Los perfeccionistas y el Nirvana
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A los perfeccionistas los errores nos destrozan. Si me lo preguntan, creo (lo creo de verdad) que este conjunto de rasgos de la personalidad debería catalogarse como una patología. No menos que eso. Pero es al revés. El perfeccionismo tiene buena prensa. En el peor de los casos, recibís una palmadita en la espalda, un comentario suavemente irónico, ligero, insustancial, tan empático como una caja de clavos; y no sufras tanto, que la vida es corta.
Pero luego de cometer un error la sensación de angustia te va a acompañar al menos durante todo el día, y posiblemente un par más, mientras en tu cabeza la película de cómo podrías haber sorteado tal metida de pata se repite sin cesar, sin que puedas evitarlo, cuando te lavás las manos, cuando intentás pensar en otra cosa, incluso cuando en efecto estás pensando en otra cosa. O eso creés.
El perfeccionista quiere la máquina del tiempo, como mínimo. Viajar al pasado y tener la oportunidad de volver a enfrentar ese instante fatídico, pero ahora con la respuesta correcta, el paso adecuado, la solución redondita. ¿Por qué? No lo sé, pero imagino –porque mi querida analista me acompañó durante más de 15 años en un viaje extraordinario de autoconocimiento– que detrás de esta angustia hay una constelación de factores que vienen desde muy temprano y desde muy lejos. En todo caso, si esa constelación es demasiado compleja y vasta, solo quedan los paliativos. El perfeccionismo no se cura; hacerlo sería imperfecto. Y porque de pequeños nos enseñaron que cualquier nota menor que diez equivale a cero.
Lo oía anteayer en la radio a Mauricio Dayub, y dijo algo con lo que me sentí tan profundamente identificado que, de haber tenido su teléfono, lo habría llamado para darle las gracias. Porque es así, tal cual, me pasa lo mismo. Detesto con encono el trabajo hecho más o menos, de oficio, sin compromiso. Coincido con su mirada todavía en otro aspecto. El nihilista diplomado te va a decir que hasta que los Estados, las corporaciones y las placas tectónicas no se pongan de acuerdo, entonces nada va a mejorar de verdad. Es al revés. Cada cosa que uno hace cambia el mundo. Para bien o para mal. Cada acto, grande o pequeño, es un eslabón en una colosal cadena de eventos. Así que no importa lo que sea, hay que hacerlo bien. Por eso el perfeccionista no discrimina. Si el error que cometió es una pavadita, igual no va a dormir. Qué importa que nadie se dé cuenta. Uno se da cuenta, y esa sola coma que falta o sobra entre decenas de miles de caracteres es como una piedrita en el zapato, una basurita en el ojo, una astilla invisible en la palma de la mano. Invisible, pero cómo duele.
Otra cosa poco conocida respecto de los perfeccionistas, aparte de lo que se sufre, es que casi nunca lo somos de forma homogénea. Es un tipo de obsesión que se concentra en una cierta actividad, en un hobby, en el trabajo cotidiano o en cualquier otro asunto, pero no en todo todo el tiempo. Funciona así como un camuflaje que no hace sino empeorar el cuadro. Visto de afuera el perfeccionista tiene cualquier cosa menos un aspecto impecable. Ocurre que, en su esfuerzo por lograr lo inmejorable, suele desatender otros asuntos, tal vez más mundanos, y entonces la procesión, que va por dentro, no muestra el más mínimo síntoma de su padecimiento. Desprolijo, desordenado e impuntual, ¡qué va a tener ese de perfeccionista!
Pero de la mano de Shakespeare y de Voltaire, redoblamos la apuesta por la Falacia del Nirvana y vivimos en un estado tragicómico en el que no solo no vemos que carece de sentido plantear que lo perfecto es enemigo de lo bueno, sino que corremos siempre detrás de lo inalcanzable.
Con todo, y para que los que sufren este catálogo de dolores no sienta, paradoja de paradojas, que el perfeccionismo es una forma de imperfección, diré que muchas cosas muy buenas nacen del esfuerzo alienante por lograr lo imposible. Un esfuerzo que estará siempre condenado al fracaso, porque somos humanos y errare humanum est, pero que de ninguna manera es inútil.
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