Leandro Erlich: “Le Parc ayudó a ampliar el horizonte de lo que era posible imaginar”
El artista argentino, que está por inaugurar una muestra en el Grand Palais de París, despide a quien considera “una figura paterna aspiracional”
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Mi relación con Julio Le Parc comenzó mucho antes de conocerlo personalmente. Si mi memoria no me falla, descubrí su obra siendo adolescente, en los años ochenta, durante una exposición en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires. Aquel encuentro fue una revelación. Sus trabajos me mostraron que el arte podía ser, al mismo tiempo, rigor e imaginación, investigación y asombro. Pero, sobre todo, me hicieron comprender la extraordinaria capacidad que tienen las imágenes para comunicar ideas.
En la obra de Le Parc, la percepción no es simplemente un vehículo del significado: es el significado mismo. La experiencia visual ocupa un lugar central y convierte a la mirada en protagonista. Sus trabajos me enseñaron que es posible pensar a través de los ojos y que aquello que vemos puede interpelarnos con una profundidad comparable a la de las palabras.

Décadas más tarde, hace alrededor de veinte años, tuve la fortuna de conocerlo en París. Desde entonces mantuvimos una relación marcada por mi profunda admiración hacia su persona y hacia una trayectoria artística verdaderamente excepcional. Más allá de la importancia histórica de su obra, siempre me impresionó su curiosidad inagotable, su capacidad para seguir experimentando y su voluntad de cuestionar permanentemente los límites de la percepción.

Como artista argentino que también eligió desarrollar gran parte de su vida en el exterior, encontré en Julio una referencia singular. Su recorrido, iniciado con su llegada a Europa a fines de los años cincuenta, abrió un camino que inspiró a varias generaciones. Pero lo que más me conmovió fue descubrir que detrás de una figura fundamental del arte contemporáneo había una persona de enorme generosidad intelectual y humana.

A lo largo de los años, nuestras conversaciones me permitieron comprender mejor la coherencia que atraviesa toda su obra: una búsqueda constante, libre de fórmulas, impulsada por el deseo de explorar lo desconocido. Su trabajo nunca se conformó con respuestas adquiridas; por el contrario, hizo de la pregunta, de la experimentación y de la duda un verdadero método de creación.

Para mí, Julio ocupó siempre un lugar muy especial. No solo fue una referencia artística, sino también una suerte de figura paterna aspiracional. Alguien que demostraba que era posible construir una vida dedicada a la creación sin perder la curiosidad, la independencia ni el compromiso con las propias convicciones.

Habiéndonos encontrado tantas veces en París, una ciudad en la que yo también viví y que continúo visitando con frecuencia, su partida me conmueve de una manera muy particular. Que su fallecimiento ocurra apenas dos días antes de la inauguración de mi retrospectiva en el Grand Palais le otorga a esta pérdida una resonancia aún más profunda.

Lo vivo con tristeza, pero también con gratitud: la gratitud hacia un artista argentino que, hace más de medio siglo, abrió un camino de diálogo entre la Argentina y Francia. Con humildad, me siento parte de esa continuidad. Si hoy puedo presentar mi trabajo en una institución como el Grand Palais, también es porque antes existieron figuras como Julio Le Parc, cuya libertad, audacia y perseverancia ayudaron a ampliar el horizonte de lo que era posible imaginar.
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