
Primeros pasos del tango
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<b> Qué saben los pitucos <br></br> Andrea Matallana </b>
Grabados los primeros discos en París en 1907 con temas de Ángel Villoldo y Alfredo Gobbi, el tango empezó su carrera internacional. Primero en Europa, más tarde en Estados Unidos, la música porteña se convertiría pronto en la coutume à la mode , según una canción francesa llamada Le thé-tango .
En los seis ensayos que componen Qué saben los pitucos. La experiencia del tango entre 1910 y 1940 , Andrea Matallana aborda aspectos de la historia de esta música desde su doble mirada de socióloga e historiadora, en un recorrido que va desde principios del siglo XX hasta 1940. En esa mirada no es detalle menor la irónica elección del título, que hace referencia a una pieza de 1942 que reivindicaba el tango como música popular ajena a las clases altas. Aunque la autora no ahonda en este tema, la obra muestra cómo el tango atravesó todos los estamentos de la sociedad de su época. En Europa fue parte de una moda que integró ritmos exóticos en los salones de la aristocracia y de allí pasó a la sociedad neoyorquina. Mientras, en la Argentina era simultáneamente danza y canción popular con marcada presencia en los bailes de Carnaval, al tiempo que entraba en los círculos de la alta sociedad.
Antes de la Primera Guerra Mundial, la irrupción del tango en los salones europeos generó fuertes polémicas por su carácter sensual, lo que motivó que fuera prohibido por autoridades eclesiásticas y también por el káiser Guillermo y el rey Víctor Manuel de Italia. Al principio objetado en Inglaterra, en 1914 la reina María se convirtió en entusiasta del "verdadero tango argentino". La terpsichorean sensation , como lo calificó The Washington Post en esos años previos a la Gran Guerra, llevó a que se contrataran profesores de tango y a que se publicara una serie de manuales sobre cómo bailarlo. Según Matallana, en la década de 1930 hubo un profundo cambio respecto del tango en Estados Unidos, cuando al integrarlo en un conjunto de otros ritmos latinoamericanos se le hizo perder su identidad en ese ámbito.
Aunque el texto peca a veces por la acumulación de detalles, Qué saben los pitucos no permite que decaiga el interés de sus páginas gracias al elaborado trabajo de Matallana con fuentes muy variadas. Es un libro que apunta a lectores diversos: a quien no conoce la historia del tango, le resultará plenamente atractivo; y a quien la conoce, no dejará de sorprenderlo con datos y citas del periplo de la música porteña. Completa el interés un apéndice acerca de los medios mecánicos (fonógrafos y gramófonos) que revolucionaron la difusión de la música a principios del siglo XX y la introdujeron en los hogares en un grado desconocido hasta entonces.
© LA NACION
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