
Reflexiones a propósito de la feria
El crítico cordobés analiza en este texto el valor de entendimiento que supone la obra de arte y descubre la riqueza de la interacción propia de una gran vidriera.
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QUIENES fijaron su atención en las tendencias dominantes de las artes plásticas desde los años sesenta hasta hoy, vieron la evolución del arte-denuncia al arte-diálogo; de la obra concebida como arma, a la obra concebida como garantía de todo entendimiento posible. Según la propuesta humanista de Gadamer: "Comunicación [es] participación común en el mundo del entenderse. Evidentemente, lo que llamamos obra no puede ser desprendido de esta corriente de participación común, por medio de la cual habla". (1) El resto es posmodernidad.
El formato de feria de arte -y en provincias se conoce de ferias- es particularmente propicio para generar entendimientos, porque el mercado es representado por marchands locales con los cuales es bastante fácil tratar, y no por brumosas empresas internacionales cuyos centros de decisión son casi tan misteriosos como los de los Partidos Unicos que se les oponían.
También es importante saber exactamente qué es una feria. Así como las amas de casa van con los ojos bien abiertos para que no les vendan manzanas picadas, quien asista a una feria de arte debe estar dispuesto a encontrarse con la rosa entre los broccolis, y abrir su mente tanto como para aceptar que no siempre los brócolis salen perdiendo.
El formato feria -a diferencia de los museos o premios- es un formato desjerarquizado en el que gran parte de la responsabilidad cae sobre el público; en las ferias no hay mercaderías empaquetadas ni góndolas por categorías de productos. Es la única oportunidad de ver rosas junto a broccolis, y esto constituye por sí mismo una situación interesante para la estética.
La relación de capital-provincias estuvo siempre empapada de tintes de luchas políticas y económicas: las palabras imprescindibles en los sesenta eran "resistencia", "sojuzgamiento", "hegemonía". El ejercicio de la feria es una buena oportunidad para sustituirlas por "diálogo", "negociación", "comprensión".
En este último sentido, es fácil comprobar que el público de Buenos Aires no tiene elementos para comprender cabalmente la situación del arte en las provincias. Cada una de las historias locales ha sido sometida al lecho de Procusto de la historia metropolitana y, por medio de ella, a la historia universal. No es de extrañar entonces que el arte del interior aparezca como epigonal de lo epigonal.
En el caso de Córdoba, por ejemplo, es inútil tratar de comprender su arte si no se tienen en cuenta los factores propios. En esta ocasión de la feria es oportuno destacar uno de ellos: el status social de la obra de arte.
Mientras en Buenos Aires predomina el valor simbólico de la obra, como fuente de prestigio, valor de mercado, novedad visual y comentario en los medios de comunicación (valor-noticia), en Córdoba predomina el valor de uso: se compra arte para decorar la casa, se aprecia la perdurabilidad de su lenguaje y la facilidad con que se relaciona con un público profano, se aprecia la sabiduría y destreza con que fue hecha.
La primera tendencia actúa como acelerador histórico; la segunda como embrague. Sumadas, podrían ofrecer un marco flexible y prudente para la apreciación del vertiginoso arte contemporáneo.
Como ejemplo, el caso de Estados Unidos: mientras el expresionismo abstracto neoyorquino se midió con la escuela de París, tuvo un sabor de reflejo, de importación. Sólo cuando se revalorizó el arte de la "escena norteamericana", los expresionistas abstractos revelaron la verdadera dimensión de su originalidad. El metropolitano Pollock necesitaba al provinciano Hopper tanto como al francés Dubuffet para completar el significado de su arte.
Sólo la interacción comprensiva entre Buenos Aires y las provincias enriquece y complementa la identidad cultural de los argentinos. Las ferias de arte son un campo adecuado para que esta interacción se produzca espontáneamente.
(1) Gadamer, Hans Georg: Estética y hermenéutica , Tecnos, Madrid, 1998.





