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Ficciones históricas

La historia se hace cuento: fragmentos del siglo XIX narrados para chicos

Natalia Blanc
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22 de noviembre de 2020  • 00:00

Con los sucesos de una época como telón de fondo en esta selección de títulos infantiles hay amores, enigmas y aventuras que sirven de puerta de entrada en un género que les hace cada vez más lugar a protagonistas femeninas; cuatro extractos para empezar a leer

De colonia. Romance rebelde de una niña y un pintor

Un cuento de amor en mayo. Silvia Schujer (Loqueleo)

"Clara estaba furiosa. Se había pinchado por trigésima vez en una hora y, harta de chuparse la sangre que le brotaba del dedo, había optado por estrellar el bordado contra el piso y salir corriendo a su habitación.

"¡Se acabó!", se había repetido una y mil veces mientras arrastraba la silla, la cama, la mesita de noche y todo lo que encontraba a su paso con tal de trabar mejor la puerta.

¿Por qué tenía que pasarse las tardes bordando? Odiaba la costura. ¿O aprendiendo a pegar los labios para comer, para tomar, para reírse, para saludar? ¿Acaso no era más fácil hacer todo eso con la boca un poco abierta? ¿Y el piano? ¿Por qué tenía que tocar preludios, si sus dedos no hacían más que tropezarse con las teclas? ¿Por qué lo que de verdad le gustaba no era asunto de mujeres, como decían las amigas de su madre? Esas cotorras cotolengas copetudas que además despreciaban a Mariquita, su tía del alma.

En eso pensaba Clara cuando oyó que golpeaban la puerta de calle. Cuando escuchó que la puerta se abría y que alguien entraba a su casa. En eso trató de seguir pensando cuando la voz de Tobiana le anunció la llegada del pintor.

-¡Si lo viera, amita Clara! Compóngase y salga que le va a gustar."

En el norte. La historia antes de la historia de Juana Azurduy

Juana Azurduy. La fuerza escondida. Paula Bombara (Norma)

"El hombre viejo miraba a la niña sin nombre. Mientras tanto, preparaba la mula. Preparaba la mula y recordaba cómo, varios meses atrás, la niña se había pegado a su sombra y a la sombra de sus cosas. Quién sabe cuánto tiempo antes de que él lograra descubrirla, ya andaba ella por ahí. Nada se sabía sobre su origen; ni de dónde había salido, ni cómo se llamaba, ni cuántos años tenía. Sabían sí que hablaba quechua y que tenía dos talentos, el de imitar las voces de los animales y el de vivir sin ser vista. A lo largo de esos meses, él la había alimentado y ella lo había acompañado, manteniendo siempre una distancia. Aun en ese día tremendo, el de la Revolución de Chuquisaca, lleno de gritos, piedras y confusión, la niña se había quedado cerca. Delgada, veloz y bajita.

Silenciosa, curiosa y arisca. Nunca había tomado más de lo que necesitaba para sobrevivir. El viejo ajustó la carga al lomo de la mula pensando en que la pequeña le recordaba a una joven a la que quería como a una hija y, a la vez, como a una madre. Esa mañana, el sol quemaba tanto que aplastaba las cabezas y acortaba los cuellos. Por eso los movimientos del hombre eran tenues, delicados. Movió los ojos con la columna quieta. Movió los brazos con la columna quieta. Y con la columna quieta, silbó. El cuerpo le dolió cuando el aire salió del pecho. Sabía que la Pachamama pronto le daría el beso de la tierra, pero antes él quería dejar a la niña en la hacienda de Toroca, al cuidado de los Padilla."

Chicas de 1811. Soñar con ser periodista y entrevistar a Belgrano

La Belgranita.Héctor Ricardo Ferrari. (Nazhira)

"Es el 11 de agosto de 1811.

Hay fiesta en la casa de su abuela Lorenza, en las afueras de Santa María de los Buenos Aires, para el lado del sur. Mientras sus seis hermanos (ella es la del medio) corren por ahí, jugando a empujarse, Patrocinio dibuja una rayuela en el patio de tierra barrida.

Eligió un rincón, debajo del limonero, que no queda en el paso de las mulatas que van y vienen entre la cocina y el salón, llevando las empanadas y trayendo las canastas vacías para buscar más.

El aire huele a jazmín, a grasa de fritura, a carne con cebolla y comino, a laurel, a humo del horno de leña y a tierra regada de la huerta.

Trata de no mancharse el vestido. Antes fue de su mamá, ella no lo sabe, pero antes fue de su abuela. Los volados del ruedo son de otro vestido, tiene siete remiendos viejos que sólo se ven si se mira muy de cerca y se pasan los dedos sobre la tela. Casi toda la ropa pasa de una generación a la otra porque no es fácil de conseguir, ni de hacer, así que se la cuida y mucho.

Con un palito dibuja los rectángulos y escribe primorosamente los diez números, uno en cada rectángulo.

Después, en las puntas, escribe "Tierra" debajo del uno y "Cielo" encima del diez, y listo".

Tiempo de Rosas. Tres amigos y un misterio a resolver

El sello de piedra. Laura Ávila (Planeta Lector)

"Marc era un cazador de imágenes. Le gustaba recorrer la ciudad. Cuando encontraba algo digno de dibujarse, se sentaba cómodo y trataba de reproducirlo sobre el papel.

Le faltaba para ser un dibujante completo, pero se las arreglaba bastante bien. Trabajaba en un taller de litografía desde que tenía memoria. Cuando era más chico, preparaba las tintas y pulía las piedras para la máquina. Ahora que tenía trece años, Philipe lo dejaba calcar los dibujos que conseguía de Europa.

Ese 27 de marzo Marc fue con su carpeta hasta la ribera del río.

Eran los primeros días de otoño pero todavía hacía calor. El sol estaba por salir y algunos pescadores ya tendían sus redes en el agua marrón. Los changadores hacían fuegos en la playa para tomarse unos mates antes de que vinieran los barcos.

Marc se sentó en la orilla y bocetó la línea del río. Soñaba con describir a Buenos Aires con un dibujo genial, que todo aquel que lo viera lo identificara enseguida con la ciudad.

Pero Buenos Aires no se lo hacía fácil. Sus paisajes eran todos chatos, iguales, deprimentes. Apenas la punta de alguna iglesia levantaba un poco el caserío.

A la orilla llegaron unas lavanderas y lo miraron mal. Marc las conocía: antes del bloqueo charlaban con él y le convidaban galleta".

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