
Los (no tan) cándidos años underground
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El cuadro que observo tiene un nombre descriptivo. No tiene la intención de revelar una poética ni las ansias de un larvado manifiesto. Es una pintura histórica y se llama así: “El primer cuerpo del Ejército Argentino en los días 22, 23 y 24 de junio de 1865″. Como todos los cuadros que pintó el manco Cándido López le da al observador ojos no ya de cámara fotográfica (había empezado como daguerrotipista) sino de dron, una perspectiva aérea en la que los batallones se ven desde la altura. Cándido es también el punto de vista del artista que convierte el testimonio de la Guerra de la Triple Alianza en algo que no obedece al patrón bélico, que no es del orden de lo marcial en absoluto. Que refleja la vida en campaña pero desde una perspectiva en la que los combatientes no pueden convertirse en héroes o villanos porque son muñequitos, nos afectan menos desde la historia militar que desde el milagro de la miniatura. Y creo que lo que siempre me atrapa en el cándido (naif se ha escrito de él) Cándido es eso: volver a los soldaditos. Los centuriones romanos, la guardia Real británica, los vikingos, todos los guerreros en miniatura que se vendían en un Shangri La llamado El Mundo del Juguete en el barrio de Flores. Los soldaditos (hoy la palabra tiene la carga sórdida del Narco) no me volvieron militarista en absoluto como tampoco lo hacen los cuadros de Cándido López que devuelven un episodio sangriento como pocos en el espejo deformado del arte.
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En el museo Histórico Nacional donde se han reunido la mayor cantidad de obras del miniaturista con el nombre Panorama Cándido sucede una extraña superposición. De la sala contigua llega una música bélica mientras me deleito en los detalles de este El Primer Cuerpo del Ejército Argentino en los días 22, 23 y 24 de junio de 1865 (la flora bonsái de Cándido, un tema aparte). Es música militar pero ninguna marcha patria, ningún dispositivo museístico para guiar la contemplación de la obra (algo que nos avispe de que esto que apreciamos fue una guerra que mató a la mitad del Paraguay) sino todo lo contrario. Música del enemigo podría pensar un militar argentino. Pero habría que corregirlo: música del enemigo de nuestro enemigo. La musicalización involuntaria de un Cándido López con la emulación de las gaitas escocesas en “Crua Chan” de Sumo (1987) abisma el extrañamiento. ¿La batalla es una noche del under de los 80 entonces? ¿El registro de una performance? ¿O lo que se oye es una ucronía en la que en el campamento hay un walkman capaz de reproducir la arenga de la Batalla de Culloden (1746) transmutada en post punk en Buenos Aires? Es curioso pero aquí Cándido López y Luca Prodan se superponen: los dos cuentan batallas, escenas de guerra, por fuera del relato militar. Las gaitas que se soplaban invocando al “Cruachan”, héroe de la mitología celta, deberían reemplazarse aquí por arpas paraguayas y acaso la historia de los clanes de las Highlands en rebeldía contra la hegemonía inglesa recitarse en guaraní.
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Hay demasiadas historias cruzadas en el Museo Histórico Nacional de Parque Lezama y la intención de armar una muestra con el registro documental de la explosión de la cultura rock en los 80 es atraer nuevo público al museo. Algo que se escucha en todos los museos desde hace al menos tres décadas o que quizás se dijo siempre. Será entonces un público que se interese en mi historia que no es contemporánea de las miniaturas de Cándido pero sí de las escaramuzas de Sumo, de estas guitarras-gaitas tocadas por Ricardo Mollo que escuché por primera vez en el teatro Fénix de Flores. O de esa página con la agenda del Suplemento Sí ocupando toda una pared. Dice ahí que es del 23 de diciembre de 1988 y que ese día Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota tocaron en Cemento y yo sé que estuve ahí. Pero también que cuatro años después empezaba a transformarme en una pieza de museo participando en páginas como esa.
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La lluvia le daría perfección a la escena pero esta no es una película ni una serie. Si Cándido nos pintase desde su perspectiva aérea seríamos unas miniaturas en el camposanto de Buenos Aires. Varios sentados en círculo en el pasto y una mujer, escritora, leyendo su despedida. Diciendo de nuevo eso de “los chicos del Sí” como si fueran miniaturas que se desplazaban en la noche under. Al pintor, experto en detalles, no se le escaparía agregar el auto con el editor caído que ha quedado al fondo de la escena como esperando que la lectura se termine. No suenan gaitas pero hay un aplauso con los ojos rojos para Guillermo Allerand, el que cerró y mando al taller aquella página 8 que ahora es un objeto de museo tanto como los panoramas de la Guerra de la Triple Alianza.
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