"Mi abuela pintaba todo", cuenta el nieto de una artista que vivió en la Argentina y retrató a criminales nazis

Margit Eppinger Weisz
Margit Eppinger Weisz
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4 de abril de 2019  • 17:14

  • La artista húngara Margit Eppinger Weisz, que con su esposo e hijos pudo escapar de las garras del nazismo, emigró y vivió en la Argentina. Aquí es recordada por uno de sus nietos, Daniel Helft, en este texto que se incluye en el libro-catálogo que se presentará hoy, a las 18, en Fundación Osde, en el marco de la muestra que allí se exhibe.

Pintaba con acuarelas sobre caballete, pintaba con témperas y óleos, pintaba sobre tela, madera y en papel. Pintaba con pinceles de cerda, pintaba con carbonilla, pasteles, crayones, lápices de colores e incluso con unos pequeños marcadores marca Sylvapen que se utilizaban en las aulas de mi infancia.

Margit pintaba grande y pintaba chico, pintaba en cuadernos con rayas o sin ellas. Y también pintaba en el frente de su casa. Pintaba en las macetas de sus balcones. Pintaba sobre muebles, pintaba las cerámicas que producía su amiga Klari. Pintaba en su atelier, pintaba cuando estaba de viaje, pintaba en el living de su casa y en su jardín y en su terraza.

Curiosamente, toda esa producción encontraba lugar en las paredes de la casona de San Isidro. Contraria a toda prudencia, Margit amontonaba decenas de cuadros en una misma pared, desde el piso hasta el cielorraso, arriba de los marcos de las puertas y ventanas, pegadas a las llaves de luz. La disposición era caótica. Inevitablemente, algunos cuadros se torcían acentuando el desorden. Sin embargo, cada uno de esos paisajes, de esos recuerdos de viaje, de esas ilustraciones a mano alzada, se acomodaban y convivían sin luchas de protagonismo. Se hacían lugar unas a otras y se fortalecían en esa unión. Siempre había lugar para una más.

Margit no dudaba frente a la tela. Sus manos fuertes y nudosas ejecutaban. La intuición y el oficio tomaban el control y producían el vértigo de la creación artística en tiempo real. Sus figuras humanas, sus rostros y paisajes surgían naturalmente y tenían siempre algo de verdad. La impostación no existía. El mal gusto tampoco.

Luego de la muerte de Margit sus cuadros fueron encontrando un lugar en las paredes de mi familia. Todos, sin excepción, disfrutamos de su arte. En cada visita a la casa de un hermano, un primo, un tío, allí me encuentro con sus telas, sus paisajes, sus retratos, su ensoñaciones, su imágenes oníricas, sus colores, más fuertes, más ocres.

He convivido con los cuadros de Margit desde su muerte en el año 1989. Y como el buen vino que uno no puede dejar de tomar, mirar sus obras nunca se me ha tornado cansador. Siempre me encuentro allí con imágenes vitales y compasivas. Encuentro su amor por la gente cuando veo esas mujeres negras que pueden ser sudafricanas, brasileñas o caribeñas, pero que ineludiblemente están retratadas desde el afecto y la empatía. Danzas étnicas, rituales paganos, músicos, pescadores y casas, caminos, atardeceres y tormentas, retratados con un trazo libre, fresco y vital. Me sorprendo con su modernidad.

Algunos de los dibujos que hizo Margit Eppinger Weisz durante el juicio a los criminales de guerra, en su país, Hungría.
Algunos de los dibujos que hizo Margit Eppinger Weisz durante el juicio a los criminales de guerra, en su país, Hungría. Fuente: LA NACION - Crédito: Hernán Zenteno

Pienso en la ideología contenida en sus telas, en ese universalismo manifiesto en el que todos somos iguales, todos distintos, todos bellos, todos humanos. Y siento que mi abuela nos decía que como sus cuadros, amontonados en un caos de pura belleza, así debiéramos vivir los humanos.

Paradójicamente, mi abuela vivió en un mundo que siempre le dijo lo contrario. Un mundo, el de la Hungría de la primer mitad del siglo XX signado por el antisemitismo, por la derrota de ese país en la Primera Guerra Mundial que lo dejó reducido y humillado. Un mundo signado luego por el Holocausto, que en Hungría arrasó con más del 90 por ciento de la colectividad judía.

En ese contexto, la mirada luminosa y optimista, compasiva y humana de Margit me intriga y me deslumbra. Ya no está para preguntarle más.

En Septiembre de 1944, Alemania y sus aliados tenían la guerra perdida. En Hungría, las tropas rusas ya habían tomado el este del país y era sólo una cuestión de tiempo para que liberasen Budapest.

Los alemanes, que ya habían exterminado a 424.000 judíos húngaros en el campo de concentración de Auschwitz, abandonaron el país dejando el gobierno en manos del partido nazi húngaro Cruz Flechada comandado por Ferenc Szalasi. Ya sin chances de revertir el desenlace de la guerra, Szalasi y sus lugartenientes dirigieron su odio contra el eslabón más indefenso del país: la diezmada colectividad judía de Budapest.

Bandas desatadas buscaban a las familias que permanecían viviendo en condiciones deplorables en las llamadas casas amarillas o en el gueto, los arrastraban al borde del Danubio, donde los encadenaban unos a otros y tras un tiro en la cabeza los arrojaban al río desde puentes y terraplenes.

Mi familia sobrevivió esas matanzas escondida en Eslovaquia, en casa de una familia de cristianos que pusieron en juegos sus vidas y las de sus hijos por salvarlos.

Cuando los rusos liberaron Budapest, Szalasi y sus principales colaboradores fueron llevados a juicio y sentenciados a morir en la horca.

Margit se postuló y fue designada para ser la dibujante de los juicios. Desde un sitial de privilegio cercano al estrado, miró de cerca a Szalazi y sus cómplices y, literalmente, sin que le temblara el pulso, hizo lo que mejor sabía hacer. Dibujar. Bocetar. Extraer con trazos seguros la esencia humana. Figuras goyescas, la belleza del horror.

Sus dibujos en carbonilla, que el Museo y Archivo Judío Húngaro prestó al Espacio de Arte de la Fundación OSDE para esta muestra, le pusieron un rostro y un cuerpo a estos jerarcas nazis ecaídos en desgracia.

Margit no necesitó recurrir a artilugios efectistas. Sólo carbonilla sobre un papel amarillento y su trazo mágico para desnudar caricaturas humanas que días más tarde colgarían de una horca. Documentos históricos, potentes e insustituibles.

Curiosamente, Margit jamás me habló de estos dibujos. No creo que lo haya hecho con ninguno de mis familiares. Mi madre tenía el registro de que existían y fuimos en busca de ellos cuando pusimos en marcha el proyecto de esta muestra.

Margit no era afecta a hablar de una guerra y una etapa de su vida que transitó con pastillas de cianuro escondidas en un anillo por si ella o su familia cayera en manos nazis.

Ante los pensamientos difíciles, Margit fruncía el ceño y alejaba esas imágenes con un ademán de la mano. Su elemento de expresión era la pintura, no la palabra, al menos no en español, idioma al que llegó de grande y nunca terminó de dominar.

Aquejada por angustias pero siempre vital, la recuerdo sentada en su living, con un whisky en la mano, fumando cigarrillos en boquilla, un pañuelo en la cabeza, acompañando la vida. Cada tanto reflexionaba sobre los temas de nuestro tiempo pero sus sentidos estaban más atentos a las muestras de belleza que podía capturar en su entorno - una hortensia, el sonido de un oboe - que a analizar la disfuncionalidad de nuestro mundo.

Esta muestra reúne tres épocas distintas de la creación de Margit. La etapa de pre-guerra, de la cual queda muy poco dado que su casa y sus obras sucumbieron bajo los bombardeos de las fuerzas aliadas. Sin embargo, lo poco que se salvó es imponente. Son telas grandes, ambiciosas. Me hacen pensar que en ésa época Margit todavía tenía la certeza de que sería una artista mayor, reconocida en su mundo. Son telas que tienen destino de paredes consagratorias.

La segunda etapa contiene las obras pintadas a su regreso a Budapest en 1945, tras haber sobrevivido milagrosamente la guerra. Margit volvió allí a su mundo de pintura y de pintores. En la colonia de artistas de Szentendre, cercana a Budapest sobre el Danubio, Margit trabajó junto a los artistas de su generación. Béla Czóbel, Mária Modok, Jeno Barcsay, Janos Kmetty, sus pares, sus amigos, con quienes colaboró y expuso. Todos artistas figurativos que al igual que Margit, pasaron por París en las décadas del 20 y 30 donde recogieron influencias de los principales exponentes del Impresionismo y del Cubismo franceses. Un video que acompaña la exposición, con imágenes de estos artistas pintando en Szentendre muestra ese momento, que fue el de Margit, cuando todavía no había emprendido el camino del desarraigo. En esa etapa, Margit no sólo pintó sino que cobijó colegas en su casa de Budapest, tales como Corneille, el genial artista holandés.

La etapa final corresponde ya a su vida en la Argentina. En sus primeros años de este lado del Atlántico, principalmente en la década del 50, Margit empleó su talento para diseñar moda y generar ingresos para la familia. Tenía la experiencia recabada en su juventud en Paris y Berlin, donde había trabajado para la revista Vogue.

Sólo presencié esa etapa final. La de una mujer mayor en la Argentina que luego de haber logrado reconstruir una vida que acaparó gran parte de sus fuerzas, vivía con expectativas atemperadas. Rodeada de verde y de flores, de familia, de viajes y de pintura.

Exceptuando una muestra que realizó en Buenos Aires con el artista salteño Alfredo Garzón, Margit ya no encontró en la Argentina un grupo de artistas de referencia. Sus amigos eran principalmente inmigrantes europeos, que al igual que ella, habían sufrido el desgarro de la guerra y la emigración.

Eso no le impidió regenerar un cuerpo de obra, decenas de óleos, témperas, carbonillas, que hoy cuelgan en paredes a ambos lados del Atlántico.

Autoretrato (primero a la izquierda) y retratos familiares de Margit Eppinger Weisz.
Autoretrato (primero a la izquierda) y retratos familiares de Margit Eppinger Weisz. Fuente: LA NACION - Crédito: Hernán Zenteno

Su obra era bella, familiar y tranquilizadora. Tal vez eso mismo nos impedía colocar a Margit en un contexto mayor. Mirarla, no sólo como una abuela que pintaba hermosos cuadros que nos hacían bien, sino como una artista de su tiempo, de enorme talento. Hoy, la Fundación OSDE nos ayuda a reubicarla en ese marco. Agradezco a María Teresa Constantin, directora del Espacio de Arte de la Fundación OSDE, por esta exposición. Agradezco a Cecilia Rabossi, curadora de la muestra, y a Eugenia Viña, artista y crítica. Vuestros ojos entrenados y sensibles, aprobando, pero por sobre todo disfrutando de los cuadros de Margit significaron mucho para mí.

Margit soñó con ser una artista reconocida. La mayor tragedia del siglo XX se interpuso. Mi reconocimiento a Marion, mi madre, por su enorme trabajo, y a todos los que ayudaron a recomponer esta historia de talento y de supervivencia. De pintura y de trabajo. De coraje y de creatividad.

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