Kertész, el poeta de la fotografía

La Fundación OSDE exhibe obras del artista húngaro, una de las principales muestras del Festival de la Luz
Bengt Oldenburg
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24 de agosto de 2012  

André Kertész fue un fotógrafo nato, y se puede decir que coincidió con el advenimiento de la fotografía moderna. Nació en 1894; sólo ocho años antes, el estadounidense George Eastman había perfeccionado un rollo fotosensible de 48 negativos que luego revelaban terceros en un laboratorio. "Usted aprieta el botón y nosotros nos encargaremos del resto", era el lema de la empresa Eastman-Kodak, que desarrolló la máquina apta para usar este invento.

Tiempo había pasado desde que, en 1824, el francés Nicéphore Niépce tuviera que esperar ocho horas para fijar una foto del paisaje visto desde su ventana; en 1851, ese tiempo se había reducido a un minuto. Cuando Kertész, en 1915, capta una sinuosa fila de infantería austro-húngara en marcha forzada hacia el frente, ya podía apretar un botón para luego hacer revelar su negativo, pero acababa de crear una imagen nueva, que presagiaba el mejor periodismo fotográfico por venir.

Otro precursor estadounidense, Alfred Stieglitz, treinta años mayor que Kertész, pese a no contar con las nuevas técnicas, a partir de 1880 abandonó la fotografía posada, común hasta entonces. Pero nada se parecía a la poesía de una foto como el Nadador bajo el agua , tomada en 1917 por Kertész en Hungría: un cuerpo sumergido en una piscina ornada por los reflejos de sol, que puede verse en la muestra actual de la Fundación OSDE. En esa época, el joven a quien la Primera Guerra casi deja tullido ya abarcaba un amplio abanico de temas: retratos, personajes, paisajes agrestes y urbanos, interiores y naturalezas muertas. Todo marcado por una inmediatez cautivante y con el empleo de sorprendentes tomas cenitales.

El joven autor de fotos casi intimistas logró esquivar los deseos de su familia de que fuera corredor de Bolsa y dedicó su vida al arte de la fotografía. Sí lo alentaba un hermano mayor, Jenö, quien le regaló su primera cámara. Al inicio de su carrera publicó fotos en medios en Hungría, donde empezaba a hacerse conocer. Pero París, en los años 20, era la meta soñada de muchos artistas, y allí se instaló Kertész en 1925. Según dijo más tarde, así comenzó la década más feliz de su vida.

Acto de desaparición, 1955
Acto de desaparición, 1955 Crédito: GENTILEZA DEL MINISTERIO DE CULTURA Y COMUNICACIÓN, FRANCIA

Por cierto, París fue una fiesta para este joven húngaro. Pronto logró un reconocimiento que se manifestaba en muestras, publicaciones y el respeto de artistas de la talla de Mondrian o Eisenstein. Pasó por las influencias del surrealismo y del arte abstracto: lo absurdo -un brazo que sale de un ventilador-; la distorsión, tema cultivado a lo largo de su carrera, o bien naturalezas muertas dibujadas con luz y sombra como en su magistral Tenedor de 1928, pero siempre conservó su personalidad. En París encontró a dos compatriotas más jóvenes que también se hicieron famosos como fotógrafos: Gyula Halász -luego conocido como Brassaï- y Endre Friedmann, alias Robert Capa.

Todos ellos lograron el reconocimiento en Francia, refugio de talentos, como también lo fue el norteamericano Man Ray, muy apreciado por los surrealistas. Jacques-Henri Lartigue, un francés precursor contemporáneo de Kertész, integraba esta pléyade de fotógrafos notables. Sólo la sombra de la Segunda Guerra pudo inducir a Kertész y a su mujer Elizabeth a emigrar a Estados Unidos en 1936.

Kertész encontró trabajo desde su llegada, pero no logró el reconocimiento que merecía hasta mucho más tarde. También le espantaba el modo de trabajar de sus colegas americanos, sobre todo los que hacían periodismo fotográfico. "Toman cientos de fotos y piensan que, así, alguna va a servir", dijo en una entrevista. "No respetan el material y, de ese modo, el material tampoco los respeta a ellos." La opinión resume en parte su modo de ser, y también lo que caracteriza su obra.

Sus primeras fotos de este período conservan la calidad, pero hacen entrever una gran tristeza. Los paisajes urbanos, como los desolados rieles de ferrocarril de la estación de Bowery, de 1937; las huellas en la nieve alrededor del Arco de Triunfo de Washington Square, todo confirma ese estado de ánimo. Pero ni siquiera el vacío de ese Nuevo Mundo que trataba de conquistar impidió que se lucieran su dominio de la luz y su selección de temas y enfoques. Incluso empezó a experimentar con nuevos medios, como la Polaroid. Pero tardó casi un cuarto de siglo en ser ampliamente valorado en los Estados Unidos, como sucedió en su muestra en el MoMA en 1964, cuando ya había alcanzado reconocimiento internacional.

En esa época, después de cuarenta años, reencontró a su hermano Jenö, instalado en Buenos Aires. Lo visitó a partir de 1962 y expuso aquí hasta meses antes de su muerte, en 1985. Frecuentó a su familia local y produjo algunas fotos, como aquélla, irónica, de un hombre leyendo un libro frente a un muro con pintadas. Kertész vivió tanto el comienzo como el fin de un capítulo de la historia de la fotografía. Como dijo Henri Cartier-Bresson: "Sacamos fotos de cosas en constante proceso de desaparición".

Ficha. André Kertész. El doble de una vida , en el Espacio de Arte de Fundación OSDE (Suipacha 658, 1er piso) hasta el 29 de septiembre

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