
Mario Vargas Llosa, de la novela al teatro como actor y dramaturgo
El Premio Nobel de Literatura actuará en el Teatro Español de Madrid en una versión libre del Decamerón que aborda la peste en clave contemporánea
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MADRID.- De un lado, máscaras; del otro, calaveras. A su alrededor, las butacas de terciopelo rojo del que fuera un popular corral de comedias hace cuatro siglos, hoy convertido en el Teatro Español, ubicado en la plaza Santa Ana del barrio de Las Letras. La tradicional disposición del escenario de modelo italiano se modificó para la ocasión: un doble estreno mundial. En la arena, estarán los intérpretes, entre ellos, el protagonista, aquél sobre quien caerán todas las miradas en su debut con una pieza inédita hasta ayer. En un banco de madera sin respaldo, pero cómodo en sus respuestas y con su perfecta dicción, se ubicó el premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, rodeado por la compañía teatral con la que, desde la semana próxima, ofrecerá en su doble rol de dramaturgo y de actor, Cuentos de la peste (Alfaguara), su libre versión del Decamerón.
Los desconocidos en los ascensores, los avisos de TV que ofrecen jarabes y pastillas y también los noticieros: todos hablan del temporal de nieve y de la epidemia de gripe que azota España y que, por ejemplo, obligó al director del Teatro Español, con 40° de fiebre, a faltar a la presentación. Mucho antes de que existiesen vacunas y antibióticos, en 1348, la ciudad de Florencia atravesó una crisis económica seguida de una peste que luego asoló el continente donde cobró casi 30 millones de vidas. Este contexto inspiró a Giovanni Boccaccio a escribir el Decamerón (1349-1351).
"La peste fue decisiva en la vida de Boccaccio, quien tenía por entonces 35 años, un escritor de elite por entonces, dirigido a un público muy culto sobre temas de filosofía y mitología. La experiencia de la peste lo llevó a escribir un libro que expresaba todo lo contrario y que hablaba de la sensualidad y de lo material, un texto irreverente, vulgar, sobre la exaltación de los pecados capitales, en especial del sexo", dice Vargas Llosa, quien se documentó en Florencia sobre la vida y obra de Boccaccio. Uno de los datos que aporta el intelectual peruano es que la reina Isabel La Católica tenía un ejemplar del Decamerón en su aposento.
Sin proponérselo, y a modo de eco y réplica de la estructura del Decamerón -de relato enmarcado con muchos niveles, es decir, una narración dentro de otra- hablaron el autor y el director sobre el proceso de la puesta que la semana próxima subirá el telón de martes a domingos, durante un mes. "«Ya estoy harto de este adjetivo», dijo Mario. Es decir, asistimos en los ensayos a un ejercicio insólito: ver cómo el escritor corrige y redacta el texto. Mario muchas veces se subvierte a sí mismo", explica Joan Ollé. No es la primera vez que Vargas Llosa se sube a un escenario para participar de una representación. Junto a su musa inspiradora, la actriz Aitana Sánchez Gijón, lo había hecho en La verdad de las mentiras y en una versión de la Odisea y otra de Las mil y una noches, siempre con Ollé. Sin embargo, en Cuentos de la peste no es teatro leído, sino que el escritor encarnará a un personaje. "La aventura me fue empujando poco a poco, en un proceso del cual no fui muy consciente. «La gente se va a dormir si lo haces así. Mejor, cuéntame lo que has escrito», me dijo Joan, y subimos al escenario y comenzó todo", relata Vargas Llosa.
Entre las múltiples estrategias discursivas en estos últimos años impera la de storytelling: atrapar al destinatario. Desde True Detective hasta Gran Hotel Budapest, la presencia de un narrador-personaje de la ficción y los múltiples niveles de enunciación resultan casi imprescindibles. Este mismo recurso es el del Decamerón, novela o conjunto de relatos -cien en total- que cuentan durante diez días tres hombres y siete mujeres para entretenerse mientras se esconden de la plaga. "La ficción nació como modo de defendernos ante la adversidad, no sólo como entretenimiento o evasión -dijo el autor peruano-. Ese mundo enriquece el nuestro. Todos quisiéramos tener más vidas de las que tenemos, encarnar otros destinos. Un pueblo impregnado de ficciones es más difícil de manipular."
Vargas Llosa se refiere al terrorismo como la peste del siglo XXI, una epidemia que cobra vidas "en un mundo muy moderno y precario a la vez". Pero explica que este valor metafórico no está presente en su pieza teatral: "Nunca escribí nada para mandar un mensaje determinado. Para eso están mis artículos y ensayos. No es ésa la función de la ficción ni del autor, aunque las interpretaciones que les dan a mis historias muchas veces coincidan con mis opiniones".
Madrid ama a Vargas Llosa. La biblioteca de la estación de subte Tribunal lleva su nombre. Además, la sala del Español se propuso hace dos años representar la totalidad de su producción teatral. La primera de ellas fue La chunga, con Sánchez Gijón; luego fue el turno de Kathie y el hipopótamo, con Ana Belén, y, el año pasado, El loco de los balcones, con José Sacristán. En este marco llega el cuarto espectáculo de Vargas Llosa, en el que interpretará al duque Ugolino, un hombre que nunca conoció al amor y que por eso decide, gracias a la fantasía, inventar una mujer ideal, a quien él solo puede ver.
En la línea de Dario Fo y Harold Pinter, ambos galardonados con la máxima distinción de la literatura universal, y también intérpretes de sus textos, Vargas Llosa, dueño de una gran vitalidad, admite con una amplia sonrisa que las críticas que pueda recibir por su trabajo como actor no lo desvelan, aunque siente una gran curiosidad por conocer la valoración que puedan hacer sobre esta experiencia que califica de "rejuvenecedora" por muchos motivos: "Hay mucho en común entre el autor y actor, pero el primero trabaja en soledad, rodeado de fantasmas, mientras que el segundo participa de una simulación de la vida, dentro de la vida misma".



