
Nórdicos que no escriben policiales
Son autores reconocidos en su tierra. Kjartan Fløgstad, noruego, y Peter Adolphsen, danés, llegan a los lectores argentinos con novelas que sorprenden.
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La idea de un escandinavo haciendo pie en Sudamérica puede llevar fácilmente al prejuicio. Podría pensarse que lo atraen el exotismo de una tierra para él lejana o el aburrimiento de una sociedad, la suya, que no tiene de qué ocuparse y mira un poco más allá, a ver qué pasa en el mundo real. Sin embargo, quien conozca a Kjartan Fløgstad (Sauda, Noruega, 1944) rápidamente descartará semejante preconcepto.
Su novela Paraíso en la tierra (Lengua de Trapo), la segunda de su autoría traducida al español, que por estos días se distribuye aquí, demuestra un profundo conocimiento de los hechos que narra a través de su protagonista, José Andersen: un hombre de madre chilena que, al quedarse sin trabajo, emprende un viaje desde el norte de Chile hacia el extremo opuesto del mundo en busca de sus otras raíces, es decir, las huellas del padre noruego que nunca conoció. Se trata de una historia sobre la identidad y el contraste de culturas, montada sobre dolorosos episodios sociales y políticos del pasado reciente chileno y latinoamericano: allí aparecen el golpe de Estado de Pinochet, el Plan Cóndor, el Mundial de Fútbol de 1978 y la represión de la dictadura militar argentina.
Autor de varias decenas de libros, entre ellos también colecciones de poemas, crónicas de viaje y ensayos, Fløgstad ha traducido al noruego a Pablo Neruda, a Roberto Arlt y a Julio Cortázar, entre otros escritores latinoamericanos, una consecuencia quizá de los intereses que le han despertado sus numerosos viajes a estas tierras. De visita una vez más en la Argentina con motivo del relanzamiento local del sello español Lengua de Trapo (que además publicó los Cuentos reunidos del celebrado Kjell Askildsen, también noruego, con prólogo de Fogwill), el escritor conversó con adncultura acerca de Paraíso en la tierra y de la relación tan intensa que mantiene con nuestro continente y nuestra lengua.
-Por momentos Paraíso en la tierra parece un policial; luego, una novela política y después se transforma en un relato más introspectivo. ¿En qué medida eso fue deliberado?
-Yo tengo proyectos, pero nunca salen en el libro tal como los planifico, porque van cambiando mientras escribo. Para mí es una novela sobre el exilio: el del protagonista, que tiene un nombre que es como un chiste noruego, ya que José Andersen se pronuncia igual que H. C. Andersen. También es una novela sobre la búsqueda de raíces y la búsqueda de un padre desconocido. Tiene que ver con los dos mundos: el de aquí, de Sudamérica, y el del Norte. El protagonista imagina ese otro mundo como si fuera un paraíso, pero cuando llega a Noruega descubre que no es exactamente así. Uno podría decir que es un paraíso un poco aburrido.
-La búsqueda del padre es un tema clásico de la literatura. ¿Sintió el peso de esa tradición? ¿Y por qué le interesaba particularmente?
-La historia me interesaba sobre todo en el contexto político: madre chilena, padre del Norte... Tiene que ver con la violación de los países del Sur por los países del Norte. Elegí contar ese argumento en una dimensión personal, entre un hombre y una mujer.
-A través de lo que le ocurre al protagonista, el texto se vuelve escéptico o sombrío. ¿Hasta qué punto el tema impuso el tono de la novela?
-Tal vez eso se deba efectivamente al contenido político, pero también es posible, aunque sea un cliché, que la culpa la tenga la melancolía nórdica, que aparece aunque tratemos de disimularla. Pero no es una novela que carece de esperanza. Al contrario, señala que la política cuenta y que se pueden mejorar las cosas a partir de ella.
-¿Por qué eligió escribir sobre Latinoamérica y situar la historia parcialmente aquí?
-Porque estas tierras han sido una parte muy importante de mi vida. Viajé aquí por primera vez en 1969, en un barco mercante. Desembarqué en Montevideo y luego, río arriba, llegamos a Buenos Aires; me quedé unos meses aprendiendo español, y a partir de allí regresé siempre que pude. Salvo en Ecuador, he estado en todas partes al sur del Río Grande. Además, tuve mucha relación con el exilio chileno. En mi país, los exiliados no fueron tantos como en Suecia, pero de todos modos había entre cinco y seis mil. Para mí, escribir sobre América latina no es algo extravagante.
-¿Qué autores latinoamericanos le interesan?
-Cuando vine por primera vez, hace muchos años, la generación del boom estaba escribiendo sus libros esenciales. Esa generación todavía tiene un lugar muy importante en mi corazón. En cuanto a los escritores posteriores, he leído a Bolaño, pero pienso que uno debe leer a Bolaño a los veinticinco o treinta años. Creo, además, que se parece mucho a Cortázar.
-¿Cómo se ve en Escandinavia el fenómeno de la novela policial nórdica?
-Entre los lectores de allá es el género predilecto, pero supongo que no se conoce tan bien el éxito que ha tenido en el extranjero. Esas novelas dan una descripción exacta, tal vez melancólica, de la realidad nórdica. Son una buena vía para entender nuestra sociedad. Porque, vista desde afuera, la sociedad escandinava parece no tener problemas. En los años 70, publiqué dos novelas policíacas bajo seudónimo. Pero no creo que vuelva a hacerlo. La novela, sin etiquetas, me resulta más interesante. Por otra parte, pienso que es peligroso que un género sea tan dominante: los lectores empiezan a leer cualquier tipo de literatura como si fuera un policial, que tiene métodos y códigos muy específicos. Puede ser, a la larga, un gran peligro para la literatura, digamos, seria.
-¿Qué relación tienen allí con la Academia y con el Nobel?
-Digámoslo de este modo: los dieciséis miembros de la Real Academia Sueca no son dioses ni semidioses. Son escritores buenos o regulares y son seres muy humanos. Vista de cerca, la Academia tal vez no tenga el prestigio enorme que tiene en muchas partes.
-¿Qué autores nórdicos están entre sus preferidos?
-Me gusta P. O. Enquist, tal vez el autor sueco más conocido fuera del género policial. Entre los noruegos de mi generación, Dag Solstad, precisamente un constante candidato al Nobel. También Kjell Askildsen, que esencialmente es cuentista.
-¿Cómo es ser escritor en un país como Noruega?
-En mi caso, yo vivo bien de los libros y estoy orgulloso de ello. Allá hay una red muy amplia de becas y ayudas de distinto tipo. El sistema de apoyo del Estado ha sido, en ese sentido, de un éxito enorme: se puede lograr tener un sueldo estatal como artista. El Estado compra mil ejemplares de todos los libros de escritores locales y de poesía extranjera, para distribuir en bibliotecas populares; y el mercado normal funciona muy bien. Es un buen ejemplo de la economía mixta.
-¿Le interesa la literatura política?
-No puedo decir que sí, aunque sí me interesa la política. El problema es que hay mucha literatura política muy mala. Para mí hay literatura buena y mala. Pero también hay literatura mala-buena, y literatura buena-mala. Y de vez en cuando, la literatura política es literatura mala-buena.
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