Sequía
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Llovió el otro día. Mucho y durante un buen rato. Hacía meses que no caía agua. “Qué alivio”, me dijo alguien. No tanto, tuve que responder, porque no me sale bien callarme y porque es la verdad. La sequía catastrófica que está sufriendo buena parte de la Argentina no se resuelve con una lluvia. Ni con dos.
Al día siguiente regresó el sol implacable. Lo agradecemos. Sin el sol no existiría nada en este mundo, más que frío y rocas. Pero esa noche, cuando salí a caminar un poco, el suelo estaba reseco otra vez. El césped, que es nativo y aguanta, ya está al borde de lo que puede resistir y empieza a ralear. A la vista queda el polvo esterilizado por las horas interminables de sol.
No recuerdo otra sequía así; lógico, 2022 está entre los 18 años más secos desde 1961. En el jardín te las arreglás regando, aunque, por supuesto, es a costa de un bien invaluable. Pero la gente del campo la está padeciendo como un desastre con poco precedente, y en la región afectada los signos están en cada planta, en cada árbol, en el tono marrón generalizado, en la falta de aves, en las lagunas que bajan o desaparecen, en los ríos abatidos. A lo mejor es solo un evento normal. O tal vez no. Tal vez el clima nos pasa factura una vez más. Y no le falta razón.
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