Rock esquina tango

Uno surgió cuando el otro estaba retrocediendo pero nunca quiso reemplazarlo; con el tiempo, tangueros y rockeros encontraron la forma de coexistir como complementarios
Eduardo Berti
Salvador Biedma
(0)
6 de enero de 2012  

Al igual que otros movimientos, el rock se alzó (sobre todo, en sus inicios) contra la cultura de los padres. En la Argentina de los años 60 y 70, el tango era uno de los símbolos de esa cultura. Muchos de los aspectos ortodoxos y conservadores del tango constituían ejemplos casi perfectos de aquello que la contracultura hippie rechazaba: el machismo, una mirada "purista" sobre la tradición, el culto al pasado y otras formas de acartonamiento. El rock propugnaba los valores contrarios y el choque aún se puede ver, incluso caricaturizado, en viejas películas de la época de Onganía donde la figura tanguera (digamos, Alberto Castillo) se enfrenta con la figura joven de moda.

Más allá de estas simplificaciones, hubo elementos comunes entre el rock y otro tipo de tango que no representaba la línea dominante en aquellos tiempos. Esto explica, en parte, que el vínculo entre ambos estilos musicales (y ontológicos) estuviera en un principio marcado por una vacilación entre el amor y el odio, por encuentros y desencuentros y por cierto grado de incomunicación que el tiempo ayudaría a atenuar.

La brecha ideológica entre ambas culturas se profundizó, en un comienzo, debido a aspectos tecnológicos. A la acústica más o menos elegante del tango posterior a los años 40 se opuso la electricidad más o menos visceral del rock; a las dificultades del tango para encontrar espacios en la TV se opuso el lazo que el beat (y, ante todo, la llamada "nueva ola") supo tejer con ese medio.

No todo fue drástico, sin embargo. El rock no marcó una ruptura categórica con lo previo y el tango no se limitó a un rechazo terminante de lo nuevo: Virgilio Expósito (autor de tangos como "Naranjo en flor" o "Maquillaje") era primo y productor de Billy Cafaro, el mismo intérprete que grabó la primera canción beat de éxito en la Argentina ("Pity Pity") y que poco después cantaría "Kriminal Tango". Por otra parte, los padres de dos de los pioneros del rock argentino, Luis Alberto Spinetta y Litto Nebbia, eran cantantes semiprofesionales de tango, y en la "voz de gorrión" de "Muchacha (ojos de papel)" de Spinetta es fácil reconocer la "voz de alondra" de la "Malena" de Homero Manzi. Se podrían citar muchos ejemplos de este tenor.

A principios de los años 60, antes de que se fundara la tradición más inspirada del rock local (la que se inició con Moris, Los Gatos, Manal, Almendra y Vox Dei y entre sus pioneros tuvo a Tanguito, vaya nombre para un mito rockero), la música beat ya poblaba la televisión de Buenos Aires. En uno de los dos principales programas dedicados al género, Escala musical (el otro era El club del clan ), llegó a presentarse el grupo uruguayo Los Shakers, que acaso represente el mejor eslabón entre la nueva ola y el primer rock argentino. Liderados por los hermanos Osvaldo y Hugo Fattoruso, Los Shakers componían y cantaban sus propias canciones en inglés, con una fuerte impronta beatle, pero eso no impidió que, a mediados de los años 60, se permitiesen incluir un bandoneón en el tema "Higher than a Tower". El color local del rock sudamericano, puede decirse, estuvo dado por la inclusión de un instrumento característico antes que por la utilización del castellano.

El otro programa de TV dedicado por entonces a la música beat , El club del clan , era una fábrica de ídolos juveniles. Muchos de ellos portaban nombres como Nicky Jones o Jolly Land (acaso como otra forma de diferenciarse del tango y su jungla de apellidos italianos y españoles), pero llamativamente sobrevivieron mejor quienes ostentaban nombres menos estrafalarios: Palito Ortega, Violeta Rivas o Raul Lavié. El caso de Lavié también sirve para relativizar el supuesto corte entre el tango y el rock argentino: en paralelo a El club del clan , Lavié desarrollaba ya una carrera como cantor de tangos que lo llevó, tiempo después, a trabajar con Astor Piazzolla.

Los "neotangueros"

A fines de los años 60 e inicios de los 70, cuando estalló la entonces llamada "música progresiva" (después, "rock nacional"), el tango se hallaba en un momento de fuerte retroceso en cuanto a popularidad y de aguda crisis en términos artísticos. Las grandes orquestas no podían sobrevivir (más que nada, por razones económicas) e iban disolviéndose una tras otra, tal como había ocurrido en Estados Unidos con las big bands de jazz.

Los empresarios que organizaban bailes en los clubes o los teatros preferían pagarles a cuatro o cinco músicos con amplificadores. Los intérpretes de tango reaccionaron como pudieron. Los más audaces -Horacio Salgán, Aníbal Troilo, Piazzolla- comprendieron enseguida que debían formar orquestas más chicas: cuartetos o quintetos. La era de los grandes bailes animados por orquestas quedaba atrás y comenzaban los conciertos de tango en los que el público permanecía sentado.

Pronto surgió una vanguardia "neotanguera" que supo acoger ese cambio, integrada por Eduardo Rovira, el Cuarteto Cedrón y Rodolfo Mederos, entre otros. El rock se vinculó con ese sector y el primer disco de Almendra incluyó no sólo el bandoneón de Mederos (en "Laura va"), sino también un tema ("Figuración") inspirado en la "operita" María de Buenos Aires , de Piazzolla y Ferrer.

Claro que hablamos, en estos casos, de una línea marginal dentro del universo del tango. La mirada más conservadora predominaba y mantuvo una posición hostil tanto con el rock como con los llamados neotangueros. Cuando Piazzolla, en los años 60, incorporó en su orquesta la batería, muchos puristas omitieron que Francisco Canaro se había valido del mismo instrumento casi medio siglo antes. De igual modo, cuando Ubaldo de Lio decidió amplificar una guitarra para que su instrumento sonase al mismo volumen que el piano de Horacio Salgán, los ultraortodoxos lo condenaron por apelar a un recurso que muchos relacionaban con el jazz.

Resulta evidente el paralelo con el escándalo que provocaron en su momento músicos como Bob Dylan o Paco de Lucía al innovar dentro de estilos ( country-folk y flamenco) que pretendían mantener códigos estrictos. "En este país se puede cambiar cualquier cosa menos el tango", llegó a decir Piazzolla cuando la ortodoxia lo hizo blanco de sus ciegos reclamos.

El bandoneonista Leopoldo Federico ha llegado a considerar hace diez años que los músicos de tango de su generación se equivocaron al no "enchufar" sus instrumentos. "Dimos mucha ventaja", cree Federico, quien fue arreglador del cantor uruguayo Julio Sosa, tal vez la única figura masiva que arrojó el tango en pleno auge de la "nueva ola". Cantor de voz severa y gestos afables, Sosa combinó los clásicos obligados con un repertorio más jocoso y gozó de una popularidad digna de los ídolos juveniles. Tras su muerte, por un buen tiempo, casi todas las propuestas de los tangueros pasaron a ser instrumentales y ya no hubo espacio, luego de las audacias casi surrealistas de Homero Expósito y de Horacio Ferrer, para que los poetas tuviesen una relación fluida con el gran público. En cierta medida, el rock argentino tomó esa posta.

En su momento, muchos vieron en Miguel Cantilo (que, con el dúo Pedro y Pablo, había sumado un bandoneón en algunos temas de aire totalmente porteño como el singular "Che, ciruja" o el recordado "Yo vivo en esta ciudad", exacta mezcla de tributo y ruptura) a un heredero de Enrique Santos Discépolo, y el propio Charly García afirmó que la poesía de Spinetta presenta similitudes con la de Homero Expósito. En términos más amplios, las letras de rock dieron continuidad a una operación propia del tango: el rescate del lunfardo y de expresiones populares de diverso tenor (Sumo recuperando la palabra "chabón", los Kuryaki reflotando expresiones como "abarajar") y el trabajo con neologismos.

Desde el jazz

Los músicos más desprejuiciados del jazz argentino colaboraron, desde fines de la década del 60, a tender un puente entre el tango y el rock, pues se acercaron a uno y otro estilo sin plantear una disociación. Esto se ve claramente en la figura del compositor, arreglador y guitarrista Rodolfo Alchourron, quien escribió alguna vez: "Para quien realiza algo artístico, no es muy importante el rótulo bajo el cual caiga lo que hace, sino la actividad creativa que realiza y luego, por supuesto, la obra que resulte de ello".

Desde su extracción jazzera, Alchourron no sólo colaboró en los arreglos orquestales de "Laura va", sino que también trabajó junto con Miguel Abuelo, Moris, Aquelarre y Arco Iris, entre otros, y tuvo una relación de lo más fértil con Litto Nebbia. Fue guitarrista de Piazzolla y se opuso siempre a las muecas grotescas que pretendían reivindicar los aspectos más negativos de la mitología tanguera.

Muchos de los músicos con los que Alchourron estuvo en contacto y grabó supieron, desde el jazz, acercarse al tango, a la música popular (por no utilizar la palabra "folklore") y al rock. Entre ellos se cuentan Mederos, Bernardo Baraj, Dino Saluzzi y Norberto Minichillo.

A mediados de los años 70, se estaban planteando nuevos acercamientos entre el tango y el rock vinculados, de un modo u otro, al jazz. Fueron de suma importancia los proyectos del grupo Alas y de Juan José Mosalini (uno de los neotangueros, radicado desde hace años en Francia). También hizo un aporte significativo el grupo Invisible, liderado por Spinetta, con su disco El jardín de los presentes , que incluía bandoneones (Mosalini y Mederos) y aires decididamente tangueros junto a sonidos cercanos al jazz y que, en la hermosa canción "El anillo del capitán Beto", retrata a un astronauta "ayer colectivero" que añora a Gardel, que llora el recuerdo del mate, de "mi vieja y el café". Esa tensión entre el viaje espacial (tan propio del rock y tan próximo al "Space Oddity" de Bowie) y la esquina del barrio (tan propia del tango) sintetiza la mezcla de universalismo y localismo que hizo que Los Gatos cantaran tanto "soy de cualquier lugar" como "soy de este lugar" en dos álbumes distintos y que condujo a la famosa síntesis de Serú Girán en su tema "Los sobrevivientes": "Y, sin embargo, ya ves, somos de acá".

En los tiempos de Alas, Invisible y Serú Girán parecía que la brecha generacional se resquebrajaba de un modo nada complaciente, con una música auténticamente innovadora, y Astor Piazzolla fue, en cierto sentido, la figura tutelar del fenómeno. Si el jazz marcó -como se sabe- una clara referencia para Piazzolla, el llamado "jazz-rock" de Weather Report, Miles Davis, Chick Corea y Return to Forever resultó determinante para que él formara, en los años 70, el octeto que bautizó Conjunto Electrónico (en realidad, era eléctrico), nutrido de músicos provenientes del rock, como Gustavo Beytelmann o Tommy Gubitsch.

La experiencia de dicho conjunto fue fugaz. Según Daniel Piazzolla, hijo de Astor, su padre no se entendió bien con los "rockeros" que había incorporado. Aun cuando a nivel humano el encuentro dejó algún sabor agridulce, las grabaciones que sobrevivieron siguen encarnando (pese a sus más de 40 años de antigüedad) acaso el mejor y más arriesgado de todos los intentos de fusión que hubo entre el tango y el rock.

En otra escala, de un modo más amplio y menos visible, Norberto Minichillo fue una figura muy importante para comprender el nexo que el jazz ayudó a tejer entre el rock y el tango. Su incorrección política y su enfoque desestructurado le valieron reprobaciones en el mundo del jazz y ni hablar entre los tangueros puristas, pero Los Fabulosos Cadillacs lo invitaron a participar en el disco La marcha del golazo solitario (1999) y Flavio Cianciarulo (integrante de los Cadillacs) lo eligió como tutor de sus primeros discos solistas, en los que puede escucharse una versión de "Gricel" y un tema llamado "San Pugliese".

El trabajo de Alchourron, Minichillo o Saluzzi ayudó a trazar un puente entre rock y tango de manera marginal, oblicua, indirecta. Sin embargo, esos aportes ocupan hoy un lugar central pues abrieron un camino que otros retomarían planteando, ahora sí, un vínculo más directo entre tango y rock (puede verse, por ejemplo, en la música de Adrián Iaies).

¿Será que nací en el sur?

La banda que Charly García y David Lebón fundaron a fines de los años 70, Serú Girán, transpiraba tango en temas como "Bicicleta", "Los sobrevivientes" o el irónico "A los jóvenes de ayer". Apenas después, Juan Carlos Baglietto lanzó su primer disco, en el que se profundizaba el nexo entre ambas músicas. Sin duda, los años 80 marcarían un punto de inflexión.

Luego de la Guerra de Malvinas, con el retorno de la democracia, el rock argentino vivió un momento de magnificencia y enorme popularidad. Si bien hasta entonces se lo había resistido y marginado, una serie de factores políticos y artísticos lo llevaron a la aceptación y la masividad. No obstante, muchos músicos de tango seguían observándolo con muecas de desagrado. Héctor Varela, previsiblemente, lo tildó de frívolo y extranjerizante, a lo que David Lebón respondió cantando que "el tango ahora es rock 'n' roll" ("Sin vos voy a estallar").

Durante la primera mitad de la década del 80, García planteó que "escucho un tango y un rock / y presiento que soy yo", Spinetta grabó el tema instrumental "Tango cromado" y retrató el "Bajo Belgrano" de su infancia, Fito Páez escribió: "Suena un bandoneón,/ parece de otro tipo, pero soy yo" y cantaría años después que "lo del tango es una idea que me toca aunque no quiera", Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota citaron un pasaje de "La cumparsita" en el tema "Roto y mal parado" y el grupo Memphis La Blusera recogió el guante de las letras hiperurbanas que Javier Martínez y Manal habían plasmado, por ejemplo, en el "Avellaneda Blues" ("Luz que muere, la fábrica parece un duende de hormigón / y la grúa, su lágrima de carga inclina sobre el dock"), tan cercano a la "Niebla del Riachuelo" de Cobián y Cadícamo.

Pronto, además de admitir sus raíces, los rockeros se atrevieron a incluir tangos clásicos en sus repertorios. Así, Spinetta y Páez grabaron "Gricel", de Mores y Contursi, y marcaron una tendencia que profundizarían en la década siguiente Litto Nebbia, Celeste Carballo o Andrés Calamaro.

En este nuevo contexto, la figura de Roberto Goyeneche ocupó un lugar imprescindible. El Polaco había cantado con las mejores orquestas (la de Salgán, la de Troilo, la de Piazzolla) y, para muchos, era la gran voz del tango después de Gardel (a lo sumo, compartía el segundo puesto con Edmundo Rivero). Aunque se había iniciado con un estilo tradicional, ya en los primeros años 80 se había transformado en un diseur que nunca interpretaba las letras de igual modo (esta circunstancia hizo que se lo llegara a comparar con João Gilberto).

Así como Mercedes Sosa fue la primera cantante de música popular que elogió abiertamente a músicos de rock como León Gieco o Charly García, Goyeneche dio ese primer paso entre los "tangueros de ley". Después de halagar a Baglietto o a Alejandro Lerner, el Polaco pasó a la acción y en 1988 apareció en la película Sur , de Pino Solanas, dándose un abrazo de altísimo simbolismo con Fito Páez. Además, grabó sus tres últimos discos en el sello Melopea, de Litto Nebbia, y apadrinó a Adriana Varela, una mujer de extracción rockera con una actitud -sobre todo, en sus inicios- opuesta a la de la ortodoxia del tango.

El abrazo partido

Para que el tango renaciera en los años 90 fue fundamental que los jóvenes se acercasen a él. Esto ocurrió, en parte, porque la llamada "generación del rock" tendió puentes en su dirección: Litto Nebbia editó en su sello a muchos viejos músicos que las grandes discográficas estaban dejando de lado (Carlos García, Héctor "Chupita" Stamponi, Héctor Pacheco y otros), rescató tangos más o menos olvidados (como "Fuimos", de Dames y Manzi) e incluyó el bandoneón de Carlos Buono en su muy bella canción "La noche del colibrí"; Michel Peyronel (ex baterista de Riff, donde descollaba Pappo) fue uno de los fundadores de la primera radio FM dedicada exclusivamente al tango; Los Auténticos Decadentes grabaron una versión de "Siga el baile" con Alberto Castillo; Los Pericos versionaron "Por una cabeza"; La Mississippi Blues Band se atrevió con el clásico de Troilo "Noctuno a mi barrio".

El renacer del tango que se vio en los años 90 era inconcebible poco tiempo antes. Algo había cambiado y tenía que ver con la figura del Polaco Goyeneche, con la popularización de los primeros discos de su ahijada artística Adriana Varela y con la fundación de un canal de TV por cable (al estilo de los canales de videoclips) consagrado al tango. En esa señal de TV, Daniel Melingo condujo el ciclo Mala yunta , que establecía un vínculo concreto y explícito entre tango y rock.

El panorama se volvió mucho más rico y complejo. La banda Los Visitantes -liderada por Palo Pandolfo- abrigó aires tangueros ( Espiritango se titula uno de sus mejores trabajos) e incluso se animó a hacer una versión de "Sur"; Melingo comenzó a dedicarse al tango con un estilo que evocaba a Edmundo Rivero (y con los servicios, incluso, del poeta lunfardo Luis Alposta), y Omar Mollo tomó un camino similar. A estas experiencias se sumaron otras, como la del baterista Fernando Samalea, que había comenzado a tocar el bandoneón en los años 80.

Las letras de muchas bandas de rock también manifiestan que, a partir de los 90, se han ampliado los nexos. Tras admitir al tango como parte de la identidad ("huele a tango y rock and roll lo que te cuento", cantaba Alejandro del Prado en su "Tanguito de Almendra"), ya no hubo declaraciones tajantes y el tango apareció en forma menos explícita, más madura.

Hubo citas de los Redonditos de Ricota (por ejemplo, la frase "la vas de bailarín", del tango "Niño bien"), Divididos parodió cierta postura en "Volver ni a palos" y Los Caballeros de la Quema cantaron, en referencia a Nacha Guevara, "heavy tango, se ahorca un bandoneón, / te esperan en el horno / Pichuco y Bon Scott".

El primer disco de Almafuerte, Mundo guanaco , incluye una versión metalera del tango "Desencuentro", que se suma a la versión de "Cambalache" que había grabado Hermética en su álbum Intérpretes , de 1990. Los Piojos también introdujeron en su primer disco, editado en 1993, la versión rockera de "Yira-yira" y, años más tarde, pusieron un bandoneón en el tema "Gris".

A la banda platense Estelares se la ha vinculado en varias ocasiones al mundo del tango. Más allá de cierto espíritu melancólico y algunos fraseos, hay un hecho concreto: Manuel Moretti (el cantante del grupo) y Víctor Bertamoni (el guitarrista) tocaron durante años en un conjunto tanguero y en su segundo disco grabaron un tango de factura propia llamado "Camas separadas". Recordemos también que en 1996 surgió una importante banda punk con el nombre Los Gardelitos.

El arreglo

El abrazo entre tango y rock que se dio en los años 90 encontró no sólo una continuidad, sino también una profundización en los últimos años: a la idea de encarar tangos desde el rock se han sumado propuestas que toman el camino inverso. Basta con mencionar las versiones tangueras de canciones de los Redonditos que hicieron la Orquesta Típica Ciudad Baigón (tiene además un tango homenaje a los muertos en Cromañón), Altertango, La Vidú o la uruguaya Maia Castro. Sin embargo, la mayor agitación de los últimos tiempos la produjo el surgimiento del tango electrónico, que generó el primer éxito del tango-pop a escala mundial, si no se tiene en cuenta la versión de "Libertango", ya antigua, que hizo Grace Jones.

Los dos proyectos más conocidos de esta vertiente tuvieron como protagonistas a músicos surgidos del rock argentino de los años 70: Eduardo Makaroff y Gustavo Santaolalla. El primero formó parte de Los Hermanos Makaroff (aquellos que cantaban el "Rock del ascensor") y hace diez años armó el exitosísimo Gotan Project; el segundo fundó el grupo Arco Iris, precursor en la fusión entre rock y aires folklóricos, y años más tarde se convirtió en uno de los encargados del proyecto Bajo Fondo Tango Club y se puso al frente de Café de los Maestros. Otras propuestas que siguen esta línea, como la de Malevo (pionera, anterior a las dos mencionadas), son menos conocidas.

Mientras la fusión de tango y electrónica ha llegado a seducir al público masivo, el bandoneón parece dispuesto a ampliar sus horizontes. Músicos de diversas nacionalidades (la belga Myriam Alter, el brasileño Chico Buarque, el inglés Bryan Ferry y la griega Angelique Ionatos, por ejemplo) han incluido este instrumento en algunos de sus discos más recientes y, en algunos casos, lograron expandir los límites del tango con un grado de libertad que el rock (atado a algunas convenciones) parece poco dispuesto a prodigar hoy en día. Valga también el ejemplo de Marisa Monte, que acaba de incluir una versión en portugués de "El pañuelito" (de Juan de Dios Filiberto y Gabino Coria Peñaloza), con bandoneón y todo, en su flamante álbum O Que Você Quer Saber de Verdade .

Jóvenes de hoy

En los últimos años, el tango conoce un nuevo auge, ligado no sólo al baile. Los inconvenientes con los que chocaba en los años 60, 70 y 80 quedaron atrás. Desde hace más de una década, no es raro que una muchacha de 20 tome clases con un milonguero de raza ni que músicos de 25 años tengan un conjunto de tango. Los bandoneonistas han dejado de ser una especie en extinción y los turistas que aterrizan en Buenos Aires ya no deben buscar vestigios tangueros con paciencia de arqueólogo, como ocurría a mediados de la década de 1980.

En este nuevo contexto, las formas en que el tango y el rock se aúnan resultan difíciles de medir con los criterios anteriores. Ya no es el caso de un músico de rock acercándose al tango, o viceversa. Las agrupaciones surgidas a partir de los años 90 parecen integrar ambas influencias desde la cuna. La Chicana, por ejemplo, se presenta como una "banda de tango" que abraza, ya desde esa identificación, matices rockeros; la Pequeña Orquesta Reincidentes tomó elementos de la milonga o del rock para armar un cóctel explosivo con la música de los Balcanes; también se puede mencionar a Che Chino, un grupo de tango que funciona en paralelo a Las Manos de Filippi.

Otros grupos, sin eludir tintes rockeros, imitan a formaciones históricas del tango. En esa línea, cabe destacar a Las Muñecas, un conjunto de guitarras al estilo de las que acompañaban a Carlos Gardel, o a la Orquesta Típica Fernández Fierro, que emula, con mucho rock encima, a las orquestas de tango de los años 40, en las que -por una cuestión de volumen- varios instrumentos tocaban las mismas notas al mismo tiempo. La Fernández Fierro tiene su propia sala de conciertos y sigue muchos preceptos de Osvaldo Pugliese, quien -dicho sea de paso- se ha convertido en una suerte de talismán de la buena suerte ("siempre mencionamos a Pugliese", canta Gieco en "Los salieris de Charly"), a tal punto que algunos rockeros llevan consigo estampitas de san Pugliese, patrono de la música argentina y "antimufa".

Tampoco hay que olvidar casos como el disco Fisura expuesta , de Juan Subirá (tecladista de la Bersuit), las murgas y milongas de Ariel Prat, las incursiones musicales de Daniel "Pipi" Piazzolla (nieto de Astor y colaborador del grupo de rock Giusti Funk Corp, cuyo segundo disco se llamó Arrabal eléctrico ) y de la existencia de agrupaciones como Buenos Aires Negro, Romina y los Urbanos o una banda de Lugano llamada La Tango Rock.

Ya no sorprende a nadie que el marplatense Alfredo Piro (hijo de Osvaldo Piro y Susana Rinaldi y hermano menor de la cantante Ligia Piro) sea capaz de interpretar una tanguerísima versión de "Llorando en el espejo" (Charly García), o que Altertango, un grupo de la ciudad de Mendoza, grabe "No soy un extraño", también de García (canción que Luciano Supervielle versiona en francés y con bandoneones), y que desde su primer álbum, editado en 2002, combine con absoluta naturalidad el repertorio de Gardel, Troilo, Discépolo o los hermanos Expósito con el "Rock yugular" de los Redondos o las "Tumbas de la gloria" de Páez.

La trayectoria de la canción "A los jóvenes de ayer" (Charly García) ilustra muy bien esta historia de encuentros y desencuentros. Grabada originalmente por el grupo Serú Girán como crítica al establishment del tango oficial ("grandes valores del ayer", dice en alusión al programa de TV que entonces conducía Silvio Soldán: Grandes valores del tango ) o de los bares de la zona de Sadaic y a la actitud de llorar el pasado, la canción abre el nuevo CD del grupo La Chicana, que, ya desde el título ( Revolución o Picnic ), parece revisitar el pasado con desparpajo, combinando temas propios con un popurrí de tangos chinos, una canción de Tom Waits y otro tema de Charly García: "Por probar el vino y el agua salada" (La Máquina de Hacer Pájaros). Lo que a inicios de los años 80 era una canción de ruptura (y una toma de posición desde sus aires claramente piazzollianos) se ha vuelto treinta años después una especie de puente. La canción, según reza el librito que acompaña al CD, es "una perla del rock tanguero" y, si La Chicana quiso plasmar una versión exenta de irreverencia, esto se debe, como explican, a que "ya no somos jóvenes de hoy". Toda una postura ontológica frente al juvenilismo del primer rock.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?