
Imaginación y frivolidad
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Del dandismo y de George Brummell
Por J.-A. Barbey D´Aurevilly
Amadeo Mandarino/Trad. Jorge Calvetti/91 páginas/$ 28
Nada perjudica más la figura del dandi que su confusión aberrante con el veleidoso bon vivant . Poco, aunque algo, tiene que ver el dandi con aquellos hombres coquetos, víctimas de los afeites, y ávidos de ropas caras, perfumes y regocijos culinarios. No, el colmo de la mundanalidad del dandi es el desdén orgulloso de lo mundano, incluido el atuendo elegante, que no debe ser fatalmente lujoso y que conviene que no lo sea. El dandismo, se diría, es una manera de ser -antes que una acción- y lo es no sólo por su lado materialmente visible.
Publicado originalmente hacia mediados del siglo XIX, este opúsculo de Jules Amédée Barbey d Aurevilly (Saint-Sauver-le-Vicomnte, 1808-París, 1889) pone las cosas en su lugar. Su objeto es el inglés George Bryan Brummell, epítome del dandismo, artista sin obra que hizo de su vida una obra de arte con los modales, el más intransmisible de los artificios humanos. Aunque recorre con estilo delicioso y digresivo varios pormenores biográficos, lo interesante del librito es el modo en que la anécdota produce siempre teoría: a cada acontecimiento de la vida de Brummell le sigue siempre una consideración sobre la condición del dandi. Como si Barbey d Aurevilly, dandi de segundo orden, hubiera usado la imagen de su retratado para retratarse también a sí mismo. Brummell y el dandismo son definidos aquí como una rara aleación de frivolidad (tan opuesta a la crasa vanidad satisfecha) e imaginación. De allí, de esa mezcla espuria, salen los atributos que coronan la frente de Brummell: la independencia ("sus triunfos tuvieron la insolencia del desinterés") y la frialdad. El dandi lo enfría todo: levanta entre él y el mundo una pared de hielo que lo protege de la cercanía perruna. La distancia, cierta negatividad vital y cierta afirmación sin atenuantes de la singularidad, la fascinación por lo imprevisto (otro nombre para lo nuevo, para aquello que elude el yugo de las reglas) arman no sólo un desapegado modo de vivir sino toda una estética que parece resultar ahora más imprescindible que nunca.





