Memorias de Israfel
El estreno en 1966 de la obra que acaba de reponerse en el Teatro Nacional Cervantes fue un acontecimiento imprevisto que marcó a la escena nacional: contra las tendencias localistas de ese momento, un dramaturgo argentino recreaba en las tablas la vida de un escritor norteamericano, Edgar Allan Poe. El drama ganó un premio internacional y fue un éxito de público y de crítica asombroso. Además, desde entonces se representa con frecuencia en el exterior. El autor de la pieza evoca en estas páginas las circunstancias que rodearon la producción de aquella puesta consagratoria
1 minuto de lectura'
Escribir sobre Israfe l, una obra dramática que fue imaginada hace más de cuarenta años y que hoy vuelve, simultáneamente, a reeditarse y a ponerse en escena, me instala en una situación doblemente paradójica y un poco irreal. Debo hablar de un texto propio que, en rigor, pertenece a un joven autor mucho más alejado de mí que cualquier escritor actual de la nueva generación; debo intentar ser objetivo desde el centro de mi propia subjetividad. Israfel me devuelve a mis orígenes, pero a mis orígenes menos conscientes, a mis lecturas de adolescencia, a mi inicial pasión por el teatro y la poesía. Me obliga, además, a formular una pregunta que, en esos años, nunca me hice ni me hicieron: por qué Poe, y por qué en los años sesenta, que eran los años del mejor teatro nacional de temas argentinos. Los años de Carlos Gorostiza, de Chacho Dragún, del primer Tito Cossa. Por qué, en aquella realidad histórica de luchas y esperanzas multitudinarias, la vida de un poeta norteamericano que fue casi el emblema del individualismo extremo, de la irrealidad, del desdén por la muchedumbre. Sólo tengo una respuesta, la única sincera y, al mismo tiempo, la que parece eludir románticamente la cuestión. No sé por qué. Ningún autor elige sus temas. Ellos lo buscan a él. Un escritor sólo elige qué hará con esa historia y esos personajes que de pronto ya están ahí, sólo elige una forma y, quizá, su sentido.
Escribo narraciones desde la adolescencia pero, antes de publicar mi primer libro de cuentos, había escrito dos obras teatrales. Israfel fue, precisamente, la segunda. De Edgar Poe creí haber aprendido su gran lección sobre el cuento, ese universo cerrado y autónomo que sigue siendo para mí, después del verso, la forma poética más exigente y perfecta. Fue precisamente la imposibilidad de terminar un cuento la que me llevó a Israfel . Casi puedo fechar el momento exacto. Eran los días iniciales de la revista El grillo de papel ; era la tarde de un viernes. Esa misma noche vendría a mi casa Humberto Costantini y algún otro poeta o narrador potencial y caudaloso. En aquellas reuniones caóticas no sólo se arreglaba el mundo, sino que cada cual leía su último cuento o su último poema, y yo sencillamente no tenía nada nuevo que leer. De un tirón, escribí en unas horas lo que hoy es La Primera Taberna de Israfel : seguramente tardé mucho menos tiempo del que me llevará esta nota.
Como nació ese primer acto, así quedó: son los únicos diálogos de Israfel que no modifiqué nunca. Recuerdo que Humberto Costantini me preguntó: "¿Y qué más?" Nada más, naturalmente; eso era todo lo que yo podía hacer con Poe: imagi-nar cómo abandonó, dando un portazo, su aristocrática casa de Richmond, cómo, en la Nochebuena de 1826, se eligió para siempre a sí mismo. Costantini me aseguró que debía terminar esa obra. Yo hubiera jurado que ya estaba terminada.
Por supuesto, recordar es mentir un poco y olvidar mucho, de ahí que Oscar Wilde dijera que lo malo de las memorias es que suelen ser escritas por gente que ha perdido completamente la memoria. El origen de un libro, si se lo pien-sa bien, es siempre menos repentino y casual. Documentándome luego sobre la vida del poeta norte-americano descubrí que su fantasma me acosaba desde hacía mucho tiempo. En la niñez, en San Pedro, había leído "El cuervo" y otros poemas en la traducción de Pérez Bonalde. Poco después, sus cuentos, en aquellas inolvidables ediciones a dos columnas de Editorial Sopena, y desde entonces puedo citar de memoria el párrafo donde, en "El gato negro", el narrador cuenta cómo le vació un ojo a su gato Plutón: casi puedo decir que todavía oigo el seco chasquido que hizo el cortaplumas. Salvo el balazo que Erdosain le dispara a la Bizca "en el cuévano de la oreja" no he leído nada más inesperado y espantoso. Sabía también que Poe había sido un borracho casi perfecto, cosa que entonces me parecía un mérito, y que se había casado con su prima Virginia antes de que ella cumpliera catorce años. Cosa que aún hoy sigue pareciéndome meritoria. Un día cayó en mis manos, milagrosamente, la que por mucho tiempo sería la mejor biografía de Poe y su más conmovedora reivindicación: Vida y cartas de Edgar Poe , de John Ingram. Una madrugada, ya en Buenos Aires, compré en la calle Corrientes un libro astutamente difamatorio de Philip Lyndsay en el que Poe, hacia los doce años, aparecía persiguiendo con víboras de juguete a candorosas niñitas sureñas que se desplomaban histéricas, o arrojando al río, para que aprendieran a nadar, a inermes compañeros de colegio que debían ser rescatados antes de morir ahogados. El mismo Poe, ya mayor, se pavoneaba por los salones de moda, era vengativo, mal amigo, y plagiaba a Browning. En las primeras páginas, Poe empezaba siendo un desdichado genial que quizá celebró un matrimonio "blanco" con Virginia Clemm, y, avanzado el libro, se había convertido sin apelación en un borracho, todavía genial pero impotente y drogadicto, que nunca pudo acostarse con su mujer. Le dije a mi novia: "Un día voy a ser famoso nada más que para refutar esta porquería". Ya no quiero ser famoso y pienso, como Rilke, que cuando empiezan a hablar de uno lo mejor es cambiarse el nombre. Pero algo sé: Israfe l es, en efecto, mi secreta refutación a ese libro.
Lo demás apenas tiene que ver con mi memoria. Leo en un viejo cuaderno una nota brevísima, de 1959, donde digo que la pieza por fin estaba escrita. Lo que seguramente era un acto encantatorio, ya que, en l962, le había quitado varias escenas y la había corregido seis o siete veces. Una tarde, Onofre Lovero, que había estrenado El otro Judas en el Teatro de Los Independientes y que conocía el manuscrito de Israfel , me encontró casualmente por la calle y me dijo que mandara la obra a un concurso cuya fecha de entrega vencía al día siguiente. Debía elegirse un drama de autor nacional para representar a nuestro país en el certamen del Instituto Internacional del Teatro de la Unesco, en París. No me pareció que Israfel fuera excesivamente nacional, además sólo tenía un copia y hacían falta cinco. "Mandála igual", me dijo, "las copias se hacen después." La mandé. Por lo menos uno de los veintiún jurados argentinos opinaba como yo, Jaime Potenze: esa pieza no tenía nada de nacional y no podía sin escándalo representarnos en Francia. Un problema ulterior fue menos fácil de resolver. Las obras competían en tres idiomas, francés, inglés y español, y debían estar en París en unos días. Por supuesto no había dinero -nuestro país siempre se pareció a nuestro país- para pagar un traductor, y mucho menos dos. La excelente traducción inglesa la hizo Miguel Grinberg, en menos de una semana. La otra, yo mismo, con el apoyo nocturno de una chica francesa que estaba un poco loca. Unos meses después Israfel había ganado, junto con La tragedia del rey Cristóbal , el Premio de la Unesco. A la cabeza de ese jurado estaba Eugéne Ionesco, y su nombre impresionó, incluso, a Potenze. Pero yo siempre sospeché la verdad. Como el autor de La cantante calva leyó el texto francés, no entendió una palabra, pensó "éste es de los míos" y forzó la decisión.
En 1966 la estrenó Inda Ledesma, en el viejo Teatro Argentino, frente a la iglesia de La Piedad. El éxito de esa puesta ya no tiene nada que ver con mi texto. Recuerdo que nadie, en el teatro, creía que una pieza sobre Poe pudiera sobrellevar demasiadas funciones en una sala con más de mil localidades. El único optimista era el apuntador. Dijo: "He visto mucho teatro desde ese agujero y esto va a ser un éxito. Hay un poeta que no puede mantener a su familia. Hay una chica enamorada que se muere tuberculosa. Hay un delirium tremens. Están Alfredo Alcón, Milagros de la Vega y Alfredo Iglesias. Qué más quieren".
La obra se representó, a teatro lleno, toda la temporada. El elenco sólo descansaba los lunes. Eran los tiempos, hoy incomprensibles, en que un teatro de Buenos Aires podía dar, sábados y domingos, cuatro funciones. El día de la última representación, la cola para sacar entradas daba vuelta en la esquina.
En medio de esta historia, que viví pero que casi no puedo imaginar, sucedieron muchas cosas. Agradables y desagradables. Me quedo con la más rara. Una noche, un grupo de poetas surrealistas improvisó una airada protesta a la salida del teatro, con carteles y pancartas: era un desagravio a Poe. No iban a tolerar que un mero prosista sospechado de izquierdismo se apropiara del más grande de los poetas malditos.
Cuando se publique esta nota, Israfel habrá vuelto a montarse, en el Teatro Cervantes. He asistido a numerosos estrenos de esa pieza que, como dije al principio, fue escrita hace muchos años por otro. Tengo videos de la puesta de Israfel en Venezuela, en España, en Checoslovaquia. Esta misma noche, junto al director Raúl Brambilla, acabo de ver el último ensayo general de una nueva versión deslumbrante. Espero que ningún lector crea que estoy hablando de mi texto si digo que este Israfel , como espectáculo tea-tral, es el más imaginativo e impresionante que he visto.




