La reina sin corona del fascismo
Un documento revela que Margherita Sarfatti, la intelectual italiana, amante y consejera de Mussolini, debió exiliarse por una trampa que le tendió Edda Ciano, la hija del Duce la hija del Duce
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A fines del siglo XIX, las tierras y la mansión de la familia Grassini denotaban un arraigo en Italia de antigua data, tal vez desde el medioevo. En ese marco se desarrolló la formación de la joven Margherita, quien con el tiempo habría de convertirse en una destacada escritora y crítica de arte. Intelectual visionaria, de infrecuente capacidad de acción, quedó registrada en la historia de la cultura italiana como Margherita Sarfatti (Venecia, 1883-Cavallasco, 1961). Su nombre identifica, además, a la mujer más cercana a Benito Mussolini: fue su consejera y amante a lo largo de más de un cuarto de siglo. Pero los Grassini y los Sarfatti eran judíos, de modo que esta excepcional mujer, nacida de la unión de ambas familias, estuvo menazada por un destino poco propicio, en la medida en que sería el propio líder del fascismo el factótum de las leyes raciales sancionadas en 1938. Esa legislación desencadenó persecuciones antisemitas y la deportación de ciudadanos judíos a campos de confinamiento nazis.
Sin embargo, el ocaso de Margherita Sarfatti no se debió tanto a la adhesión de Italia al racismo de Hitler sino, más específicamente, a una conspiración gestada en el seno de la familia Mussolini. Así se desprende de un texto de reciente descubrimiento, un memorial del barón Werner von der Schulenburg, en el que este diplomático alemán revela la trampa que la hija del Duce, Edda Ciano, tendió arteramente a la amante de su padre; el objetivo de esta celada apuntaba a desprestigiar a la escritora, que debió exiliarse. El itinerario de ese destierro la traería, por algún tiempo, a la Argentina.
La temprana aproximación de la joven Margherita al universo de la cultura se manifestó en una ferviente inclinación hacia la historia del arte y la literatura, especialmente la poesía italiana del ottocento. A los 18 años se casó con el abogado socialista Cesare Sarfatti, también judío. Entre 1898 --año de la boda-- y 1902 la muchacha se afirmó en el terreno del arte y también de la militancia política. Comenzó a escribir en diversas publicaciones, sobre todo en el periódico socialista Avanti, de Milán, lugar de la nueva residencia del matrimonio.
Un encuentro movilizador
Unos años más tarde se produjo la revolución estética del futurismo y la casa de los Sarfatti se convirtió en centro de la vanguardia que lideraba Filippo Tommaso Marinetti. Margherita estimuló los nuevos movimientos plásticos desde sus columnas de Avanti, en cuyas páginas su firma se afianzó. En 1912, sin embargo, un hecho en apariencia irrelevante en la conducción del periódico deparó un vuelco inesperado (y decisivo) en la vida de esta intelectual. Un bisoño Benito Mussolini fue trasladado a Milán, ese año, para asumir la dirección de Avanti.
La escritora detectó el fuste soberbio, machista y autoritario de este dirigente recién llegado que, con su vocación nacionalista a ultranza, contradecía las raíces internacionalistas del socialismo clásico. Y, como la nueva actitud de la publicación no coincidía con su propia línea partidaria, Margherita decidió no continuar en el diario milanés.
La entrevista en el despacho del director, en la que la modesta redactora hizo efectiva su renuncia, es una de esas escenas que movilizaría a cualquier dramaturgo (o a un operista) a componer un pezzo di bravura destinado a dos grandes intérpretes. Benito Mussolini, como un Ricardo III moderno, reviertió la situación con la habilidad de un carismático conductor. La bella intelectual judía de enrulados cabellos rojo tiziano quedó fascinada por la personalidad del fogoso romano de origen romañolo.
Contra todo pronóstico, entre ambos se entabló una reciprocidad que no tardaría en desembocar en una relación amorosa. Sobrevino la Gran Guerra y, en el medio, Benito y Margherita serán expulsados del Partido Socialista por sus proclamas intervencionistas, e ingresarán como colaboradores en el Popolo d´Italia. A principios de los años veinte el vínculo entre ambos se consolidó; todavía no era público, pero sus respectivos cónyuges estaban al tanto del asunto.
Margherita, en tanto, continuaba con la militancia en el campo de arte junto a sus amigos plásticos, algunos de los cuales fundaron el célebre grupo Novecento: Gianluigi Malerba, Achile Funi, Anselmo Bucci --que da el nombre al núcleo-- y, entre otros, Piero Marussig.
Cuando Mussolini tomó el poder en 1922, después de la Marcha sobre Roma, Margherita estaba a su lado; las crónicas aseguran que es la intelectual de origen aristocrático quien, en la alcoba, pulía y modelaba la imagen y el porte "presidencial" del líder fascista. También lo acompañaría, un par de años después, cuando el Duce debió enfrentar graves cargos por el "delitto Matteotti". Una vez que la agitación por el asesinato del diputado socialista se calmó, Mussolini se afirmó en el poder y, Sarfatti mediante, estimuló la actividad artística. Para entonces, la Sarfatti (apodada "la reina sin corona del fascismo") había conquistado trascendencia internacional con un libro clave: Dux (1925), una biografía de Mussolini que inmediatamente fue traducida a varias lenguas. Este gesto de admiración le reportaría, al año siguiente, ser condecorada con la Legión de Honor pero, también, un resentimiento de su prestigio intelectual por su incondicionalidad con el fascismo.
Un gigoló, la celada y el exilio
En la identificación de Sarfatti con la estética de Novecento anidan sus contradicciones y paradojas: el grupo, a pesar de pertenecer a la vanguardia afirmaba la vigencia del arte "nacional e italiano" (esto es, clásico), tironeo paradójico que se correspondía con el del fascismo, apoyado en principios corporativos, asociación no conciliable de socialismo con capitalismo. La historia del arte, no obstante, le reconoce a Sarafatti el mérito de un ojo sagaz para detectar el momento en el que asomaba el genio de un artista y de promoverlo, así como su capacidad para estimular el desarrollo de la arquitectura italiana. Su decadencia se produjo en un oscuro período que va de 1936 a julio de 1938, época en la que se publicó el tristemente célebre Manifesto della razza. Un documento descubierto hace poco arroja luz sobre un episodio que golpeó a Sarfatti y que habría de conminarla al exilio.
Se trata de un texto hallado en el archivo del historiador Renzo De Felice, un opúsculo de setenta páginas firmado por el diplomático alemán Wemer von der Schulenburg (1881-1956) que De Felice había hecho traducir al italiano y que se disponía a publicar cuando la muerte lo sorprendió en 1996. Schulenburg procedía de una familia de aristócratas; dos primos suyos, Friedrich Wemer y Fritz von Schulenburg, eran algunos de los conjurados que en 1944 atentaron contra la vida de Hitler y que fueron fusilados "por alta traición" junto a otros cinco mil rebeldes.
El barón von der Schulenburg gozaba de la confianza del Duce; a partir de 1927 fue testigo privilegiado de la relación del líder con Margherita Sarfatti y detectó los celos que la intelectual judía generaba en el seno de la familia Mussolini. En su memorial, titulado Um Benito Mussolini, sindica a la condesa Edda Ciano, hija del dictador, como la artífice de un complot destinado a acabar con el prolongado vínculo de la escritora con el Duce. Los trazos con que describe a Edda llevándose a la boca un cigarrillo en una boquilla de marfil, con una mano colmada de zafiros "del tamaño de una estampilla", revelan la sutil e implacable mirada del barón: "Raramente he visto en mi vida una mujer física y psíquicamente tan obscena. En una recepción, la observé mientras departía con el príncipe Bismark, inclinaba su cabeza a modo de signo de interrogación, como las muchachitas que esperan a los soldados en las esquinas del cuartel".
Para provocar la ruina de la consejera del Duce (que había adquirido un insólito rango de "primera dama semioficial") la condesa Ciano tramó una maniobra en connivencia con el jefe de la policía. Pagó una considerable suma a un gigoló inescrupuloso e indirectamente lo vinculó con la entonces ya madura Sarfatti quien --según narra el barón von der Schulenburg--- se dejó conducir a un local de pésima fama. En el lugar, tal como estaba acordado en el plan, aterrizó la policía, que sorprendió a la Sarfatti sin documentos. El diplomático alemán subraya la humillación que sufrió la escritora, cuando debió permanecer una noche, detenida, en el destacamento policial. A la mañana siguiente Edda Ciano acudió al Palazzo Venezia a entrevistar al padre acompañada por el oficial de policía que había realizado el allanamiento. Mussolini no tardó en asumir que la falla en la que había incurrido su amante era fatal y decretó su muerte civil.
Margherita fue entonces sometida a controles especiales e inducida a elegir la fuga. Prefirió tomarse unas vacaciones y a fines de julio de 1938 se instaló en unos baños termales para una cura de barro. Allí recibió una postal en la que una pariente veneciana deslizaba una frase en inglés, con la que le advertía que la estaban espiando ("Look out, you are watched"). Sin pasar por Roma, Margherita se recluyó en la vieja casa de campo, que ella y su esposo Cesare habían comprado en Cavallasca, sobre el lago de Como, cerca de la frontera Suiza. Tomó un tren a Basilea y de ahí pasó a Paris. Era septiembre de 1938 y las leyes raciales acababan de entrar en vigencia.
Mussolini intentó convencerla --al parecer, incluso con amenazas-- de que volviera a Italia. Insegura de sus posibilidades pero con un olfato animal para detectar la noche siniestra que se iba cerrando sobre Europa, eligió un exilio en Sudamérica, con la ayuda de su hijo Amedeo, con quien se reencontró en Montevideo, a principios de 1939. De allí pasó a la Argentina, desde donde, después de finalizada la Segunda Guerra, regresó a sus lares. Su reaparición en Roma, cargada de años y de historia, profusamente maquillada, se registró en 1947. Poco después regresó a su solar campestre, en Cavallasca, donde habría de morir el 30 de octubre de 1961.






