van Asperen. Los atajos son las obsesiones femeninas, que exceden la transitada cuestión del género abordada de manera recurrente por los artistas en la última década del siglo XX.
Diana Schufer nació en Buenos Aires en 1957. Estudió con el maestro informalista Kenneth Kemble y ganó, en 1999, la beca del Fondo Nacional de las Artes. El tema del amor va y viene en su obra; sean camas, cartas o monólogos dichos del otro lado de la pared. En un pasillo oscuro, las paredes blandas de un muro de tela roja ocultan parlantes que emiten una secuencia de testimonios sobre experiencias sexuales. La invitación de la instalación sonora es a escuchar. Una acción voyeurista que se conecta con la fascinante experimentación auditiva de los canadienses Cardiff y Miller en la 49º Bienal de Venecia.
"Los testimonios -dice Schufer- no tienen ningún guión ni han sido orientados. Simplemente les pedí a personas conocidas, que obviamente no son pacientes, que contarán sus sensaciones y experiencias eróticas." Schufer reconoce que el tema tiene una pesada carga de tabú en nuestra sociedad -tanto en el ámbito del arte como en el de la consulta- y que existe una resistencia inicial a "hablar de esas cosas". La sensación de pegar la oreja al muro de paño recuerda la actitud de quien está en un confesionario y también la fantasía infantil de escuchar con unción a través de las paredes lo que ocurre en una escena íntima, prohibida y ajena.
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Ana Gallardo asume que su obra está relacionada con la violencia, con la vida y con la muerte, a través de instalaciones más o menos explícitas vinculadas con el aborto y los métodos anticonceptivos. En la Argentina mueren por año cerca de 200.000 mujeres víctimas de las prácticas clandestinas. Ese dato real toma la forma de una metáfora de doble lectura, por un lado, una maraña de agujas de tejer, que neutraliza la carga de violencia del instrumento fatídico, en un tratamiento estetizante, casi decorativo. En la pared, la instalación se completa con bolsas de plástico trasparente asociadas con la idea de residuo, pero también al envoltorio del material quirúrgico, a lo descartable, a lo que se tira.
Integrante de una constelación familiar de artistas que militan en múltiples disciplinas, Gallardo, nacida en Rosario en 1958, vivió en México, España y la Argentina. Su última muestra individual fue en la galería del BAC y la primera colectiva fue, en 1987, en el Museo Eduardo Sívori con el Grupo de la X. Integró la primera edición del Premio Banco Nación con una instalación efímera-natural.
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Mónica Van Asperen tiene un discurso teórico claro y reflexivo. Se reconoce en ella su condición de docente. Nació en Buenos Aires en 1962, es diseñadora gráfica graduada en la UBA, estudió dibujo con Garabito, escenografía con Gastón Breyer y estética con Martha Zantoyi.
Cuando habla, sentada en la grata trastienda de la galería de Klemm, tiene algo de alumna aplicada, consciente de su trabajo y atenta al de sus ocasionales compañeras de exhibición. No forman un grupo, ni trabajaron juntas. Convocadas para esta muestra bautizada Políticas corporales , cada una desarrolló su propuesta en forma individual y finalmente las instalaciones terminaron enhebrándose con el hilo de preocupaciones compartidas en lo conceptual y en el sentido efímero de la obra, que comienza a existir en las cuatro paredes de la galería y dura "materialmente" mientras dure la exposición. Etimológicamente ocupación de espacio, la instalación de Van Asperen nace pequeña, de dimensiones ínfimas y se expande con el aire, se extiende con la tensión para adquirir un aspecto textil, como el de un telar vertical que en este caso se tuerce sobre sí mismo como los puentes de Santiago Calatrava. Son globos finísimos inflados y tensados hasta el límite. La ejecución cuidada produce placer estético en la contemplación, aunque el uso de madera de poca calidad le haya jugado a la artista una mala pasada.


