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Paula Mónaco Felipe: "La justicia permite pararse en un lugar civilizado"

Hija de desaparecidos, la periodista cordobesa hizo propia en un libro la historia de los estudiantes de Ayotzinapa
Leonardo Tarifeño
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24 de marzo de 2016  

Crédito: La Voz del Interior

MÉXICO D.F.- Es verdad que, como dicen, las historias buscan a sus autores. La prueba la puede dar la periodista Paula Mónaco Felipe, quien se topó en las puertas de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos, en Ayotzinapa, con una historia a la que tenía un buen motivo para querer encontrar.

Hace poco más de dos años, Paula dejó su Córdoba natal y se instaló en la Ciudad de México para estudiar un posgrado que nunca terminó. Aún dudaba entre avanzar en su carrera o dedicarles más tiempo a sus colaboraciones en el diario La Jornada cuando la noticia de lo ocurrido la noche del 26 de septiembre de 2014 en Iguala comenzó a dar la vuelta al mundo. "En esos primeros días todo resultaba muy confuso -recuerda hoy-; primero se hablaba de un enfrentamiento entre bandas criminales, y luego desde el Estado se empezó a decir que los chicos estaban escondidos y que de un momento a otro aparecerían."

Ya en Ayotzinapa, Paula descubrió que para un periodista no hay nada más doloroso que llegar al lugar donde acaba de suceder algo terrible y constatar el abandono y el silencio por parte de las autoridades. Cuando quienes deben dar explicaciones no aparecen, callan o se ocultan, los que necesitan respuestas se las exigen al primero que ven, sea quien sea. En este caso, Paula era una de las pocas que estaban allí, a las puertas de una escuela adonde los familiares y amigos llegaban para preguntar por nombres que desde entonces son consignas. En ese momento, ella no supo qué decir. Y su desconcierto y angustia fueron tan grandes que ni siquiera se dio cuenta de que una historia acababa de encontrarla.

La historia que encontró a Paula Mónaco Felipe fue ni más ni menos que la suya propia. Sus padres, Esther Felipe y Luis Mónaco, permanecen desaparecidos desde el 11 de enero de 1978, tras un secuestro organizado y ejecutado por integrantes del III Cuerpo del Ejército, al mando del ex general Luciano Benjamín Menéndez. Cuando los representantes del Estado arrancaron a Esther y Luis de las calles de Villa María, Paula no tenía ni un mes de vida. "Para mí fue devastador atestiguar esas desapariciones casi en tiempo real. Yo tengo una postura ante el tema, pero lo de Ayotzinapa me conmovió especialmente porque de alguna manera demuestra que mi historia personal puede volver a ocurrir, aunque pasen décadas y hagamos lo que hagamos. Rompe todos los papeles porque sucede dentro de un régimen democrático. Enfrentarme a eso me destrozó, y el único antídoto que encontré fue ponerme a trabajar." El resultado de ese trabajo es Ayotzinapa, horas eternas (Ediciones B, sin distribución todavía en la Argentina), donde reúne los testimonios que recogió durante su investigación y convivencia con los familiares de los estudiantes desaparecidos. Con prólogo de Elena Poniatowska, el libro se propone contar quiénes fueron aquellos cuyo destino hoy se ignora, y en los próximos días se presenta en Villa María (lunes 28) y en la Universidad Nacional de Córdoba (martes 29).

-¿Qué fue lo que encontraste en Ayotzinapa que evocó tu propia vida?

-Cuando se tiene a una persona desaparecida, se vive dentro de un mar de preguntas que nunca merma y en el que cada día surgen más y más preguntas. A las preguntas básicas sobre cómo sería esa persona se agregan otras que uno se hace al crecer. Te preguntás qué haría esa persona en tal o cual situación, cómo envejecería, qué te diría, y ese mar de preguntas muchas veces abruma, angustia y desespera. Es una situación que no termina jamás, y que yo vi cómo surgía entre los familiares de los alumnos desaparecidos de Ayotzinapa.

-¿Por eso escribiste el libro?

-Sí. Por un lado, para que el lector pudiera conocer esta historia de la manera más detallada y humana posible, y por el otro, para que los familiares y amigos de esos chicos tuvieran respuestas, ayudarlos a achicar la angustia que causan tantas preguntas.

-Si ese "mar de preguntas" no desaparece nunca, ¿cómo se convive con él?

-Cuando existen procesos de justicia, llega un momento en el que la justicia resulta muy reparadora. Porque por lo menos te permite pararte en un lugar social mucho más civilizado.

-Decís que la justicia es reparadora en un sentido social. ¿Con el individuo también lo es?

-Sí. La justicia repara a la sociedad, y al individuo también lo ayuda mucho. Hace dos años yo declaré como testigo en el juicio por el centro de detención La Perla, y para mí fue muy bueno poder entrar a esos edificios de tribunales, sentarme a metros de los genocidas y hacerles escuchar lo que yo tenía para decir. También fue muy emocionante ver que los fiscales, que son parte del Estado, alegaran por mis padres con emoción y un sentimiento de humanidad. Todo eso es muy importante y reparador. Pero las preguntas no se terminan. Ésa es una de las mayores perversiones que provoca la desaparición forzada, porque las personas no se esfuman.

-¿Qué le enseña Ayotzinapa a una Argentina donde hoy se cumplen 40 años del golpe?

-Lo que enseña es que el pasado nunca está desligado ni del presente ni del futuro, y que no podemos bajar la guardia. Como demuestra Ayotzinapa, la desaparición forzada puede ocurrir en democracia, ¿y quién se podría declarar libre de ese riesgo? Lo que nos dice esta historia es que no podemos permitir que lo inhumano y lo injusto avancen, porque una vez que esos procesos se ponen en marcha ya es muy difícil detenerlos. Acostumbrarse a contar muertos y desaparecidos, como ocurre hoy en México, es inhumano y una sociedad no se lo puede permitir. Por la vía democrática, la Argentina decidió hacer un cambio; ahora lo que hace falta pensar es qué cambiar y qué defender, qué debe persistir esté quien esté en el gobierno y qué se debe transformar.

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