La obra de Günter Grass, vital como un vino fuerte

El novelista triestino y el cineasta que llevó de manera magistral a la pantalla grande El tamborde hojalata recuerdan al controvertido Nobel alemán, que murió hace cuatro días, con el cariño y la admiración que supieron despertar su talento y su personalidad arrolladora
Claudio Magris
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17 de abril de 2015  

Me lo encontré por última vez hace años, en Oviedo, para una charla conjunta organizada por el Premio Príncipe de Asturias. Grass era el de siempre: vital, cordial y agresivo, desbordante, capaz de una amistad sanguínea, y gran compañero de hotel. Recuerdo haberle comentado la fuerte impresión que me había dejado El tambor de hojalata, que había leído no bien salió, durante el período de un año que pasé estudiando en Friburgo, Alemania. Lo había leído como se bebe un vino fuerte y burbujeante. Me había llegado por infinidad de razones, por la abrumadora inventiva lingüística que transforma una novela experimental, rigurosamente acabada por su perfección estilística y estructural, en una epopeya de carne, de sangre, de humor crudo y salvaje.

El tambor de hojalata es uno de esos libros que Raffaele La Capria llama "obras maestras fallidas", no porque no sean logradas sino por el contrario, porque asumen sobre sí mismas, en su propia estructura, el desorden del mundo y de la Historia, la imposibilidad de ordenarlos, el remolino furioso en el que hay que sumergirse en busca de la verdad y de la racionalidad laceradas.

Después de aquella obra maestra saldrían tantos otros libros de Grass –novelas, ensayos, textos teatrales, no todos de primera línea, pero todos potentes y sabrosos– que a veces caían incluso en el mal gusto. Pero contra el intelectualismo protestatario de tantos autores inocua y ruidosamente rebeldes, Grass celebró la responsabilidad de un compromiso político medido y racional, el valor de los pequeños pasos concretos y progresivos (el paso del caracol, que a él tanto le gustaba) frente al extremismo infantil.

De su muerto en el placar, su militancia juvenil –más bien de adolescente– voluntaria en la SS, Grass se desembarazó con oportunidad bien estudiada, confesándolo lo suficientemente tarde para que no frustrase su carrera triunfal, pero cuando aún se encontraba en plena actividad, y tal vez para evitar que de descubrirse tras su muerte, el hecho ensombreciera toda su obra, mientras que ahora, el pecado ya ha sido confesado y exorcizado.

El tambor de hojalata, con su crudeza, su piedad, su grotesco, su mezcla de deforme y oscura grandeza alemana y de distante ternura casubia (esa reducida etnia eslava que tanto amaba), será para siempre un pilar de la literatura del siglo XX, y señala un camino que tal vez habría que retomar y volver a recorrer. C CORRIERE DELLA SERA

La suya era una voz a la que se le prestaba atención

Volker Schlöndorff

¿Por qué duele tanto la noticia de la muerte de Günter Grass? Lo lloran millones de "lectores silenciosos" que le fueron fieles durante más de medio siglo. En lo personal, puedo decir que su muerte me duele, sobre todo, por el enorme corazón que ciertamente tenía, y que yo también creo tener. Y también por aquellas cosas por las que solíamos enfrentarnos, cosas de las que uno no hablaría con nadie, salvo con un amigo como él. Su gran corazón… aquel corazón hablaba en sus textos: sus numerosos hijos, sus nietos, sus mujeres, sus amigos lo conocían, tanto en el amor como en la rabia. Ese corazón le confería un algo de omnipotencia, incluso a sus propios ojos.

Para la esfera pública, él tenía una importancia distinta. Ahí, él era sobre todo "distinto". Distinto de como uno se imagina a un escritor, de como uno se imagina a un alemán. Y es por eso, nuevamente, que eclipsaba a todos los demás. La suya era la voz a la que se prestaba atención, tanto en Alemania como en el extranjero. Era esa voz alemana que hizo parar las orejas al mundo apenas terminada aquella guerra de la que él, gloriosa o poco gloriosamente, había tomado parte. Cuando escribía, sabía de lo que hablaba. Y presagiaba incluso el eco que tendrían sus propias palabras… al menos, las más de las veces.

Su tambor de hojalata era su máquina de escribir. Sabía usarla. Para provecho de sus lectores y de nuestro país. Porque, naturalmente, era un patriota.

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