Igualito
Si como dice Michel Houellebecq, tener un hijo, transmitir tus genes, es un pobre sucedáneo de la inmortalidad, llamarlo igual que uno es un pasito más en ese sentido. Según lo que me contaron, fue mi madre la que eligió mi nombre, en una muestra de amor hacia mi papá. Sin embargo, tengo mis dudas.
Llamarme exactamente igual que él, Víctor Manuel Pombinho Soares, me trajo algunos inconvenientes durante mi vida. Y digo inconvenientes porque no llegaron a ser verdaderos problemas. Cuando era chico y vivía con mi familia, era habitual que cuando sonaba el teléfono de línea y preguntaban por Víctor, el que atendía preguntara “¿grande o chico?”. Más tarde, ya en la adolescencia, la pregunta cambió por una que sonaba un poco más madura: “¿padre o hijo?”.
Cuando me hice adulto las confusiones se hicieron ya serias: llegaban cartas de bancos, obras sociales, compañías de celulares y otros servicios que era imposible discernir a quién estaban dirigidas sin abrirlas.
Una vez que me mudé solo, estas confusiones se terminaron, pero aún así me ha pasado de ir a un oftalmólogo o a algún otro especialista y encontrarme para mi sorpresa con que mi padre ya había pasado por allí y tenía su propia ficha médica. “Fecha de nacimiento: 1946. ¡No sos vos!”. Lo he escuchado más de una vez.
Hace un par de años hicimos un viaje juntos a Portugal, donde él nació (por eso el incómodo “nh” del apellido, que se pronuncia “ñ”), y en cada mostrador se producía el mismo embrollo con los pasaportes, para vergüenza mía y deleite de suyo. Algunos funcionarios se reían, otros no tanto. Y Víctor padre siempre repetía con una sonrisa de satisfacción: “Nos llamamos igualito, igualito”.
Recorrimos Algarve, la provincia más austral de su país, una zona de hermosas playas que en verano explotan de turistas alemanes, franceses e ingleses que buscan sus días de sol garantizado. Él nació en Faro, la muy bonita capital provincial. En realidad, como se preocupa por remarcar, en Estoi, un pueblito ubicado a unos 10 kilómetros de distancia.
Incluso visitamos las ruinas de la casa natal de mi viejo. Solo quedaban las paredes de piedra, pero él recordaba donde estaba ubicada cada habitación. Aunque su familia estaba bastante bien económicamente para lo que era Portugal en la posguerra, la vivienda rural no tenían gas, electricidad ni agua corriente. Mi abuelo sembraba y vendía la cosecha en el mercado, al que iba en un carro tirado a caballo, y criaba pequeños animales, como gallinas y conejos. Durante todo el año alimentaban un cerdo hasta que ya no podía caminar y lo mataban para comer en las Fiestas.
También visitamos a mi tías Natalia y Amelita (mi abuela era Amelia) y a mí tío Zé Manuel, que emigraron en busca de mejores oportunidades a Francia y Canadá, pero regresaron a Portugal cuando se jubilaron. Entonces pude comprobar que a mi padre lo llamaban “Vitor”. Pensé, tal vez es la pronunciación.
Hace poco, revisando papeles, encontré un documento portugués de cuando mi papá era chico. Para mi sorpresa, estaba anotado como “Vitor” y no “Víctor”. Le pregunté y me respondió que sí, que su nombre original es sin la c, algo muy común en Portugal pero inexistente acá.
Cuando llegó a la Argentina en el barco Corrientes (una embarcación que trajo a miles de europeos a la Argentina) en 1962 logró defender el “nh” (tengo parientes en el país a los que les quedó un horrible “Pombiño”), pero el funcionario de turno lo rebautizó “Víctor”. Todo el mundo lo empezó a llamar así y él no se molestó en hacer la aclaración.
Le pregunté si le había cambiado algo en la vida esa “c” agregada. Me miró unos segundos como si le hubiera consultado la temperatura de la atmósfera de Neptuno y me respondió con un lacónico “no”. Para mí, esa letrita cambiaba todo.
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