Leer adentro de la caja
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La caja tiene pintada una naturaleza muerta, flores blancas que podrían ser camelias, sobre un fondo amarillento; también el canto dorado quiere dar la idea de que se trata de un objeto de cierta antigüedad. Pero yendo al interior, porque una caja se define fundamentalmente por aquello que pueda contener, debajo de la tapa de 10x15 guarda una cantidad de objetos aleatorios: un rollo de cinta de papel de diseño bonito, dos pendrives, un post-it fucsia con palabras clave, ganchitos para papeles, un índice telefónico de los de antes pero sin usar, entradas al teatro de distintos años, el certificado de autenticidad de una escultura, una pelotita roja de dudosa procedencia, la figura de un conejo blanco de resina, un retrato de mi padre, un viejo juego de llaves y varias tarjetas personales. La más pequeña entre todas estas, más bien cuadradita, tiene impresa la ilustración de una mano con una pluma de la que sale un garabato de color. Pertenece a María Negroni, conocida por el gran público como la autora de El corazón del daño, pero dueña de una obra extensa, con más de una docena de títulos de diverso género además de poesía, incluso inclasificables.
Recordé con gracia que tenía guardado ese cartoncito –así, en diminutivo, verán que el tamaño importa– cuando esta semana recibí la reedición de su libro Elegía Joseph Cornell (Acantilado), que al igual que aquel otro que leí este verano, Museo Negro, cabe en la palma de una mano. Lo primero que pensé fue: ¡Es igual de chiquito! Después, lo abrí y quedé atrapada. Y porque la memoria se está volviendo caprichosa, me vino a la mente el momento en que me entregó aquella tarjeta, sottovoce, durante un almuerzo con Alessandro Baricco en la Embajada de Italia, hará una década. Sucede que la pequeña cartulina con el nombre y correo electrónico de la escritora anduvo desde entonces rondándome, del escritorio al estante y del estante al cajón, antes de ir a parar a esta caja que, lejos de pretender ser una obra de arte, alude a varias. Y esta última observación tampoco es antojadiza.

La caja es el elemento distintivo de la obra de Cornell (1903-1972), suerte de vitrina para las obsesiones de un coleccionista de objetos que salía a rastrillar la Nueva York del siglo XX, una ciudad que nunca abandonó y que recorrió con devoción (frecuentaba mercados, librerías de segunda mano, teatros, museos, “la vida bulliciosa de la metrópolis”, como decía), para retornar al sótano de su casa en la avenida Utopia, Queens, donde fabricaba por la noche universos y constelaciones de temas diversos, a veces insólitos. Por razones obvias, la caja de Zizi Jeanmaire con un cuerpo de baile de langostas y la dedicada a Marie Taglioni están entre mis favoritas: Joseph también adoraba a las bailarinas. Posiblemente, sus propios ojos eran los inspiradores de aquella famosa frase que acuñó después: “mira todo como si lo hicieras por primera vez”.
Por supuesto, el libro de Negroni, en poético tono de elegía, repara en todo esto, pero no son los ensamblajes del artista estadounidense sino los filmes hechos de retazos de otros filmes el punto de partida. La autora hace un redescubrimiento de aquel surrealista que se cansó de ver en el MoMA y el Guggenheim durante su residencia en Manhattan en los 80 y, a partir de una escena de Children’s Party, alterna entradas de registro biográfico con otras que se aprecian como el diario íntimo de una observadora (¿serían también estos textos como cajitas?), entre pájaros, estrellas, castillos.
Aquella escena inicial es la de una niña montada en un caballo blanco que va desnuda, con su pelo largo suelto cubriéndole el cuerpo. Ese fotograma impreso entre el prólogo y la primera entrada regresa permanente en forma de microrrelato o como caligrama, también espejado en la leyenda de Lady Godiva e incluso con voz propia. Y por lo tanto también la infancia, con elementos de cuento de hadas, tiñe de cierta melancolía el recorrido de ese corcel en el que marcha fascinado el lector a través de 110 páginas. Está claro a esta altura que lo chiquito puede ser grandioso.
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