Hiroshima, o la memoria inconsolable
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Conocí Hiroshima unas semanas atrás, justo cuando comenzaban a florecer los cerezos. Había ido dispuesta a afrontar el ominoso recorrido por el Museo Memorial; me había preparado para sentir el peso de la historia, para asumir -justo cuando las pesadillas del siglo XX no hacen más que actualizarse- el costado sombrío de la condición humana.
Pero Hiroshima, ciudad amable, me recibió con la delicadeza del sakura. En algunos árboles apenas se veían los pimpollos; en otros, la floración ya estaba en su esplendor. Debajo de unos cerezos en flor, en un parque cercano a la zona de los memoriales, divisé un grupo de unas cinco personas -mujeres y hombres bastante mayores- que preparaban un hanami: manteles tendidos sobre el pasto, alguna vianda y una placidez que anunciaba que se quedarían allí por un rato, disfrutando de las flores recién nacidas.
El horror te atraviesa. Por lo que pasó, por la liviandad con que hoy se invoca la guerra nuclear y por lo lejano que, indefectiblemente, resulta el padecimiento ajeno
Siempre quise conocer esta ciudad japonesa. Sobre todo después de ver -hace mucho tiempo- Hiroshima, mon amour, la película que Alain Resnais filmó en 1959, con guion de Marguerite Duras. Aquello de “Tú no has visto nada en Hiroshima” (la frase que repite uno de los personajes del film) siempre me intrigó. ¿Qué podría significar, para quienes no vivimos la Segunda Guerra Mundial, “ver” algo en Hiroshima?
Por lo pronto, me detuve, en una calle más bien anodina, a leer la inscripción que informa que justo ahí, sobre ese exacto lugar, a las 8.15 del 6 de agosto de 1945, había explotado la bomba atómica. No sé si sentí un escalofrío, pero recordé la voz de la actriz Emmanuelle Riva, el texto de Duras: “Habrá diez mil grados en la tierra. Diez mil soles, dirán”.
Visité, claro, el Museo. Comparado con las imágenes documentales del film de Resnais, el guion curatorial actual es bastante suave. Así y todo, el horror te atraviesa. Por lo que pasó, por la liviandad con que hoy se invoca la guerra nuclear y por lo lejano que, indefectiblemente, resulta el padecimiento ajeno.
Siempre había tenido presente los estragos de la radiación, pero jamás había pensado en la sed. Quienes sobrevivieron a los efectos de las temperaturas extremas provocadas por la bomba, entre quemaduras y lesiones, desesperaban de sed. Infierno sobre infierno: “se arrojaban al río -me describió un español radicado hace un tiempo allí-, sin darse cuenta de que esas aguas también ardían”. En el museo hay recreaciones hechas con dibujos. En uno de ellos se ve a sobrevivientes con los rostros vueltos hacia el cielo y las bocas abiertas, ansiosos de beber una extraña lluvia negra. La explicación al pie de la imagen indica que, poco después de la explosión, se precipitó sobre la ciudad una lluvia oscura, ácida, radioactiva. Un líquido envenenado que todos tomaron.
Ya no enfebrecidas, las aguas del río Motoyasu fluyen junto al Parque Memorial de la Paz. En esa zona, por aquí y por allá, hay fuentes. Muchas. “Para que las almas de los que agonizaron puedan beber”, me instruyó un guía.
Recorrer el parque es encontrarse con imágenes ya conocidas -el homenaje a Sadako Sasaki, la niña de las mil grullas- y otras no tan difundidas, como El Montículo Memorial de la Bomba Atómica: una loma cubierta de pasto bajo la cual yacen los restos de unas 70.000 víctimas cuyos cuerpos, deshechos por la explosión, jamás se pudieron identificar.
“Deseé tener una memoria inconsolable, una memoria de sombras y de piedra. Luché por mi cuenta, con todas mis fuerzas, cada día, contra el horror de no comprender ya en absoluto el porqué de recordar”: la voz de Emmanuelle Riva me perseguía. Así llegué al Cenotafio en honor a las Víctimas, uno de los monumentos centrales del Parque. Allí hay una frase que, leída hoy, rompe el corazón: “Descansen en paz. No repetiremos el error”.
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