
Lo que él no escribió
A cien años de su nacimiento, la literatura celebra al escritor norteamericano que marcó la narrativa de la segunda mitad de este siglo. En ésta página, lo evoca Javier Marías, en el prólogo del libro Si yo amaneciera (Editorial Alfaguara), en el que aparecen también los poemas traducidos por él que aquí se transcriben.
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EL 25 de septiembre de 1997 se han cumplido cien años del nacimiento de William Faulkner y, aunque sigue siendo uno de los escritores del siglo más estudiados por los críticos y más imitados por sus colegas o descendientes, parece como si el aniversario notorio le llegara en un momento de su posteridad algo indeciso. El número de tesis, monografías y análisis universitarios no ha menguado en exceso en los últimos años, pero algunas tendencias o "escuelas" predominantes hoy en su país de origen se esfuerzan por omitirlo, orillarlo y propiciar su olvido, al ser culpable de los cuatro pecados capitales de nuestros pacatos y oportunistas tiempos, a saber: era varón, era blanco, era anglosajón y no es difícil tildarlo -tanto a él como a su literatura- de machista (de eso, en realidad, resulta fácil tildar a cualquiera, desde los simplistas, fanáticos y capciosos baremos utilizados a menudo en la actualidad). La literatura, los textos, han sido convertidos asombrosamente en un elemento secundario a la hora de estudiar y valorar la literatura y los textos. También es culpable, sin remisión, de un quinto pecado muy grave: está muerto.
Pero si bien la atención crítica y universitaria póstuma es una condición indispensable para la pervivencia de una obra, no es condición suficiente e, incluso, hay algún caso -en verdad, no muchos- en que el recorrido se ha hecho a la inversa: la insistencia de los lectores del mundo en seguir comprando y admirando La isla del tesoro y El extraño caso del doctor Jekyll y Mr Hayde ha llevado a las cátedras a tomarse en serio y a ocuparse tardíamente de Robert Louis Stevenson, despreciado durante décadas por las más sesudas esferas, que veían en él a un cuentista para niños y al casual y afortunado configurador de un mito, el de la duplicidad, tan poderoso como el de Don Juan o Don Quijote o Fausto.
No es que Faulkner tuviera monstruosas legiones de lectores, ni siquiera después de recibir el Premio Nobel de l949, pero durante bastantes lustros tampoco le faltaron y aun lo incordiaron personalmente más de lo que él habría deseado jamás. Y, sobre todo, era una lectura obligada para cualquier escritor de la segunda mitad del siglo XX y para cualquier serio aficionado a la narrativa de ese mismo período. Hace no mucho tiempo, su nombre aparecía en boca de los escritorios más notables de las entonces nuevas generaciones: de Cabrera Infante, de García Márquez, de Onetti, de Rulfo, de Vargas Llosa, de Borges (que lo tradujo, bastante mal, por cierto), de Juan Benet (en su caso con insistencia, sin disimulos ni regateos). Esto por mencionar tan sólo a unos cuantos de lengua española. Todos estos autores no es que expresaran su entusiasmo y reconocieran su influjo, no es que confesaran a veces que debían su dedicación a la escritura al descubrimiento de Faulkner, sino que resulta claro y manifiesto que sus respectivas literaturas "surgen" de Faulkner en buena medida, al menos en sus inicios y con la excepción de Borges, casi coetáneo suyo.
Pero los textos tensos y de largo aliento, las frases como torrentes llenas de misterio y de ambigüedad y mezcla, los inacabables párrafos a borbotones que, cuando respiran bien y están logrados, son la expresión máxima de la prosa narrativa, las audacias no diría tanto formales (que a menudo son bagatelas para engañar a bobos impresionables) cuanto estilísticas y estructurales, el ahondamiento en la complejidad y contradicción infinitas de los hombres, de las mujeres, de los hechos y aun de los objetos no tan pasivos como creemos, todo eso parece molestar y requerir demasiado esfuerzo hoy en día, y así parece querer descartarse, como algo prescindible. Cierto es que cualquier persona puede pasarse sin tal o cual libro por importante que sea, incluso sin todos los libros, y no por ello saber menos de sí misma o del mundo que el más anquilosado ratón de biblioteca. Pero quien haya comprobado o descubierto que en los libros hay demasiado como para perdérselo y decida hacerles caso deberá dejarse de tonterías y de tantas novedades cuyo único valor es el de ser tales, deberá dejar de lado esa forma de narcisismo que consiste en querer verse reflejado, retratado y halagado en las novelas que lee y en las películas que contempla, porque para eso ya tendrá suficiente con los periódicos y las televisiones y sus retratistas y halagadoras chácharas y disquisiciones y melodramas rebajados. Y debería sentir curiosidad por los más altos y perfeccionados logros en el largo camino recorrido por los escritores en su indagación de las sombras, de lo que no es patente ni circunstancial, de lo que con frecuencia se oculta a nuestras medrosas miradas, que acaso prefieren no vislumbrarlo: no porque haya necesariamente horror en ello -no hay mayor horror que el de nuestros consuetudinarios y superficiales telediarios-, sino tal vez demasiada fascinación en ello; o acaso la explicación o mostración comprensible de ese horror y de su proceso, que en el fondo parecen menores cuando permanecen inexplicados e incomprensibles, obra de locos y por lo tanto hasta cierto punto no humanos, y así podemos creer que no acaban de concernirnos del todo.
Quien tenga esa curiosidad no puede dejar de conocer el logro de William Faulkner. Hace veinte años, autores como los que he mencionado lo sabían bien y por su propia experiencia. Hoy no es raro, en cambio, leer sobre Faulkner frases interesadamente desdeñosas pronunciadas por críticos perezosos y por escritores imbéciles y mediocres, a los cuales -eso lo saben, no son quizá tan imbéciles en sus piscinas- la existencia y el recuerdo de una obra como la de Faulkner amenza directamente y ha de sacarles los colores, pues algo como ¡Absalón, Absalón! o Luz de agosto es inevitable que señale y subraye la inanidad y la trivialidad de la mayoría, si atendemos sólo a los textos.
Es sin duda por eso por lo que se procura atender a ellos lo menos posible, y justificar el interés por una obra en sí misma insignificante a base de realzar la supuesta significación de su autor o autora por motivos folclóricos y extraliterarios: ésta es mujer, aquél es negro, el otro es malayo, la de más allá es bisexual, este otro es escatológico y gruñe, su amigo lleva bufanda y patillas de bandolero, el primo es apátrida y extraterritorial por tanto, a esta escritora la violaron y aquel otro novelista es un ex violador arrepentido. Resulta inconcebible el terreno ganado en muy poco tiempo por la ñoñería.
Pero quejarse y abominar de la época y de sus vigencias y costumbres no conduce nunca a nada mientras uno no esté dispuesto a apearse de ella, lo cual siempre cabe y resulta tentador demasiadas veces. Y si la única manera de que William Faulkner vuelva a ser más leído y más recordado es no ir con sus libros por delante, como sería lo justo, sino con su persona y sus dichos y anécdotas -esto es, con lo que no escribió-, entonces hay que plegarse e intentarlo, y tal vez no sea inoportuno oponer a los méritos raciales del uno y delictivos del otro, a la condición de "fronterizo" de aquél y a la de zurdo del de más allá, que Faulkner era divertido y apasionado, burlón y enigmático, tímido e impertinente, y que se tomaba su actividad tan en serio como a sí mismo nada en serio.
Este volumen es un pequeño homenaje a quien cumple cien años sin estar aquí para celebrarlo ni lamentarlo. Pero sin duda sus admiradores conmemoramos con euforia que el 25 de septiembre de hace un siglo amaneciera quien indagó en las sombras con emoción y talento difícilmente comparables e indagó por nosotros, aunque ése no fuera el propósito. Y así este homenaje incluye, en versión inglesa y española, doce poemas procedentes de Green Bough (1933), uno de sus primeros libros escrito cuando Faulkner no era novelista siquiera, y que yo traduje hace ya diecisiete años. ("Parecen fragmentos de una lápida", recuerdo que me dijo Juan Benet al leerlos. [...] Y también se ofrece alguna foto, como si quisiéramos recordar con ellas que existió y fue real quien aquí es tratado como lo que no pudo ser en su vida pero empezó a ser desde el día de su muerte en 1962, y seguirá siendo más cada nuevo día que pase: alguien legendario y ficticio, es decir, alguien que ya está a salvo.
Su madre dijo
Su madre dijo: haré de él
un chico como nunca ha habido
(y lo acunó estrechamente, acariciando
el amarillo fulgor de su suave pelo).
Su brillante juventud será metal
que jamás vio el alquimista.
Su madre dijo: le daré
deseo tan elevado y valiente
que la escoria de la vida
arderá pura en su fuego.
Será fuerte y alegre
será puro y valiente,
y llorará el mundo entero
cuando oscuro esté en la tumba.
Lo tratarán mejor las tinieblas
que el hombre en ninguna parte
(con vientos áridos para mecerlo
aunque ahora ya no le importe
y la luz estelar muda y altiva
para acariciar sus dorados cabellos).
La humanidad lo llamó criminal
y lo ahorcó bien en lo alto
donde cuatro vientos lo pudieran ver
agitándose contra el firmamento.
Fue una vez vivo y dorado,
fue una vez puro y valiente.
Lo soñaste y diste forma, tierra:
¿ahora le negarás la tumba?
Te perdonará estando muerto,
así como cuanto has hecho,
pero te maldecirá si lo dejas
riendo al sol con una mueca.
Si hay dolor...
Si hay dolor, que sea sólo lluvia,
y ésta sólo dolor de plata por el dolor en sí,
si estos verdes bosques sueñan aquí para despertar
en mi corazón, si yo amaneciera otra vez.
Pero dormiré, pues ¿dónde hay muerte
mientras en estas azules y soñolientas colinas de lo alto
tenga yo como el árbol mi raíz? Aunque esté muerto,
esta tierra que se agarra a mí me encontrará el aliento.
Las trompetas del sol se hunden en el silencio
Las trompetas del sol se hunden en el silencio
sobre la casa y la cuadra y el almiar y el muro.
Dentro de la cabaña, lentamente girando,
el oro de la lámpara da sus vueltas en el techo.
Bajo la rígida veleta sin viento
el ganado escarba y masca el grano;
bajo la rama estrellada del manzano
se apoya el arado grumoso y alabeado.
La luna asciende en espiral, mientras en la distancia
el ladrido del perro pastor, débil y acongojado,
llena el valle de un sonido solitario.
Lentas hojas de oscuridad se deslizan en torno.
El centinela, Muerte, montará la guardia
y puede dormir el hombre amnistiado.
El mundo está callado, pues es viejo
y de muchas vidas ha contado el rosario.
Su correveidile allí, la vigilante luna,
domina colina y corriente y ola y duna
y ha visto marchitarse a muchas bellas:
pasan y pasan, sin que le importe adónde;
promesas de enamorados que ella hizo brillar,
el proscrito que maldice su luz;
dentro de su palidez yace perpleja
toda la lucha de la carne que muere.
Por la habitación oscurecida, en susurros hablando,
le llega al hombre el sueño que todos están buscando.
El ladrón acechante, con vivo pesar
mira el lejano mundo, aún despierto,
pero que pronto en el sueño estará en silencio;
mientras en lo alto de su nebulosa colina
oye el graznido breve de un pájaro oscuro
desde su maleza del firmamento,
y maldice a la luna porque su luz
señala a los proscritos bajo la noche.
Se balancea el asesino en silencio, acuclillado
en su reposo ligeramente tenso,
y no siente la desmayada mano de la brisa:
ahora con Salomón todo lo sabe:
que al final no es para el hombre el aliento
más que querer y desgastar el tiempo.




