La voz de los vencidos

Al estudiar en su contexto las visiones sobre las violencias del siglo XX, el historiador italiano Enzo Traverso reflexiona acerca de la construcción y destrucción de los mitos revolucionarios
Alejandro Patat
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14 de diciembre de 2012  

Para Enzo Traverso, historiador italiano activo hace años en la Universidad de Picardie, el siglo XX se halla hoy encerrado entre dos visiones extremas: la utopía revolucionaria y la memoria nostálgica tras el fracaso de esa utopía. Con la caída del Muro de Berlín culmina el siglo XX y se abren para los historiadores tres grandes cuestiones: el nacimiento de la historia global, el retorno del evento en el discurso historiográfico y el problema de la memoria.

La historia global no sería una yuxtaposición de historias nacionales comparadas, ni tampoco el análisis de las relacones internacionales y de los conflictos entre Estados. Se trataría más bien de una nueva mirada que intenta interpretar la historia del siglo XX como "el resultado del intercambio de materiales económicos, demográficos y tecnológicos y de transfers culturales" que terminaron por constituir hoy por hoy una única red planetaria.

La historia como campo de batalla. Interpretar las violencias del siglo XX se propone ofrecer un panorama de los debates historiográficos de los últimos treinta años, con particular atención a algunas cuestiones claves: la visión ideológica de Hobsbawm, el concepto de revolución, las ideas sobre fascismo y nazismo, la Shoah como paradigma histórico de la biopolítica, el fallido entrecruzamiento entre exilio judío y negritud y, en fin, la apropriación de la memoria como dispositivo político en los últimos años. El método de Traverso es claro y explícito: contextualizar, historiar adhiriendo a los hechos, comparar y conceptualizar. Forzosamente, dicho método, que aspira incluso a una narración placentera (lograda en modo efectivo y no efectista), conduce a una interpretación final, a la atribución de un sentido a los fenómenos y los procesos del pasado. Traverso pone de manifiesto su deuda con Benjamin, no como modelo de investigación, sino como interlocutor intelectual privilegiado.

La famosa tetralogía de Hobsbawm, es decir, los cuatros volúmenes que analizan el devenir de los siglos XIX y XX, se nos revelan, en el agudo análisis del ensayista italiano, como la última gran empresa historiográfica europea, hoy impensable y quizás irrealizable. Pero su gran lección trasciende el contenido mismo de la obra, y consiste en la coherencia ideológica con la que el historiador inglés, al defenderse de los ataques de sus numerosos detractores, ya sea por su marcado eurocentrismo, ya sea por la declinación marxista de sus escritos, admitió haber escrito su tetralogía desde la voz de los vencidos, con la extrema convicción de que el comunismo encarnó un meteórico sueño liberador, representando en sí mismo los ideales frustados de la Revolución francesa.

De ahí que Traverso sienta la necesidad de clarificar el debate en torno al concepto de revolución. Entendida por muchas décadas como epopeya o como estrategia cívico-militar capaz de subvertir el orden constituido, después de 1989, la revolución pasó a significar, de modo antitético, un contramito negativo de la violencia radical. Tesis de esta última operación hermenéutica sería El pasado de una ilusión , de François Furet, máximo representante de la historografía liberal. Para Traverso, la lectura de Furet no es otra cosa que una descontextualizada "metafísica del Terror". Al grosero revisionismo de la escuela liberal se opone el volumen The Furies , de Arno Mayer, quien, al considerar la revolución como un proceso de larga duración, estudia todos sus momentos, desde la violenta ruptura inaugural hasta el vacío de poder, desde la crisis social y política hasta la afirmación de valores que se proyectan hacia el futuro. Para Traverso, una fértil continuación del debate implica una reflexión acerca del modo en que se construyen y destruyen los mitos revolucionarios.

Con la misma pasión contagiosa, Traverso se zambulle en la lucha encarnizada entre las divergentes y contradictorias visiones del fascismo a través de los escritos de George Mosse, Zeev Sternhell y Emilio Gentile, y del nazismo que emerge del epistolario entre Martin Borszat y Saul Friedländer. Para el primero, la historia del nazismo creó incluso un problema epistemológico: el repudio por narrar las atrocidades perpetradas por los alemanes llevó a Borszat a explicar la Alemania nazi alejando las imágenes del genocidio. La objeción de Friedländer radica en que la toma de distancia frente lal crimen nazi podría derivar en una empatía obscena e inmoral, que absuelva las responsabilidades de Alemania en la Shoah. En La Alemania nazi y los judíos , su obra maestra, Friedländer analiza la relación entre ambas "realidades" y recupera la dimensión histórica europea y universal de la Shoah.

Último debate de este libro bellísimo es el rol que cumplen los vencidos en el debate político actual. Para Traverso, la conmemoración oficial de los hechos trágicos del pasado ha terminado por poner peligrosamente en el centro el lugar de las víctimas, desplazando a un segundo plano las luchas y las ideas que éstas encarnaron. Por eso, a una política de la memoria, Traverso opone la necesidad de escuchar atentamente la autoridad histiográfica de los emigrantes, los exiliados, los apátridas, que desde una óptica de la distancia han juzgado el pasado más allá de toda frontera y ajenos a todo nacionalismo. En ellos, finalmente, historia y memoria convergen sin estridencias.

La historia como campo de batalla

Enzo Traverso

FCE

Trad.: Laura Fólica

336 páginas

$ 89

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