Ariana Harwicz y la aventura de escribir una ópera para el Teatro Colón: “Dementia es una proyección de mí misma”
En una nueva etapa de su carrera que involucra adaptaciones para teatro y cine, la argentina radicada en Francia debuta ahora como autora de un libreto lírico; el accidente que inspiró su próxima novela, cómo ve la cultura hoy y qué opina de los premios millonarios
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Gracias a una beca, una joven escritora argentina -que usa expresiones como “cerrá el orto”- y un traductor francés que lee fragmentos de Pierre de Ronsard se instalan en una casona en el campo; a cambio, ella debe escribir una novela y él, traducirla; ella necesita silencio; él, texto. Ambos son jóvenes, con un pianista como vecino (“seguro no es Gelber”, lo critica ella) y una criada que desaparece. En el segundo cuadro, una pareja similar, pero de unos cincuenta años, llega a la casona, en busca de pistas sobre el paradero de la criada y sobre el rumbo que han tomado sus vidas (y el que tomará las de sus anfitriones). En el tercer cuadro, una pareja de ancianos –una escritora que ha dejado de escribir y un traductor sin material para traducir– tiene un accidente en los alrededores y se enfrenta con la pareja y sus dobles, en una alocada puesta en abismo existencial.
Así es el argumento de Dementia, la ópera en tres cuadros y un epílogo con libreto de Ariana Harwicz, música de Oscar Strasnoy y puesta en escena de Mariano Pensotti, cuyo estreno mundial tuvo lugar ayer en el Teatro Colón. Harwicz subió al escenario en el saludo final. Hubo aplausos y ovaciones para una obra que integra, y en cierto modo traduce, el cosmos harwicziano, hecho de misterio, gracia y locura, a la música contemporánea.

“En la cena después de la función, hicimos la retrospectiva de todo el proceso y recordaba que todo empezó en marzo de 2022: fueron cuatro años exactos –dice la autora a LA NACION–. Y va a haber cuatro funciones, una por año o un año por función. Entonces, me encontré en París con Diana Teocharidis y con Jorge Telerman; nos juntamos a tomar un café y ahí inició todo. ¿Era para hacer una adaptación de una novela mía, siguiendo la tradición de otros autores? Habíamos pensado en Degenerado, que es compleja, es fuerte y que da mucho para la experimentación. Y hay un chivo expiatorio, ese paria social que nunca pasa de moda. Ya me había imaginado algo con coros. Finalmente, propusieron algo más ambicioso, que no estaba en mis planes: escribir una ópera de cero. Ahí empezó la aventura”. Harwicz estará en todas las funciones y regresará a Francia el domingo. “No me quiero perder algo que no pasa todos los días”, dice.
-¿Cómo fue ese trabajo? ¿El libreto preexiste a la música?
-Sí, en su totalidad; el compositor va evaluando posibilidades compositivas, va jugando cuando tiene una parte grande del libreto y ya sabe la temática de los personajes y la atmósfera. Cuando Oscar me pasaba algo de música, siempre la recibía con fascinación, pero era piano solo, me decía, tenés que imaginarte la orquesta. Me mandaba las partituras y para mí era como un ejercicio adivinatorio porque no sé leerlas. Yo intentaba ver qué música iba a componer a medida que escribía. Fue así, fue lúdico, fue divertido. Y lo hicimos muy juntos.
-¿Te sugirió que agregaras algo?
-Sugerencias, indicaciones de tipo musical. Por ejemplo, que en tal momento podría haber un aria para las esposas escritoras, o un coro para los tres maridos juntos. Esas indicaciones eran guías que concordaban muy bien con el libreto, porque es cierto, hay una rivalidad entre las mujeres al principio, y esa rivalidad se puede traducir en un dúo, pero después se amigan y se alían en contra de los hombres, entonces puede haber un coro. Una vez que comprendí esas alianzas y asociaciones musicales, las fui incorporando. Después vino el trabajo de la puesta en escena con Mariano. A medida que empezaba a acelerarse la escritura del libreto, empezaron a entrar nociones de puesta. Fue un trabajo muy sinfónico. Lo mismo con la escenografía de la casa doble o triple, que hizo Mariana Tirantte. La escritura de una novela es tan solitaria y acá hubo tanta gente; nunca había hecho reuniones para escribir. En la ópera hay que aceptar la intervención dramatúrgica del puestista; en una novela si venís y me corregís la página 83, te corto la mano. Pero acá es casi ley.
-El argumento se vincula con el mundo de tus novelas.
-No lo planeé, pero fatalmente fue así. No me propuse escribir un texto que entrara en el sistema. La forma es un ovni, en el sentido de que es cantado, que es operístico, que no es ni teatro ni literatura. En la forma es un ovni, en el proceso fue un ovni, pero en la escritura siguió conservando la lengua literaria. Oscar decía que mi escritura es muy musical y muy literaria a la vez; hubo que ejercer esa conversión en un trabajo de cuatro años. Nunca hay tantos personajes en mis novelas; me gusta más focalizar, pero acá tenía que haber multitud, para que hubiese locura, para que hubiese grandilocuencia. A las autoridades del Colón les pareció enseguida que había un potencial operístico por miles de razones, porque va hacia la locura, porque va in crescendo, porque hay posibilidad de variedad musical.
-¿La demencia del amor se conjuga con la de la literatura?
-La obra tiene la estructura de la demencia y la ópera le canta al amor destructivo. En las grandes óperas y en las grandes obras literarias ya sabemos lo que pasa con las grandes heroínas; cómo no admirar a Ana Karenina o a Madame Bovary, cómo no admirar a Carmen o a Madame Butterfly. Sigo en la línea de las mujeres que van hacia la destrucción directa; que aman tanto, celan tanto, ambicionan tanto que se inmolan y terminan carbonizadas. Ya de por sí tengo una inclinación hacia la ópera. Ahora digo que me encantaría escribir toda mi vida ópera, no necesariamente para música contemporánea, porque me siento más cerca de la música barroca, romántica, clásica. No lo digo por desprecio a lo contemporáneo, sino que mi corazón late hacia la grandilocuencia, la emocionalidad y el sentimentalismo de otros siglos. En esta ópera lo grandilocuente es la prosa y la música tiene un nervio muy contemporáneo.
-Además del amor destructivo está el juego de espejos de la literatura.
-Es cierto, junto con la cuestión de los celos, del tironeo de poder entre hombre y mujer, del intríngulis del nervio amoroso, aparece, casi a un nivel obsesivo y repetitivo, casi neurótico, la cuestión literaria. Es como somos los escritores, que estamos todos diciendo “quiero escribir”, “no tengo tiempo para escribir”, “dejame escribir”, llevado al paroxismo y al humor. No hay una sino tres escritoras: la joven quiere escribir y ambiciona ser la gran escritora; la del medio ya escribió y conquistó la fama y la última dejó de escribir. Es una ópera sobre las etapas que atraviesa un escritor: ¿qué es escribir?, ¿qué es no poder escribir y qué es haber escrito? Ese efecto es muy conmovedor.
-¿Con la pareja de ancianos se genera ese efecto?
-Siento que sí, con la última pareja, que es mi preferida, en el sentido de que es la más disparatada. Él es el más demente, no reconoce a su mujer. Ella dejó de escribir y él la acusa de haberle arruinado la vida, de sabotearlo, porque si ella deja de escribir, él deja de traducir. Son las codependencias de las parejas que se pueden llevar al plano del deseo, a planos físicos o espirituales; es lo mismo. Si hay una codependencia y dejaste de escribir, sos una terrorista.
-Y está la trama del asesinato de la criada y del vecino pianista.
-Son tramas secundarias a las que no estoy acostumbrada en mi escritura. En las novelas elijo una comande todo; no necesito cien mil tramas, sino una que después tiene sus vasos sanguíneos. Por eso fue un gran aprendizaje.
-¿Por qué elegiste parejas de escritoras y traductores?
-Es la puesta en escena de un juego de poder, es la misma obsesión de siempre: en una pareja, ¿quién depende de quién? ¿Quién va a morir antes? ¿Quién ama más? No me pueden decir que aman igual, que se van a morir juntos y que se desean igual. Siempre está desajustado el amor, siempre está desregularizado y por eso hay que compensar. En ninguna de mis novelas las protagonistas escriben; quieren escribir, pero son minas outsiders, nunca escriben nada. Ahora, por primera vez, este personaje quiere escribir, escribe, triunfa y deja de escribir. Hace todo el arco de la vida de una escritora. Dementia es, entre otras cosas, una proyección de mí misma. La que quería escribir, la que logró escribir. ¿Quién voy a ser yo en la tercera etapa? Y el traductor me permitía hacer esta comicidad, esta pugna, esta pelea doméstica: un traductor francés del que vengarse en la escritura.
-¿Estás escribiendo una nueva novela?
-Sí. En abril tuve un accidente muy espectacular, muy raro, no un choquecito, un choque frontal, con destrucción de auto, traslado en helicóptero, nunca había vivido en mi vida un accidente de auto, y a la vez en todas mis novelas hay accidentes de auto. Entonces digo: “Ahora choco para acercarme a los personajes”. Así que estoy escribiendo despacito una novela, con una mujer más grande que yo como protagonista. Me adelanto a la vida. Me voy a escribir a mí misma mucho más grande, así cuando llegue ya me escribí y estoy en paz. También sirve para paliar un poco las angustias.
-En un momento de la ópera se dice que la literatura le roba a la vida. ¿Qué le roba la literatura a la vida?
-En el mejor de los casos, le roba lo más absurdo, lo más salvaje; yo trato de robarle eso. Todo no le puedo robar, porque la vida muchas veces es tonta, es torpe, es olvidable. Es la pregunta clave para todo escritor. ¿Qué hay que robarle a la vida? Robar seguro hay que robarle, aunque hagas ciencia ficción. ¿Pero qué le robamos? Ahí está el escritor que sos. ¿Qué podés robarle y qué no? Eso hay que saber hacerlo. En Dementia están todos súper enloquecidos, muy obsesionados porque la escritura produce obsesión y hasta los reclamos conyugales están puestos al servicio de la literatura. Y entramos todos en eso con Oscar, con Mariano, con los músicos; ¿cómo no vamos a entender la obsesión por la creación? Todos estabámos obsesionados y muy adentro de la trama.
-¿Van a llevar la ópera a Francia?
-Lo vamos a hablar. Ojalá porque, por ejemplo, ni mis hijos ni Edgardo [Scott] pudieron verla. Mis padres, que viven acá, sí. Tiene una condición bilingüe y de juego entre dos lenguas que es perfecta. Lo más justo y lo más lindo sería que viajara. A mí lo que me desespera de las artes performáticas es el registro; yo escribo una novela y queda. Si quiero, ahora busco Perder el juicio en una librería de Corrientes y la encuentro. Una película queda. Esto no. No estoy acostumbrada a que se deshaga en el aire. Me gustaría que se publicara el libreto en una edición bilingüe, con imágenes de la partitura; lo tengo que hablar.
-¿Ya está lista la adaptación teatral de Perder el juicio?
-Ya se hizo y se estrena en marzo en la avenida Corrientes. La adaptación la hicimos Andrés Gallina y yo, tendrá dirección de Ciro Zorzoli y un elencazo, con Camila Peralta y Matías Mayer. La producción es de Preludio, de Adrián Suar. Me da intriga porque será mi primera obra en la avenida Corrientes.

-¿Sentís que tu carrera entró en una nueva etapa?
-De algún modo sí. Fueron muchos años hasta que se estrenó Die My Love [Matate, amor]. Las películas tardan diez años, ocho, siete; son medidas de tiempo que no se condicen con la mortalidad. De algún modo sí me parece que fue un antes y un después con la película y ahora con el estreno mundial de la ópera, en el sentido de que no porque no sigan costando las cosas no se puedan lograr.
-¿Cómo ves el mundo de la cultura?
-No esperen de mí un rayo de esperanza. La globalización en el ámbito cultural, en el campo de la cultura, hace que a veces no me dé cuenta si estoy en Montreal, en Guadalajara, en Buenos Aires o en Madrid. La cultura está absolutamente supeditada a la política y la ideología. En apariencia, se sigue pregonando el ideal de diversidad, que no ha sido el ideal de todas las épocas; el ideal de tolerancia, de humanismo y de encuentro, esas utopías de la cultura. Pero después lo que pasa es otra cosa. Hay gente que no se quiere sentar con gente. Hay identidades que son sospechosas e identidades que son aceptadas, todo dicho a media lengua, porque tampoco está legalizado el crimen. Los autores eligen sus posturas, tomar riesgo, no tomar riesgo; ambas son difíciles. Los editores lo mismo, porque son los guardaespaldas de los autores. Fijate lo que pasó en Francia con Grasset, este señor [el empresario Vincent Bolloré] compró todo y la mayoría de los autores se fueron; no es anodino ver quiénes se desplazan para un lado, quiénes se van, las alianzas. Trato, no sé si se ve o no, de tomar siempre riesgos y trato de que los que quieren invisibilizar o sacar de la cultura a determinadas personas no lo logren. Sin inmolarme o inmolándome, pero de manera que yo pueda estrenar óperas, hacer películas, porque si no, me suprimen, que es lo que desean. Están los autores que tejen alianzas bajo ideologías comunes y los autores que están un poco más solos.
-¿Te invitaron alguna vez a la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires?
-Nunca me invitaron y me encantaría ir. Me llama la atención que no lo hicieran porque publico en la Argentina de toda la vida. Los libros siempre salen acá primero, salvo los de Anagrama que lo hacen al mismo tiempo en España. ¿Cómo no voy a venir si me invitan? Fijate que para el estreno del Colón vengo. O sea que si bien es lejos y es costoso, vengo.
-¿Qué opinás de los concursos que entregan premios megamillonarios?
-Es algo novedoso. Alguien había dicho, no me acuerdo quién, que es peligroso, pero bueno, todo es peligroso, en el sentido de que puede dar la falsa ilusión a muchos de que se puede conseguir un millón de euros o de dólares o de libras esterlinas o lo que sea, escribiendo. Cada uno se hará cargo de sus deseos, de sus fantasías, pero me da la sensación de que si yo fuese una joven escritora, una aspirante a escritora que no conociese el campo cultural como lo conozco, tendría una ilusión terrible de ganar ese millón de euros. Igual veo un fenómeno nuevo con todas estas adaptaciones que hay de todo, de grandes novelas y de novelitas, una omnipresencia de lo literario en las plataformas y en el cine. Me gusta y me parece ambicioso. Es como si la literatura estuviese ocupando más lugar, rebasándose.
Para agendar
Dementia. Martes, jueves y sábado, a las 20, en el Teatro Colón (Libertad 621).
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