Hablar del recuerdo
En Una misma noche, Leopoldo Brizuela revisa la última dictadura argentina en una novela que, ganadora del premio Alfaguara, alterna el suspenso con la sobrecogedora memoria personal
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En una entrevista realizada en 2005, Leopoldo Brizuela afirmaba, refiriéndose a su libro de relatos Los que llegamos más lejos (2002), que había encontrado en el genocidio de la Patagonia una forma para hablar del genocidio durante la dictadura y que, "pese a haber trabajado con Madres de Plaza de Mayo y con gente de Hijos, nunca pude hablar de eso, por miles de cosas y porque siento que es mucho más complejo". Siete años después, gana el premio Alfaguara de Novela 2012 con Una misma noche , texto que habla de "eso" y de mucho más. Porque si en él se cruzan los juicios por la Verdad, la historia de Graiver y el calvario de Diana Kuperman, una abogada que trabajaba con los Graiver vecina del protagonista, la novela discurre, básicamente por un íntimo y doloroso ajuste de cuentas con el pasado.
Una noche de 2010, Leonardo Bazán, que lleva ostensiblemente las iniciales de Leopoldo Brizuela y que como él es escritor y vive en La Plata, es testigo de los preliminares de un asalto. En la madrugada ve a un joven en actitud sospechosa en la esquina de su casa y a la Policía Científica apostada frente a su domicilio que, lo sabrá después, será el apoyo de los delincuentes que ingresarán en la casa vecina de Leonardo, con la familia Chagas adentro, para desvalijarlos. El hecho es más brutal porque días después volverá a repetirse, a pesar de la sofisticación de los sistemas de seguridad que implementan los Chagas. Las palabras con las que los vecinos se refieren al hecho -"nos entraron", "zona liberada"- despiertan en Leonardo el recuerdo de otra noche similar, treinta y cuatro años atrás, en plena dictadura militar, cuando era un niño de doce años y la misma casa había sido violentada para secuestrar a una de sus habitantes. Este recuerdo fue callado desde entonces por la familia. Y estos dos hechos -reales- son el punto de partida para que Brizuela reflexione sobre la responsabilidad civil de la sociedad argentina durante aquellos años, y la permanencia de los mismos métodos de atropellar a los ciudadanos y de las reacciones en la gente: el miedo, el repliegue en el interior, no meterse, no hablar, no ahondar por temor a represalias. Sin embargo, el núcleo fuerte de la búsqueda es más íntimo. Se refiere al niño que fue y a su padre. Aquella noche de 1976, los servicios entraron en su casa para pasar al "chalet de las Kuperman" por el patio del fondo. Su padre, un marino mercante recibido en la ESMA, los acompaña y se encarga de patear la puerta trasera de las vecinas judías con una violencia gozosa que percibe su hijo. El niño, luego, comienza a tocar el piano bajo la mirada de uno de los servicios, mientras su madre, en la vereda, contesta las preguntas que le formulan sobre las vecinas. "Yo había sido testigo de que cualquiera puede convertirse en un monstruo, y eso es intolerable."
El texto alterna presente y pasado, va de 2010 a 1976 y se propone como una investigación. ¿Cómo contar la historia?, se pregunta, con recurrencia, el narrador. Cómo se cuenta una historia que se ha fijado en la memoria de un modo, con una versión que ha clausurado toda interrogación posterior. El texto, un drama sobre la memoria, ensaya respuestas, sustentado "en la necesidad de recordar en lugar de repetir". Y es justamente en la repetición donde el recuerdo encuentra su posibilidad de modificarse. El relato se rearma permanentemente, va buscando su forma nueva con cada información, con cada hallazgo que abre un compartimento en la experiencia personal, como cajas chinas. "Creyendo buscar la verdad sobre Diana, se me había abierto el misterio de mi propia cobardía." Porque en realidad no se sabe todavía qué se quiere contar: "Se había rasgado el átomo de mi recuerdo? y si quería salvarme, solo me quedaba velar porque ese caos se organizara con una forma nueva, en un relato nuevo".
Los textos de Brizuela evidencian la vehemencia de sus búsquedas, apuntaladas por investigación, depuración, trabajo y tiempo de escritura. Y su prosa consigue tal musicalidad que a veces, al leerla, se tiene la sensación de estar presenciando una obra musical, una ópera, por la teatralidad que ostenta. Cambios de escenas, presentadores, actores, todos guionados musicalmente. Repeticiones que se vuelven estribillos, que marcan, con su sonoridad, el ritmo de la búsqueda. Una muestra acabada de esta prosa poética, permeada por la estética musical, es otro libro de Brizuela, La locura de Onelli, recientemente publicado por Bajo la Luna: la historia de una estrafalaria caravana integrada por una indiecita muerta, animales y los dos ayudantes de Clemente Onelli, el enajenado director del Zoológico de La Plata que, en 1932, viaja al sur para enterrar a la niña. Una misma noche exhibe, a su vez, una minuciosa y amorosa arquitectura de los detalles. Diferentes tipografías pulsan modos de estructurar el relato: son preguntas, reflexiones, recuerdos, anotaciones.
Con ella se abre una zona hasta ahora no transitada por nuestra literatura. No se trata de un texto más sobre la dictadura. Las obras escritas o filmadas hasta el presente que de algún modo ajustan cuentas con el pasado han sido producidas en general por la generación de Hijos. Se puede pensar de inmediato en La casa de los conejos , la novela de sesgo autobiográfico escrita por Laura Alcoba, que también transcurre en La Plata, entre 1975 y 1976, y que (nada es azaroso) fue traducida del francés por Brizuela. Allí recrea su pasado teñido de orfandad, rasgo bastante común, por otra parte, entre los hijos de los militantes. No hay, en ese texto, condescendencia alguna para la generación paterna ni visión heroica del pasado militante. Como tampoco hay condescendencia en Brizuela en la visión de su padre. Sin embargo, Brizuela no pertenece a la generación de Hijos. Dos de sus alumnos en la ficción sí lo son, y es interesante constatar que a pesar de tener personalidades muy diferentes, los dos, en mayor o menor escala, han idealizado a sus padres bajo el arquetipo del héroe. El protagonista ensaya un camino tortuoso, en el que se encuentra con su propio resentimiento y con el dolor del niño a quien considera responsable y todavía no perdona, incomprendido y denostado por su padre. Escribe para reconstruir la figura de su padre ya muerto y saber quién era a la luz de un hecho ominoso. "La cara de mi padre cuando patea la puerta. Su furia, que conozco. Él ya no es él." "Que nadie la haya visto es mi único consuelo", piensa antes de sentarse a tocar el piano con el servicio de gabán clarito y la Itaka de pie, atrás. ¿Cómo hablar del padre, de su antisemitismo, de su satisfacción alienada, de la locura en sus ojos, de la entrega sumisa y orgullosa a quienes representan el terrorífico poder? ¿Cómo declarar contra él? ¿Por qué -se pregunta- sacar a la luz un acto vergonzoso, hacerlo más duradero que la propia vida? Podría borrarlo de su memoria, hacerlo desaparecer. En esta encrucijada no hay, sin embargo, una dimensión trágica. No se trata de un padre apropiador o represor, por ejemplo. Ni siquiera es un informante de la ESMA, como su vecino Cavazzoni.
Junto a la necesidad de repensar el pasado y el presente, la historia de Diana Kuperman se entrelaza con la búsqueda personal, como un modo de conjurar el terror que revelaron aquellas noches, de reflexionar sobre la cobardía y el miedo cuando se traspasa el límite del temor y la prudencia, de modificar el recuerdo y hallar, en un recorrido por la ESMA, la revelación de una verdad. También la posibilidad de formular preguntas incómodas: "¿Es igualmente culpable el que mató y torturó que el que simplemente no se atrevió a enfrentar el horror? ¿Quién puede creerse inocente? ¿O sólo acusamos para no ver que el mal que habita en el otro también acecha en uno? ¿Qué habilita en cada uno (en el revolucionario, en el perverso) el hecho de matar?".
La escritura, afirma, lo salva, lo ayuda a entender. Le permite abrir la noche y dar luz a "la oscuridad de sus palabras". Le permite ver, verse, pensar, regresar a un lugar clausurado para explorarlo sin atenuantes. "Así es escribir: ir encontrando lo que no sabés que existe", dice Leonardo. Brillan la escritura y el talento de Brizuela en este libro sobrecogedor.

<b> Una misma noche </b>




