La consagración de Leandro Erlich en el Grand Palais: “Es la mejor exposición de mi vida”
Nubes encerradas en una vitrina, escaleras mecánicas enredadas y un ascensor que no lleva a ninguna parte: catorce obras del artista argentino, entre grandes éxitos y piezas nuevas, se exponen en París en una espectacular retrospectiva
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PARIS.– “Es la mejor exposición de mi vida”. Visiblemente conmovido, Leandro Erlich definió así la monumental retrospectiva de su obra que, a los 53 años, el Grand Palais le consagra hasta el 6 de septiembre. Después de registrar cifras récord de público a nivel mundial en Asia, América Latina y Europa, Francia presenta por primera vez en París esa retrospectiva completa —enriquecida con nuevas producciones— dedicada al argentino, uno de los artistas más singulares de la escena contemporánea.
Y lo hace nada menos que en el Gran Palais, esa joya que se yergue en el corazón de la ciudad, construida para la Exposición Universal de 1900, y que desde entonces es uno de los monumentos más emblemáticos de esta capital. Con su espectacular cubierta de vidrio y acero que alcanza los 45 metros de altura, se impone como una obra maestra de la arquitectura Beaux-Arts. Durante más de un siglo, sus 72.000 metros cuadrados han acogido exposiciones artísticas, salones internacionales y grandes eventos culturales. Declarado monumento histórico, sigue siendo hoy uno de los espacios de exposición más prestigiosos y visitados del mundo. Un marco, que agrega un motivo suplementario de orgullo para Erlich.
“Es una inmensa alegría, una emoción muy grande, tener la oportunidad de realizar este proyecto en este lugar, por lo que significa el Grand Palais. Pero también es una doble alegría, porque es París. Viví aquí hace 20 años, trabajé mucho en Francia, también en Toulouse, en Nantes, en Lille, en Saint-Nazaire. Este no es un lugar aspiracional, una capital cultural excepcional, sino que tiene para mí una implicancia en lo personal”, dijo Erlich a LA NACION en una breve entrevista exclusiva, momentos antes de la inauguración oficial.
Como sucede con cada una de sus exposiciones, el trabajo del artista argentino invita esta vez a traspasar los límites de lo cotidiano para adentrarse en un universo en el que las casas, los ascensores, las escaleras y las fachadas urbanas “se convierten en escenario de una transformación, donde la ilusión no es engaño, sino herramienta del conocimiento”. A Erlich le gusta presentarse como un artista conceptual que trabaja en el ámbito de lo real y de la percepción. “Mi tema es la realidad, los símbolos y el potencial de significado”.
En todo caso, una vez más, provocará el entusiasmo del público con sus instalaciones inmersivas, que convierten al espectador en un actor de la obra. Porque sus obras no solo se contemplan, se viven, se recorren y hasta se cuestionan, combinando emoción, diversión y reflexión a través de unas nubes inexplicablemente suspendidas en el aire dentro de vitrinas, casas desarraigadas, ascensores que no llevan a ninguna parte, videos que trastocan la realidad o escaleras mecánicas enredadas como hilos de un ovillo. Esta vez, las 14 obras presentadas en los dos pisos del edificio han sido ordenadas en forma tal de proponer “una experiencia progresiva al interior y al exterior de la imaginación del artista”, explica el catálogo de la exposición. Para Erlich, “el conjunto de la muestra debería ser tomada como una obra en sí misma”.
Otro punto original de la muestra es la sección “Documentation Room: de la imaginación a la realización”, concebida como un paseo a través de la historia creativa del autor, desde 1994 a 2026 y contada en 41 maquetas y proyectos.
“En la exposición hay varias piezas nuevas [La Carte, A l’ombre de la ville; Conrete Coral; Hair Salon; Puente; The Doors; Rdeloj; Sidewalk; Lift] que no fueron exhibidas antes pero, sobre todo, al margen de haber hecho exposiciones grandes en museos importantes —como en el Malba, el Mori de Tokio, el PAMM en Miami o el Palazzo Reale en Milán—, esta es la primera vez que se decidió que una galería mostrara los proyectos y maquetas. Y esto es importante porque permite a mucha gente conocer lo que estuve haciendo durante 30 años, más allá de las instalaciones espectaculares. Lo que pasa en esta sala de maquetas es un espacio más íntimo y una propuesta inédita”, resaltó Erlich, que vive “un poco en todas partes”.
Naturalmente, una exhibición de esta envergadura no se hace de la noche a la mañana; fueron dos años de intensísimo esfuerzo y el trabajo de un centenar de personas. “El proyecto nació a partir de la invitación del comisario de la muestra, Fabrice Bousteau, que es también editor de la revista Beaux Arts y de Le Quotidien de l’Art. Una persona fuera de serie, un amigo con quien nos hemos encontrado hace 24 años, cuando hice la primera exposición en París en una pequeña galería del Marais. En este tiempo hemos tenido una infinidad de encuentros asociados a proyectos. El también ha seguido mis trabajos en Tokio, en Buenos Aires… Es alguien que conoce en profundidad mi trabajo y hace como dos o tres años, me propuso la idea de hacer una gran retrospectiva en el Grand Palais”, ralata Erlich.
Conocido y respetado en el medio cultural francés, Bousteau, comisario de la exposición, conoce efectivamente en detalle la trayectoria de Erlich. “Para definirlo, solo basta una de sus frases premonitorias del actual mundo de las redes sociales: ¿Acaso se cree lo que se ve o se ve lo que se quiere creer?”
Pero, ¿cómo y dónde se hacen las piezas monumentales que suelen constituir las muestras de Leandro Erlich? “Muchas se construyen para la exposición, o sea, que son producciones que se hacen en el marco de la muestra y se fabrican o hay una suerte de prefabricación. Pero no son piezas que vienen y se sacan de cajas y se instalan, sino que se materializan en el espacio aquí mismo. Otras sí, de una manera más tradicional, vienen en partes o enteras y se ensamblan y se instalan. Pero también hay que decir que esta exposición tuvo un gran equipo, no solamente el equipo de mi estudio, sino también otro equipo de producción muy importante, que combinó gente del Grand Palais con un grupo de producción en Italia. O sea, que hubo más de cien personas trabajando en la realización de esta muestra”, asegura.
El resultado es espectacular. Casi mágico. Una palabra que retoma con entusiasmo Bousteau. “Con frecuencia se ha calificado a Erlich de mago o maestro de la ilusión para calificar sus obras. Sin embargo, contrariamente a los magos que esconden sus ‘trucos’, en Leandro todo es voluntariamente transparente, evidente, comprensible. Uno juega consigo y con los otros, siendo perfectamente consciente de ‘cómo funciona la cosa’”, asegura.
Antes de iniciar la visita de prensa, Bousteau quiso homenajear a Julio Le Parc, que murió el sábado en París, a los 97 años. “Genio de la cinética nacido en Argentina, que vivió y produjo en París. Decididamente los artistas argentinos tienen una capacidad creativa fuera de lo común”, afirmó.
Como Le Parc, Leandro Erlich se confiesa “profundamente argentino” a pesar del cosmopolitismo de su obra. “Somos culturalmente una gran mezcla y quizás también por esa raíz cosmopolita no me resulte tan difícil entrar, participar y vincularme con culturas distintas. Eso no me hace francés, ni inglés, ni japonés. Sin embargo, creo que hay algo que es fascinante, que tiene que ver con esta idea de poder explorar y atravesar fronteras sin etiquetas y en donde el aspecto de la nacionalidad no tiene demasiada importancia. En definitiva, se trata de personas y mi obra plantea eso. Es una invitación inclusiva, es una audiencia planetaria. No hace falta ser, digamos, ni un erudito en arte, ni necesariamente tener 8 o 10 años para jugar o participar en algo que puede ser entretenido. Mi trabajo propone cuestiones que, en diferentes niveles permite varias lecturas, posibilidades de interpretación distintas. Pienso que hay algo que se articula con lo subjetivo de lo que hace el arte y su interpretación en donde uno puede ir, digamos, elaborando su propia experiencia”, asegura Erlich. Y agrega: “esto no se trata de la interpretación correcta asociada a mis intenciones, sino a lo que cada uno trae. Al bagaje personal, emocional y cultural que uno lleva consigo. No solamente en la exposición, sino en la vida”.
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