
Murió Matilde Ana María Noble Mitre de Saguier: un legado de generosidad y sencillez
Había nacido el 27 de marzo de 1939; falleció en su domicilio de la capital federal
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Falleció hoy, en su domicilio de la capital federal, la señora Matilde Ana María Noble Mitre de Saguier.
Dedicó esencialmente su vida a su familia y a cultivar el valor de la amistad. Fue por sobre todo una mujer generosa y de buen corazón, que tendió puentes con todos aquellos que la trataron. Y se desvivió por el prójimo.
Era bisnieta de Bartolomé Mitre y Vedia, el mayor de los hijos varones del fundador de LA NACION y director del diario él mismo entre 1885 y 1894.
Matilde fue la única hija de Julio Argentino Noble, diputado nacional demócrata progresista elegido en noviembre de 1931.
Antes de casarse con María Helena Mitre, “La Nena” Mitre para todos, hija única de Luis Mitre, a su vez único hijo de Bartolomé Mitre y Vedia y director por dos veces de LA NACION, Julio A. Noble ya estaba debidamente consustanciado con LA NACION. Había debutado aquí a edad temprana en el oficio periodístico como cronista deportivo.
Julio A. Noble sería luego editorialista del diario y, hasta el suicidio de Lisandro de la Torre, en enero de 1939, uno de sus principales confidentes.
De manera que todos los caminos conducían a que en el hogar formado por Julio A. Noble y María Helena Mitre las vicisitudes de LA NACION tuvieran la repercusión cotidiana, intensa, que atañe a los asuntos de familia. Pronto se habituaría a esos ecos, en silente expectativa, Matilde, la hija que fue consuelo matrimonial después de la pérdida de Julio Luis, un pequeño hijo varón que apenas vivió un año.
En aquella atmósfera familiar regida por pautas tradicionales y en las que el valor conferido a la palabra trasuntaba un compromiso moral cualesquiera fueren las circunstancias y los apremios de la adversidad, Matilde hizo de la confianza un eje de vida. Lo hizo como hija, lo hizo como esposa.
Matilde Noble se casó con Julio César Saguier a los 20 años. Abogado con raíces paraguayas, mundano, clubman de vitalidad efusiva, docente en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires en la cátedra de Finanzas e Impuestos, Saguier aportó al núcleo familiar que se iba poblando de hijos el trajín entusiasta de la militancia política.
Se trataba esta vez no de un demócrata progresista, sino de un joven radical. Un radical actuante en la antigua circunscripción 19ª de Buenos Aires en tiempos en que a la totalidad de la jurisdicción capitalina la controlaban dos caudillos de fuerzas parejas: Francisco “Pancho” Rabanal, jefe de la Intransigencia Popular, bajo cuyo amparo actuaba Saguier, y Julián Sancerni Jiménez, eterno portavoz del alvearismo en la ciudad. Estos caudillos podían discrepar sobre muchas cuestiones, menos sobre una consigna que valdría de lección saludable sobre el destino de los recursos humanos disponibles para los jefes políticos locales de estos días: “Los doctores, al Congreso; los punteros, al Concejo”, hoy convertido en Legislatura.
Matilde estudió en el Mallinckrodt, colegio de hermanas religiosas establecido en 1905 en la Argentina. El cariño manifiesto por esa institución se prolongó a lo largo de su existencia y fortaleció el espíritu católico que terminaría animándola a graduarse, al cabo de tres años de preparación y estudios, en Acompañamiento Espiritual.
Lo hizo en el Centro Santa María, de Inés Ordoñez. Fue en ese ámbito, pronto a cumplir cincuenta años de actividades e impulsado inicialmente por la voluntad de impartir clases de catequesis a chicos con dificultades de aprendizaje, que Matilde se entregó al ejercicio sistematizado de escuchar angustias ajenas y preocupaciones confiadas por gentes que se acercaban a la institución en búsqueda de comprensión y palabras orientadoras.
Experimentó así con las modalidades de un diálogo por el que quien pide ayuda pueda recorrer al fin el camino más apropiado para sí, no por consejo de otro, sino por decisión elaborada en la propia conciencia. Desde el rectorado del templo de Santa Catalina el padre Rafael Braun alentó este tipo de prácticas espirituales, a las que Matilde fortalecía, por otro lado, como integrante de un grupo femenino de oración semanal.
Consagrada en plenitud a la educación de sus seis hijos, Matilde emuló en tiempos modernos, acaso sin saberlo, el espíritu igualmente compasivo por el que la crítica literaria había señalado al bisabuelo, Bartolomé Mitre y Vedia, también conocido en el periodismo y el mundo de las letras por los seudónimos de “Argos” y “Claudio Caballero”.
La generosidad callada, la mano extendida en sostén moral y material hacia los más próximos y a desconocidos fueron rasgos dominantes en la mujer que era al momento de su partida, y desde hacía un cuarto de siglo, principal accionista de la sociedad editora de este diario. Caso en un sentido curioso, pues nadie supo que hubiera impartido, al menos por una vez, orden alguna, o hecho una queja o indicado imperativamente un rumbo. Y, sin embargo, su sola presencia como un integrante más del Directorio de S.A. LA NACION, en el que tienen asiento la mayoría de sus hijos, obraba como reafirmación de que ese cuerpo conformaba, que ese cuerpo es y continuará siendo la representación cabal, extendida sin interrupciones en el tiempo, de la institución que Mitre legó a la familia y a la cultura periodística del país hace 156 años.
La perspicacia de sus colaboradores en el ámbito rural percibía en su naturaleza sobria y gentil la actitud a tal grado respetuosa que hacía sentir a todos, estando en campo propio, que estaba en campo ajeno. Así la observaba Grosso, paisano ahora en otro mundo, nacido en Arroyo Dulce, a quien dos inglesas habían puesto el nombre al fin ocioso de Helber, y que se había aquerenciado en “Santa Matilde”, establecimiento lindero a Pearson, a 50 kilómetros de Pergamino. Grosso no olvidó hasta el final de los días las mateadas y partidas de truco con las que él y otros confortaron a Raúl Alfonsín en el campo en que se había guarnecido como prófugo político.
Fue eso en tiempos de grave riesgo para la vida del hombre electo en 1983 presidente de los argentinos, a quien perseguían de tanto en tanto con saña los jefes de la más dura línea del régimen militar que se prolongaba desde 1976. Tiempos en que la amistosa lealtad al jefe político por parte de Julio César Saguier se templaba, con la aquiescencia de la esposa, hasta aquellos límites. Saguier sería intendente de Buenos Aires, por decisión de Alfonsín, desde 1983 hasta la muerte, en enero de 1987.
Pocos sabían de aquel refugio de quien sucedió a Ricardo Balbín en la conducción del radicalismo. Entre los pocos, Raúl Borrás, confidente de Alfonsín y, tan a mano de “Santa Matilde”, como que era vecino de Pergamino y lo llamaban para sumarlo a la tertulia política y alguna vuelta de naipes.
Matilde jugó al tenis, al golf, al bridge e inició en su juventud estudios de enfermería en consonancia con su perfil humano. Entre tantos hábitos firmes, reservaba enero para viajar a Mar del Plata, donde era un clásico verla en el Ocean Club, y febrero para el campo, siempre rodeada de hijos y nietos. Matilde tuvo dieciocho nietos y fue una abuela presente, malcriadora, dulce y sincera, que buscó siempre el tiempo en familia.
Hablaba francés y, mejor aún, inglés. Lo había aprendido en el hogar paterno de una institutriz irlandesa, miss Lucy Gaynor, que cuidó de ella desde el nacimiento, y más tarde, cuidó de su madre y de sus hijos. Miss Lucy terminó siendo un miembro más de la familia, protegida en la ancianidad por aquellos por quienes había velado con diligencia y cariño.
Matilde Noble Mitre de Saguier fue gran amiga de sus amigas, siempre atenta a las necesidades de los demás. Acompañó en los últimos veinticinco años las sucesivas transformaciones de que las nuevas tecnologías han dotado al diario propio y de otras ramas de descendientes de Mitre y estimuló la expansión de la sociedad editora hacia nuevas realizaciones empresarias. Deja seis hijos: Julio, Alejandro, Fernán, Luis, Florencia y Luz.
Había nacido en Buenos Aires el 27 de marzo de 1939.






