Nada personal
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A uno, que le enseñaron a decir la verdad y no andar con demasiadas vueltas al admitir que metió la pata, hay cosas que, francamente, lo indignan. Por ejemplo, cuando hablan de “las deudas de la democracia”. No soy el primero en irritarse por esto, pero quiero hacer un pequeño aporte técnico al respecto. El discurso político, que nos parece encendido y espontáneo, pura pasión épica del héroe dispuesto a inmolarse por la Patria, en rigor está fríamente diseñado. Cuando no es así, el funcionario suele decir cosas de las que después se arrepiente. Lo sé, además, porque estudié lingüística con personas que se dedicaban a escribir discursos políticos, cuando volvió la –para algunos endeudada– democracia.
El endosarle a la democracia la catástrofe económica contraída a fuerza de malas gestiones, corrupción, clientelismo y prebendas no solo sortea el incómodo trámite de dar los nombres de los responsables políticos, sino que le atribuye la deuda a una entidad abstracta. Se parece en esto a las oraciones impersonales con “se”. (Pueden verse las diferencias entre pasivas reflejas e impersonales, que siempre evitan mencionar al sujeto, aquí.) No es para nada casual que las frases impersonales estén tan instalados en el discurso público, especialmente entre los más jóvenes. Nos dejan así acciones sin sujeto y deudas imputadas a entidades abstractas. Y aquí no ha pasado nada.
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