La escritora chilena que se enamoró de un pueblito bonaerense

Allí encontró Cynthia Rimsky el punto de partida perfecto para sus historias
Allí encontró Cynthia Rimsky el punto de partida perfecto para sus historias Fuente: LA NACION - Crédito: María Aramburu
Franco Spinetta
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9 de junio de 2019  

Una motito blanca atraviesa una intensa nube de tierra que un camión, cargado hasta la lona de soja, acaba de dejar sobre un camino rural perdido en el mapamundi bonaerense. La motito se desliza con seguridad. Apenas se deja ver una corta cabellera rojiza por debajo del casco y un morral cruzado. En la parte trasera, un canasto de plástico negro -de esos que se usan para transportar la leche- va repleto de mercadería fresca comprada en un pueblo cercano. Pasa la nube de polvo, y la motito blanca comandada por Cynthia Rimsky sigue viaje hacia algún bar o pulpería, en busca de alguna experiencia gregaria.

Ella nunca deja de mirar. La curiosidad la ha salvado, reconoce. Como persona y, sobre todo, como escritora. Alma errante, escritora de viajes que nunca llega adonde quiere llegar, porque el "viaje es el camino". Con todos estos desvíos ha sabido construir una obra premiada, un estilo que la hace reconocible en el mundo literario. Sus libros: Poste restante, La novela de otro, Ramal, Fui, El futuro es un lugar extraño , En obra y Los perplejos, que acaba de publicarse en la Argentina, por Leteo editorial. "Recién con este libro, publicado originalmente en 2009 en Chile, me sentí totalmente libre para mirar, leer, escribir y pensar desde un punto de vista que he construido", dice. Y para llegar a ese punto, mucha tierra ha pasado por delante de sus ojos.

Cynthia nació en Santiago de Chile, en 1962. "Era bien angustiadita de niña -ríe-. Siempre quise tener una vida que no era mi vida. Miraba por la ventana del bus y veía a otras niñas, otros barrios. Quería ser como ellas. Recuerdo cuando me dejaron cruzar la calle por primera vez, descubrí que desde esa vereda se veía la vereda por donde sí me permitían caminar y que, por desear la otra, nunca había visto". A los 11, le regalaron un diario personal. Ahí empezó a drenar su imaginación y sus poesías "muy malas", como toda primera poesía. "Mis padres me decían que lo que yo veía no era cierto. Por ejemplo, salíamos con parejas amigas de mis padres y yo los observaba, cómo hablaban, cómo se miraban. En el auto, cuando volvíamos, les contaba. y me decían que no era cierto", vuelve a reír.

Cynthia recorre en su moto blanca la infinidad de caminos rurales, trazados como telaraña por el interior de los campos
Cynthia recorre en su moto blanca la infinidad de caminos rurales, trazados como telaraña por el interior de los campos Crédito: María Aramburu

Cuando terminó de estudiar la carrera de periodismo en Santiago, Cynthia optó por ir a hacer su práctica al diario El Mercurio de Valparaíso. "Me bocharon por las mismas cosas que me convirtieron en una escritora", cuenta. Tenía que volver a Santiago, al nido familiar. Pero optó por quedarse. "Para no encajar", explica. Valparaíso estaba lejos de ser una ciudad turística como lo es hoy. Las calles estaban abandonadas, todo estaba teñido de una pecaminosa decadencia. La ciudad había sido un foco de resistencia socialista y, al consolidarse el golpe de Augusto Pinochet, los jóvenes militantes tuvieron que escapar. "Quedaron los viejos, que empezaron a hacer alianza con los estudiantes en los bares. Me acuerdo en el Cinzano, donde los viejos nos pagaban los tragos. Se armaban tertulias muy espontáneas, generosas", dice.

Y se quedó en Valparaíso para convertirse, de manera decidida, en escritora. Quería dejar el periodismo atrás. Había hecho un arreglo con su madre para que le enviara dinero mensual, que le alcanzaba para subsistir en una pieza alquilada. Sus días transcurrían entre los cerros, las calles sinuosas y onduladas de la ciudad, el puerto, el chaperío, los bares de mala muerte, borracheras interminables. No podía cerrar nada de lo que empezaba a escribir: "Creía que la literatura era contar lo que sentía, pero cuando lo pasaba al papel, no había nada parecido". Llevaba encima la angustia de querer ser escritora, pero sin poder responderse una pregunta que sobrevolaba su cabeza todo el tiempo: "¿Para qué escribir, si nunca voy a ser buena?".

"Me he dado cuenta que en el campo las narraciones se adaptan al formato de la fábula y eso las hace reales e imaginarias al mismo tiempo"
"Me he dado cuenta que en el campo las narraciones se adaptan al formato de la fábula y eso las hace reales e imaginarias al mismo tiempo" Fuente: LA NACION - Crédito: María Aramburu

Caminos como telarañas

Con su novela El futuro es un lugar extraño obtuvo, en 2017, el Premio Municipal de Literatura de Santiago y el Premio del Consejo del Libro y la Lectura. Desde Argentina viajó a recibir ambos galardones, entre los más importantes de su país. Unos años antes, había decidio quedarse de este lado de la Cordillera con su pareja argentina. Lo hizo convencida de que no quería vivir más en una ciudad. Fue algo que descubrió durante la escritura de Ramal, un libro sobre el tiempo y sobre una línea de tren que cruza horizontalmente Chile, desde Talca, en la zona cordillerana, hasta Constitución, en la costa. Son 80 kilómetros que discurren en 4 horas. "Me iba a una estación y tenía que esperar seis horas hasta que volvía a pasar el tren: en el lugar no había nada, pero nada qué hacer". Pronto entendió que esa "nada" estaba llena de cosas para ver, como en aquellas crónicas límpidas y jamás superficiales de Hebe Uhart. Esa vivencia del tiempo le permitió entender que había un tiempo ramal, en el que los sucesos no se ven "porque tenemos fijada la vista en lo principal. Ya en la Argentina, en 2012, busqué un pequeño pueblo con una ex estación. Y ya no fue un cambio tan brusco".

Instalada en la pampa húmeda bonaerense, en Azcuénaga, construyó un refugio en el que convive con la huerta, un taller de carpintería de su pareja, y un estudio donde escribe y da cursos de escritura online. Una vez a la semana viaja a Capital a dar clases en el UNA. Desde su casa planea las incursiones por la infinidad de caminos rurales, trazados como telaraña por el interior de los campos, y que recorre con su motito blanca. Ya había tenido una vieja Vespa modelo 57, con la que andaba por las calles de Santiago. Pero esto es diferente: salir a camino abierto, tierra, soledad.

Ayer, en mi súper cabalgadura, manejé como una hora por la ruta interior número 26, de tierra, estando medio perdida, no pasaba ningún auto, entré a un campo y un tipo que andaba recorriendo parcelas en una camioneta me dijo por dónde ir, por supuesto me lo volví a encontrar varios kilómetros después y me dijo: señora, usted sigue perdida. Finalmente, después de más de una hora de manejar, llegué a Espora como había planeado: cuatro casas y una señora que me dio el vaso con agua más fría que he tomando en mi vida.

Cada salida, programada ampliando Google Maps hasta que aparecen las frágiles líneas de los caminos interiores, es en plan beatnik: una sucesión aleatoria de conversaciones al pasar, la plasmación de un provincialismo existencialista. "Armo mis rutas y salgo. Me encanta ir a Los Ombúes, en Chenaut; en medio de la nada, en este almacén de campo no se pierde el espíritu de conversar. Y la señora hace unos sánguches. En Diego Gaynor hay un muchacho que sueña con ir a Chile. En Vagues un cachurero cuenta historias fantásticas en las que siempre sale victorioso. En Villa Ruiz conocí a una empleada de la escuela que jubiló y no puede volver a caminar por la misma vereda de la escuela, de pura pena que le da. En Azcuénaga me siento con Chapesone a mirar la ruta y a esperar que lleguen otros para comentar las últimas novedades. Me he dado cuenta que en el campo las narraciones se adaptan al formato de la fábula y eso las hace reales e imaginarias al mismo tiempo".

Una conversación, una huella que no vio antes, un episodio, un relato. Siempre sale algo, dice. Formas de habitar el paisaje que va filtrando en sus textos, siempre atareados en la búsqueda de esa experiencia que convierte, que conmociona, que nunca te deja igual y que puede, incluso, transformar el sentido de las palabras. "Walter Benjamin escribe que tan importante como alcanzar el tesoro enterrado, son las capas de la tierra en la que esos huesos descansan".

Pero volvamos a Valparaíso. Cynthia no consigue terminar todavía ni un solo cuento. Ahí aparece Walter Benjamin, cuando una ensayista chilena le regala su libro de viajes Cuadros de pensamiento. "Al leerlo -recuerda la escritora- me di cuenta de que la mirada no está dada: se construye. La mirada recoge y transforma lo mirado en otra cosa. Eso me salvó, me convirtió en escritora. Había un afuera más importante que mi interior. Ahí arranqué y no paré".

La revelación literaria se mechó con otro hecho del orden de lo mágico, de aquello que, dice, sólo aparece si estamos atentos. En un mercado de pulgas de Santiago encontró un álbum viejo de fotos. Adentro, en la primera página, aparecía su apellido, pero en vez de Rimsky, Rimski. Eran fotos de una familia de vacaciones en Europa que bien podía ser la parte de su familia que no emigró a Chile. Entonces, con el libro de Benjamin en su bolso, decidió encarar un viaje para buscar los lugares de las fotografías. "Me interesó esa posibilidad de escape: quería ver el lugar donde habían vivido mis ancestros e imaginarme las vacaciones de esa familia del álbum", cuenta. En la frontera de Austria y Eslovenia, la magia se terminó de consumar. Cynthia estaba en un hospedaje, donde comentó la misión que la había llevado hasta allí. Una cosa llevó a la otra, y resultó que en la bitácora del hotel sólo faltaba una foto: la que estaba en el álbum que transportaba la escritora. Fue su primer libro, Poste restante. Ella tenía 40 años.

A partir de ese azar, Cynthia Rimsky desarrolló su literatura como si se tratara de un misterio, donde lo que se narra es tan importante como lo que no se dice, lo que subyace en las palabras. Se metió en la hermenéutica, a instancias de Maimónides, el filósofo nacido en Córdoba, España, y se deslumbró "por eso increíble que dice que entre las palabras escritas con tinta negra, hay otras escritas con tinta blanca que no las puedes ver, pero respiran".

Maimónides llegó a su vida gracias a un viejo amigo suyo de Valparaíso, uno de esos personajes entrañables e indispensables en la vida de todo ser creativo. Era un aristócrata decadente y alcohólico, que Cynthia reconoce como su "profesor de vida". "Lo visitaba cuando tenía problemas con mi madre y él me decía: 'No es tu madre, es La Madre, no es nada personal, ¡sácate la subjetividad!". Antes de morir, él le regaló el segundo tomo de la Guía de los Perplejos, de Maimónides, que encontró en un mercado persa. Le dijo: "Tómalo, algún día te va a servir".

Lo que sigue está en el inicio de Los perplejos: La muerte de Ortuzio y el hallazgo casual de la biografía de Maimónides en casa de unos amigos hizo nacer en mí el deseo de saber quién fue el filósofo, curiosidad que me propuse saciar llevando la biografía al jardín. Estando en la piscina me encontré con que un ratón intentaba desesperadamente salir del agua a la que había caído. Si el asco me impedía ayudarlo, un dudoso sentido humanitario me impedía abandonarlo, y mi primer contacto con la escritura de esta novela que me llevó a Córdoba fue un ratón que se ahogaba.

Dice Cynthia que con la escritura de Los perplejos, que le llevó cinco años, pudo sentirse más libre que nunca. "Atreverme a leer uno de los filósofos más difíciles sin ser filósofa, atreverme a escribir sobre él y la Edad Media sin ser historiadora, todo eso me hizo desestimar los miedos y atreverme a leer desde la experiencia, sin mandatos. Encontré un lugar desde donde escribir. Y mezclé todo, es novela, pero hay relatos, testimonios, viaje, mapas, alegorías. Una gran libertad".

Los perplejos, en Argentina

Publicada en Chile en 2009, Los perplejos acaba de ser editada en el país (Leteo). Maimónides, el filósofo judío del siglo XII, en manos de una escritora que sigue sus pasos desde la actualidad. Cruce de novela, relato de viaje, alegorías.

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