Polvorín
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A mi edad, un argentino ya pasó por todo. Golpes de estado, devaluaciones, corridas bancarias, corralitos, cepos, brechas, grietas y discursos; una desmesurada cantidad de discursos. En este último ítem de la lista, que ni es taxativa ni sigue un orden, hay que advertir un fenómeno de lo más interesante. Incluso en el discurso, la política argentina le teme a las palabras. Hemos pasado por períodos en los que se proscribían sustantivos como inflación o pobreza. Ajuste es mala palabra. Blindaje, lo mismo. Peor aún. En la Argentina hay palabras peligrosas. Bastaría, por ejemplo (insisto, es solo un ejemplo, no se asusten) que un economista de renombre sugiriera un corralito para que todo vuelve por el aire. A propósito, ¿por dónde podría volar todo, sino por el aire?
En fin, no hay muchas situaciones en las que las palabras puedan causar cataclismos. Es cierto que al hablar podemos alterar la realidad (eso, en lingüística, lo estudia una disciplina llamada Pragmática). Pero solo en muy pocas circunstancias una palabra de más puede desatar una catástrofe. O mandarte preso, si proclamás que tenés una bomba abordo de un avión. Así que la pregunta que debemos hacernos es cuándo, cómo y por qué terminamos sentados sobre este polvorín.
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