
Ser Roux
Pintor aclamado como pocos, recibió a adnCULTURA en su casa y repasó, con humor y humildad las imágenes más fuertes de su vida: el trabajo inspirador de su padre, las lecciones de Quirós, las puertas que la abrió Squirru, el amor de Franca
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Las cartas sobre la mesa: este periodista es una especie de analfabeto, alguien que del abecedario de las artes plásticas a lo sumo conoce las vocales; que apenas si se asomó a los inevitables relojes derretidos de Dalí, a las figuras dislocadas de Picasso, a los girasoles afiebrados de Van Gogh, a los Fader, Castagnino, Alonso que, reproducción mediante, adornan las morosas salas de espera. Tal cual: en relación con la pintura, un animal sin atenuantes. A esta altura de la confesión, el viejo Serafín Ciruela me recuerda: "La carencia no es una virtud". De acuerdo, pero ante lo inevitable uno puede convertir esa carencia en una mirada, en una oreja con más sed. Me valdré de esa sed para este encuentro.
Media tarde, el verano no se hace rogar, Guillermo Roux abre la puerta de su casa en Martínez. Inquieto, cordial, hospitalario, me presenta a Franca Beer, su mujer. Ella pronto prepara un sorbete de café y mientras lo tomamos trato de olvidarme de que Roux es uno de los pintores vivos más universales de la Argentina. ¿Cómo es el hombre que llegó tan lejos, en qué mesa comió, qué aire respiró, dónde estaba la cama de su niñez? ...l nos contará su asombrosa historia; en la sintaxis, en la entonación de su relato laten las claves de sus acuarelas de aliento épico y sinfónico, con el espesor carnal de los óleos.
Su vida se columpia entre paradojas: es un caminante marginal que de pronto expone en la Marlborough de Londres y tiene una trayectoria a contramano de las modas, lentísima y sin embargo meteórica. Pero mejor que este cuento fascinante lo desoville Roux, con esa voz que posee el ímpetu de un joven recién salido de la Academia para abrirse camino con insomnio y todo.
-No sé qué voy a contestar. Franca ya está harta de leer las mismas respuestas mías.
-¿Heráclito era el que nos avisó que no nos mojamos dos veces en el mismo río? Con las entrevistas igual. Lo que usted dirá nunca lo dijo con estas pulsaciones. Aún en las reiteraciones somos inéditos.
-Eso me consuela Pero trataré de ir un poco más hondo. ¿Por dónde empezamos?
-Por la punta de su ovillo, la que no se ve.
-Ah, mi nacimiento. El 17 de septiembre de 1929, en la calle Miriñay, casi Riachuelo, arrabal. Mi padre era dibujante de historietas. Como para vivir de eso, imaginate. Un jornalero del dibujo, con la crisis del 30, el tipo no tenía un mango ¿Cuento muy desordenado?
-Vamos macanudo.
-Mi papá, Raúl, era uruguayo, de Durazno, donde mi abuelo administraba estancias. Tenía campos, pero le salió de garante a un amigo, este hombre se suicidó y él perdió todo. Dura, la venida a Buenos Aires. Y bueno, la vida.
-¿Puedo tutearlo, Roux?
-Eso te pido. Mi padre tenía un talento múltiple: socialista, anarquista, mirá de qué trabajaba: bajaba cueros de los barcos para entrenarse, quería ser boxeador. A la vez tenía una orquesta de jazz , a los 20. Sin haber estudiado, tocaba el piano, y muy bien, eh.
-Puerto, dibujo, piano, jazz, boxeo
-Boxeo con final abrupto. Le armaron una exhibición. El maestro le dijo: "Lo que quieras pero no me toqués la cara". Le tocó la cara. Nocaut, conmoción cerebral, adiós boxeo. Después conoció a mi madre, Luisa Camps, ¡nada que ver con él! Ella venía de San Luis, de una familia formal; iba a un colegio de hermanas. Mi padre, un bohemio, fue a pedirla para casarse, lo vieron flaquísimo, ¿de qué trabaja usted?, imaginate, la familia se opuso. ...l tenía 30 años, recurrió a un juez, porque ella tenía 17. El juez decidió que se casaran y a los nueve meses exactos nací yo.
-¿De qué color es tu recuerdo más lejano?
-Algo borroso, el de la florcita amarilla de la retama. Veo esa planta y una pileta de lavar de cemento, con la tabla. Ah, algo más, veo una bombita mínima Phillips, amarillenta...
-¿Qué significa el amarillo para Roux pintor?
-Los colores en mí están muy relacionados con vivencias lejanas. Cuando hago un color, es una consecuencia, una sensación que puede no tener que ver con el color mismo. Dije lamparita amarilla, algún día pintaré un paño amarillo, algo que me remitirá a la bombita esa.
-Memoria emotiva, diría Stanislavsky.
-Curioso, lo que me sucede ahora: digo retama, brota ese amarillo y me lleva al ocre de la lamparita, al clima terroso de la cocina, a eso se suma el caramelo de la olla. Una armonía de color que yo uso mucho.
-¿Los colores, tienen, digamos, olor, sabor?
-Para mí, el color tiene que ver con los sabores, con los perfumes.
-¿El rojo a qué olor te remite?
-No lo puedo decir ahora porque eso me pasa en el momento. Yo por ahí necesito un rojo, para conseguirlo se me aparece cierta imagen. Yo no la convoco, me viene. ¿Te sigo hablando de esto o...?
-Sí, por supuesto.
-Si nos tuteamos mejor. El sistema con que trabajo era el de mi padre. Yo lo veía crear su historieta de La Razón , sus dibujitos para El Tony ... Junto a su mesa yo asistía a sus descubrimientos, ¿a ver qué inventa hoy? En la tira, el cometa Halley iba a chocar con la Tierra y la gente se agolpa en la Costanera para ver al cometa que se acerca, que se acerca... Entonces crea un cohete -año 35, eh- para que un grupo de humanos emigre a la Luna antes de que el cometa nos haga polvo. A mi padre le interesaba también la astronomía, leía Fantaciencia
-Estibador, boxeador, dibujante, pianista, cultor de la ciencia ficción
-Admirable, mi padre. Conocía las librerías de viejo, y ahí me llevaba. Compraba libros rarísimos y tijereteaba las figuritas; tenía un archivo colosal que le servía como incitación.
-¿Y esto cómo se relaciona con tu pintura?
-Yo lo veía recortar y superponer y armar nuevas imágenes. Ese método después lo seguí. (Risas.) Yo también recorto la realidad.
-La tijera está en tu cabeza.
-Claro, corro esa silla, el sillón lo pongo donde está la mesa, a vos te siento en ese ángulo... Todos estos cambios son necesarios por un tono, por un clima que busco.
-Cada ciudad tiene un olor de identidad. Lima, el agudo aceite de las fritangas; Buenos Aires, el de las pizzerías. ¿Cuál es el olor que da identidad a cada color? Por caso: ¿olor a qué tiene el rojo?
-Es que no hay un olor para el rojo. El olor de los colores sucede en función de algo que va a pasar... Asocio episodios; ejemplo: el morado, el color obispo, con los crespones de los muertos... ¿Te acordás de las carrozas con caballos? Eran como catedrales barrocas con cúpula y cruz y una especie de altar donde iba el muerto y allí el crespón morado, con las letras doradas; todo esto más el negro de los caballos y los bronces lustrados y el tipo sentado con las riendas y el muerto en su trono dando la vuelta a la manzana para despedirse. Y los vecinos en la puerta, saludando. Qué manera de irse, qué respeto, ¿no?
-Todo eso le da pulso a tu color morado.
-Así se gestan mis colores. Hablando de cómo partía la gente de la vida, acompañada, te cuento: hace poco yo iba por la Avenida Córdoba. De pronto veo que viene, zigzagueando, como bala, un coche fúnebre. En un semáforo leo el nombre Esther no sé cuánto sobre la cortinita del féretro. ¡Venía sin cortejo! Sentí una pena tremenda y seguí atrás haciéndole honra a esta extraña Esther, mujer que se iba sola, te das cuenta, corriendo por la Avenida Córdoba. Una vida.
-Recuerdo en mi niñez una carroza de cuatro caballos, desbocados, sin control, en Carrodilla. En una curva se dio vuelta con ataúd y funebrero y todo. La imagen me impresionó tanto que por un tiempo me volví sonámbulo.
-Tu recuerdo me trae otro caballo desbocado: mi padre me lleva al centro, lo escucho: "Hoy cobro el sueldo, vamos a tomar un helado, pero además hoy está pasando la historia y quiero que la veas". Yo tendría 16 años, nos fuimos al centro, no había ómnibus, era el 17 de octubre del 45.
-Nada menos.
-Llegamos a la Avenida de Mayo. Multitud, banderas, gritos, hombres y mujeres descalzos... lo que a mí asustaba a mi padre lo entusiasmaba. Y de repente, desde el diario Crítica empieza el tiroteo, el desbande, entramos al Pasaje Barolo y mi padre me tira detrás de una columna.
-Un 17 de Octubre con balas y todo.
-¿No me creés? Cuando pasés por el Barolo vas a ver circulitos de bala en el granito.
-¿Y tu caballo desbocado?
-A eso voy: ahí se abre la multitud porque viene un caballo desbocado, un caballo blanco con un tipo de torso desnudo, sin montura, con los pelos al viento y envuelto en la bandera argentina. El tipo iba y venía del Congreso a la Plaza de Mayo gritando: "¡Viva la patria! ¡Viva Perón!"
-Notable cómo la asociación de ideas empujada por la memoria emotiva desemboca en la gestación de tus colores y climas.
-El morado puede tener ese origen y en un cuadro después estar ubicado en un desnudo. Me digo: ¿qué le pongo de fondo? Aquel morado. ¿Qué tendrá que ver? Posee una carga que, en contrapunto con la piel de la mujer, alumbra un sentido. Mis colores germinan en imágenes como esas: el dorado, el negro lustroso; el sudor, la espuma blanca de los caballos cuando les tiran las riendas, las pezuñas, pintadas de blanco.
-Eso que se llama vocación, ¿cuándo te despunta?
-Lo único que quería era un papel en blanco y estar al lado de mi papá, dibujando. Mi mayor felicidad era cuando él me marcaba el lugar donde yo tenía que rellenar de negro las historietas. Era mágica esa mesa Empecé a tomar más conciencia en tercer año del Nacional y quise dejar, "papá me aburro", y él: "O estudiás o trabajás". Antes no había psicologismo. "Vagos acá en la casa, no."
-¿Y?
-No dudé: trabajo. Entonces le habló a Dante Quinterno: "Mirá, tengo a mi hijo que quiere dibujar". "Mandámelo." Y ahí me fui yo a los 15 años, a la revista Patoruzú . Me encontré con González Tuñón, Bruto, Ferro, Lobato, Salinas, el mismo Quinterno Y entré como pinche ahí, hacía recuadros y globitos para los textos. Pero yo quería otra cosa; mientras averiguaba, escuchaba y veía dibujar a los otros.
-Sitio maravillosamente insalubre, prohibido no fumar.
-Y prohibido no tomar café. Ahí, en los ratos libres agarré las témperas sobrantes y empecé a hacer manchitas. Y un día hice una mancha de la Avenida de Mayo embanderada y creo que fue Ferro el que me dijo: "¡Pero vos pibe te tenés que dedicar a la pintura!" Y pusieron mi cuadrito a la vista de todos.
-Viendo tus cuadros uno siente que estás narrando algo.
-Todo lo que hago es narración. Con el color cuento una historia. Esto me trajo problemas porque se imponía la pintura pura. Yo iba a contramano de la furia antiliteraria. Lo literario y la figuración estaban como prohibidos. ¿No te importa que te cuente dando saltos en el tiempo?
-Para nada, Guillermo, el azar es el mejor narrador.
-Mi comienzo no tuvo nada que ver con el pintor que entra en la Academia y adopta las teorías y tendencias del momento. Sentía un caudal de historias y de vivencias que no estaba dispuesto a resignar. Había elegido un camino arduo pero para mí, genuino, fascinante. En mi pintura latía la música, y esto tiene raíz también en mi padre. Cuando se sentaba a dibujar, agarraba los lápices y los pinceles y tocando sobre la mesa, sacaba música del lomo de los frascos y la lámpara. Pam, pum, pam. Lo estoy escuchando, puro jazz . Era extraordinario.
-Tu padre era varias academias juntas.
-Cuando yo tenía 15, me llevaba a los teatros de variété , al Maipú; ese mundo de disfraces tiene para mí un atractivo enorme. También gira mi pintura alrededor de las murgas y sus bandas; tengo vivo el carnaval de Flores, las máscaras me producen fascinación. Yo me alimentaba de eso, aunque se imponía la abstracción y se decía que había muerto la figuración. Aquí hay una cosa: los figurativos eran de izquierda, apuntaban al realismo socialista. Y ser abstracto era pertenecer al progresismo democrático. Pedro Orgambide contaba que un modo de insultarse era decirse "figurativo" o "abstracto". La lucha de estilos de pintura también era una lucha política. En este doble río yo tenía mi propia poesía. Pero no quise la comodidad de otra salida. ¡Cosa que dura hasta hoy!
-Con tu pintura escribís tu novela.
-Es autobiográfica, sí, es una novela. No lo digo como autoelogio, confieso que no pude ir por otro camino. Lo intenté, pero algo en mí se rebelaba. No podía ir contra mi propia identidad. Estoy condenado a seguir mi propio camino.
-Aspiraste hondo. ¿Algún olor, algún color se te cruzó?
-El olor de la tinta china. Y con eso la dicha de tener mi camita al lado de la mesa en que mi padre dibujaba la historia argentina en tiras. El arte me nació desde ese particular ángulo.
-¿Hasta qué edad vivió tu padre?
-Hasta los 58, murió muy joven. Un cáncer. Qué tipo Un domingo que estaba solo en la casa transformó un piano de cola en arpa. ¿Alcanzo a trasmitir mi privilegiado crecimiento? En cierto momento apareció Mario de Quirós, el hijo del gran pintor, y me dijo: "Mostrale a mi papá lo que hacés". Y fui a mi primer contacto con un pintor profesional. Quinta impresionante, "Después de Dios, la casa de Quirós", decía en la puerta. Y entré en su taller, olor a trementina, grandes naturalezas muertas, una con un ciervo caído sobre un mantel. Y Quirós que me dice: "¿Así que usted quiere ser pintor? A ver qué nos trae". Pone la manchita mía encima del caballete y me dice: "Está bien. Ahora quiero ver cómo dibuja con el carbón, y le aconsejo que vaya a la Academia". Entré en la Manuel Belgrano, a los 17. Más adelante me pidió: "Me trae todo lo que haga. Usted no elija".
-Qué atención te dio ese personaje que estaba después de Dios.
-Muchísima. Quirós hablaba poco. En realidad me preguntaba: "Mire, estoy pintando esto, ¿qué le parece? Tengo un problema con este blanco acá, ¿qué piensa usted?" Y yo no me animaba. "No, dígame, me interesa saber, porque la pintura es una cosa complicada, no crea que el pintor sabe todo". Frecuenté a Quirós un par de años, hasta mi conscripción.
-Un sabático pictórico obligatorio.
-No del todo, estuve un año en el Ministerio de Guerra y le hice un retrato al general Franklin Lucero, el ministro de Perón. Un óleo. Cuando me dieron de baja quedó ahí. ¿Existirá? No sé. Yo prolongaba el retrato, porque comía muy bien, me llevaban y traían. Estiraba, estiraba y de repente Lucero: "Basta ya, soldado. No pinta más". Lo pasé bacanísimo.
-¿Y después?
-Dejé la Academia en tercer año y a los 21 me fui a un convento en la Recoleta, a dibujar a los viejos expósitos. Buscaba formas más estructuradas. Aquí aparece Bruno Premiani, el dibujante, y me dice: "Usted tiene que ir a Italia, ¡tiene que ver!" Se lo digo a mi papá. "¿Y de dónde sacás la plata?" "La junto." Y junté, hasta que partí en el vapor Salta. El primer contacto con la gran pintura fue en la escala en Lisboa, vi los monjes blancos de Zurbarán, ¡me conmovieron! Desembarqué en Génova y empecé: Turín, Milán, bajando hacia Roma en auto, tren, bicicleta, a dedo... En una especie de valijona tenía mi carpeta, iba dibujando al andar, en cada pueblo. Estudiaba historia del arte sobre el terreno, haciendo bocetos del paisaje, de obras arquitectónicas. Llevaba dinero para tres meses, pero me quedé sin un peso mucho antes. Llegué a Roma y llamé al único contacto, Umberto Nonni, gran maestro restaurador de iglesias. Vio mis apuntes y me propuso trabajar de ayudante en capillas irlandesas. Mis tres meses duraron cuatro años. Ahí me vine para la Argentina.
-De vuelta en Buenos Aires.
-Por poco tiempo, me sentí mal acá. Solo quería ir encontrando mi camino. ¿Cuadros para vender? Ni lo soñaba. Alguien me ofreció un puesto de maestro de escuela de dibujo en Jujuy. Me fui.
-Salto insólito, de Roma a Jujuy.
-En Jujuy me encontré con el paisaje, con la soledad, para lograr una síntesis de lo que había aprendido. Buscaba un yo, me buscaba a mí. Allí estuve entre mis 32 y 38. Fui cofundador de la Escuela de Arte del Norte, conocí a los Lara, hondos artistas bolivianos, a Héctor Tizón, que había escrito su primera novela, ¡gran tipo Tizón! Mi papá falleció entre medio En Jujuy aprendí el silencio: la precordillera como paredón, veranos de lluvias torrenciales; por la mañana, clase; a la tarde, salía a pintar esa intemperie ladrada por perros cimarrones. Del arte clásico había pasado a ese paisaje pétreo, a esas miradas de los coyas interrogadoras del eterno misterio. Me había asomado al silencio.
-¿Y después de Jujuy?
-En Buenos Aires reinaba el Di Tella; algunas cosas me gustaban, pero no era lo mío. Entonces, me voy a Nueva York, quiero ver la gran ciudad moderna.
Entra Franca, Roux le cuenta que estamos tomando un whisky "para matizar, recién vamos por Nueva York". Sigue dudando sobre si su relato tiene columna vertebral o no. Franca va a dejarnos, pero él le pide que se quede. También ha llegado, lento, un gato con un nombre que es una redundancia, Michi se llama. El escuchará, como dibujado, lo que sigue.
-Tus viajes hacia afuera han sido para llegar más hondo a tu, digamos, laguito interior, a tu almácigo primordial.
-Eso. Buscaba mi síntesis. Ay, qué difícil decirlo. No me adhería a las fórmulas, el pop art era ajeno a mi sentir. Ay, cómo lo digo
-Tu "ay" dice más que cien conceptos.
-Mirá, el pintar para mí tiene que ver con que me voy conociendo. Pinto para rescatarme, para descubrir mi propio camino.
-La pintura como una linterna hacia tus orígenes.
-Eso. La pintura me va llevando, pero estar de moda no entra en mi cabeza. Yo estoy contando una historia que es la mía.
-Haciendo, amasando tu novela.
-Eso, mi novela, mi poética. Bueno, la experiencia de Nueva York me sacudió. Semanas me llevó animarme a salir a la calle. Armé una carpeta con ilustraciones para vender y tener de qué vivir. Un día en el subte se me cayeron al piso. Un señor me ayudó a levantarlas, me dio su tarjeta: era un director de arte. Y empecé a ilustrar libros. Trabajaba hasta media tarde y después a pintar hasta las dos de la mañana. Milton Glaser, un gran ilustrador, me dijo: "Usted es pintor, no pierda más tiempo con las ilustraciones".
-¿Qué pasó con tu vuelta a Buenos Aires?
-Ya rumbeaba para los 40 ¡y ni se me había pasado por la cabeza vender un cuadro! Cuando llego descubro dos cosas: una es ella, Franca, y la otra es el psicoanálisis, que me dio una herramienta extraordinaria: con la asociación de ideas encontré un modo de descubrir mi mundo. Vi que el discurso no tenía que ser lineal. Fue un método de pensamiento, para hacer que lo que está oscuramente almacenado salga, florezca.
-Como agüita de manantial Al analista, ¿por qué fuiste?
-Porque yo lo sugerí -dice Franca.
-Así fue. Y después me hice adicto. Contándome, encontré la forma de sacar imágenes y amalgamar mis experiencias, darle sentido a mi narración.
-Franca, ¿cómo se conocieron ustedes?
-Yo tenía una agencia de publicidad, y mi dibujante se fue. Alguien me dijo que había llegado de Nueva York un tal Roux. Cuando él vino me hizo una sola pregunta: "¿Cuándo paga usted?" "Contra entrega. Pero lo necesito dentro de una semana." ...l se va y a la mañana siguiente está de vuelta. Yo pensé: ¡Dios mío, no entendió algo y perdimos un día! Le digo: "¿Cuál es el problema?" "No, ya está". "¿Ya está qué?" "Su trabajo." Vi lo que me trajo, ¡una maravilla!
-Y usted Franca le dijo: "Roux, te amo para siempre".
-Casi casi le encargué como treinta viñetas.
-Roux volvió a la hora.
-No tuvo necesidad, porque al tercer día me propuso trabajar medio día con sueldo. ¡Fantástico!
-¿Y se puede saber qué pasó después?
-A la semana ya éramos pareja. Unos días más, Guillermo se separó y nos fuimos a vivir juntos.
-Por entonces -sigue Roux- empiezan a aparecerme unos dibujos: fragmentos que se combinan y que se rompen y que se rearman. Pienso: ¿a quién le muestro esto? Me animé con Romero Brest. El me dijo: "¿Usted sabe quién soy yo? ¿Por qué supone que esto va a gustar?" No le gustó.
-No le gustó en ese momento -agrega Franca- pero, pasados los años, Romero Brest se convirtió en su máximo admirador.
-Llegamos a ser íntimos amigos con Romero. Retomo: me fui a Bonino. Willy Whitelow se interesó muchísimo. Y me dan la exposición. Y tiene un enorme éxito. ¿O no tuvo éxito, Franca?
-La exposición -precisa Franca- fue regular. En el 69 las ventas fueron casi nada y no te volvieron a exponer hasta el 72.
-¡Ahí aparecieron las acuarelas! La historia es así: lo primero que me dio mi padre fue una caja de acuarelas: "Mezclá con agua y pintá sobre el papel. Hacé como los chicos". Pero no tenía paciencia para enseñarme, y a mí me chorreaba el agua...
-Qué presente tu papá. Curioso, a tu madre no la has nombrado.
-Justamente, mi mamá viene y me dice: "Las gotitas de agua hay que correrlas hasta el borde del papel para que no se te manche el color. Vos mirá cómo hace tu papá". Mi mamá no sabía nada de pintura, pero me dio la gran lección. Bueno, la acuarela sonaba como un despropósito, plásticamente no existía.
-Optaste por ser, como se dice, un poeta menor.
-Decido ser un poeta marginal y menor. Todo el mundo hace grandes telones y yo acuarela. Yo corro la gotita de agua hasta la orilla.
-El título -acota Franca- de una de las críticas fue: "¿Por qué acuarela?" Estaba en desuso.
-No me importó. Y apareció Rafael Squirru. En un año pasé del anonimato a Londres, con un éxito tremendo.
-¿Y qué fue lo que pasó con Squirru?
-Lo trajo al taller Franca una mañana, se interesó muchísimo. A los pocos días él se encuentra con un personaje de traje a rayas celestes, que tenía una galería en Bélgica y le interesaba el surrealismo. Y Squirru lo trae a mi taller, y el tipo ve y dice: "Compro esto, esto y esto. Y además le hago una exposición en Europa".
-¿El nombre del belga?
-René Withofs. Con f de Franca, claro, ¡qué querés! Tenía 43 años, de no vender nunca pasé a vender toda la colección.
-Esto pasó en el 72 -ubica Franca-. En el 75, Squirru lo invita a la Bienal de San Pablo y Guillermo gana el primer premio internacional con doce acuarelas.
-Tus acuarelas parecen óleos. ¿Ese cuadro, el de la izquierda, es una acuarela?
-Es acuarela. Mujer y muñeco se llama.
-¿Por qué la mujer, tan desnuda, está cubierta donde nacen sus piernas?
-Le puse el negro y una línea azul porque me venía bien un negro ahí. Si eso tiene otra implicancia, no lo sé.
-Con ese retazo negro, la mujer afirma su desnudez. Veamos otro costado de tu pintura: ¿la música influye en el pulso de tus colores?
-Muchísimo, escucho música muy diversa. Depende de lo que estoy pintando. Me encanta respirar la música de Bach primero, pero, mirá lo que te voy a decir, a veces la búsqueda de mis colores necesita de Strauss, de sus valses, de El murciélago , o me viene sed de Gershwin...
-¿Quién sería el equivalente pictórico de Bach?
-Giotto, para mí.
-En tus pinturas te permitís acostar un violín y cubrirlo de flores, o posar un pájaro negro sobre un rejunte de instrumentos, o hacer un amasijo erótico con Goya, torero y maja. Hasta sellás una de tus pinturas con la postal de la Marilyn Monroe con la pollera alzada.
-Dualidades, elementos trastocados, juego representando lo fantástico, como advertía Odilon Redon, con la condición de que sea creíble. Juego hasta las últimas consecuencias.
-Entonces juguemos. Dejaron la puerta abierta, y ha entrado a este living Quirós. Ahí lo tenés.
-¡¿Quirós con nosotros?!
-Sí, Guillermo. Quirós, aquí, ahora. ¿Qué le decís?
-Le diría le digo "Quirós, no quisiste vender tu impresionante serie gauchesca a Estados Unidos para que se quedara aquí... Qué mal te trató el país, Quirós, cómo la crítica se ha dejado condicionar por ideas parasitarias."
-Quirós se va rezongando su tristeza. Veo que el asunto de cuidar la obra de los que no están te desespera.
-La pintura, la música, la poesía de los creadores es lo que le da sentido a la vida. Que ese caudal se disperse me parece terrible.
-El cómodo olvido y la impunidad de las modas
-Demoledoras, las modas. Si hubiésemos sido capaces de valorizar a los artistas que las modas van sepultando tendríamos una cultura extraordinaria.
-Existe una pintura argentina identificable.
-Yo creo que sí, pero prevalece una mirada hacia afuera.
-Somos partenaires.
-A diferencia de los brasileños, de los mexicanos, por ejemplo. Estamos muy deseosos de la aprobación de afuera, siempre. Y muy cerrados hacia nuestros valores.
-Paradoja argentina: abiertos para lo lejano, cerrados para lo cercano.
-Habrás conocido en Mendoza a Sergio Sergi, gran artista. Pero claro, estaba allá, no formaba parte del mercado, y no existe. ¿Y qué significa mercado? Comercio. ¿Pero qué tiene que ver el comercio con el arte? Nada.
-Guillermo, fijate, cuando Quirós se fue entró Picasso, está en musculosa y en patas. Ahí lo tenés.
-Le digo: "Picasso, usted es la última síntesis genial absoluta del arte occidental". Ahora esperamos otra síntesis.
-Porque aún después de Picasso la vida continúa.
-Debe continuar. Le pregunto también qué piensa de lo que pasa hoy en comparación a lo que él soñó. Y me contesta:
"No me importaba lo que iba a pasar, hice lo mío". Picasso era muy realista, era español. España, fijate vos, produjo genios absolutos, no como el arte italiano o el francés, que siguen un proceso y llegan a una culminación. El arte español produce en el llano estampidos y cada vez que eso pasa dan vuelta la historia: Goya, Velázquez
-Justamente, ahí viene Velázquez.
-Otro gigante. Supera de cuajo el frecuente error de creer que lo abstracto no puede ser figurativo... A él digo: "Usted sintetiza un máximo de realismo con un máximo de abstracción. Amalgama opuestos imposibles. Gracias, Velázquez, por su infinita elegancia y amor al ser humano. Porque aún cuando pinta a los miserables es piadoso, a los enanos los ama sin dejar de pintarlos como tales. Las suyas son imágenes amorosas". ¿Qué más se le puede pedir al arte?
-¿Lo notaste, Guillermo? Velázquez se acaba de retirar, ruborizado, emocionado por tus palabras.
-A propósito, para mí el arte si no provoca emoción, no llega a la escala de arte.
-Entró Goya, pero por la puerta que da al jardín.
-¡Goya es un milagro! Le digo: "Usted se dio todos los permisos: ser clásico, romántico, expresionista, abstracto, todo. Es una fuerza de la naturaleza, usted no tiene antes". A propósito: estos genios aprendieron en academias, pero prevalecen los prejuicios. Porque hay arte académico conceptual, abstracto, figurativo, ojo, extraordinario.
-Lo académico no siempre quita lo valiente.
-¿Cuántos pintores del siglo XIX son académicos y maravillosos?
-¿Cuáles pintores argentinos te resultan especialmente notables?
-Me parecen grandes artistas Miguel Victorica, Diana Aizenberg, Carlos Alonso; entre los abstractos, Juan Melé. Dar nombres significa olvidar nombres, me da miedo eso.
-A propósito, ¿cuáles son tus miedos?
-Hay algo que no sé si es miedo, es angustia. Siempre me angustió la miseria. No la comprendo tampoco en los otros. Y asocio miseria con injusticia. Es algo inminente que está a la puerta de cada uno.
-¿Algo más te desasosiega?
-El progreso, la tecnología, que parecen una gran cosa, asustan. Estamos provocando a la naturaleza.
-Y está perdiendo la paciencia.
-Temible la sinrazón del hombre que por codicia rompe el orden natural; no advierte que la naturaleza, ofendida, tarde o temprano puede borrarnos del mapa.
-¿Dormís bien?
-Tengo insomnio, en esas horas leo y escribo y leo; nada de pastillas.
-¿El pensamiento de la muerte te quita el sueño?
-He pasado por diferentes etapas de angustia. Estoy en un momento de comprensión. La muerte es algo sensato, es lo que corresponde.
-Pero que no se apure.
-Que no se apure, sí. Pero viene finalmente como una especie de mano piadosa. Algo sano y que pone los tantos en su lugar. Una forma de justicia, la muerte.
-Algunos, previsores, tienen claro hasta el epitafio.
-¡Yo no lo tengo claro para nada! Pero hay una frase de Andy Warhol que me parece genial: "En esta sociedad quien crea que llueve, se equivoca: es que te están escupiendo". La paradoja de un gran artista pop de la sociedad de consumo. Y aquí queremos seguir sus pasos, nosotros, una sociedad de consumo que no consume.
-Tal tu definición de esta Argentina.
-Sí, esta es una sociedad que quisiera consumir el triple pero no puede. Y somos pop, ¿pero pop de qué sociedad? Yendo al arte: ¿en qué consiste nuestro arte? En seguir corrientes de centros de poder cultural y económico dominantes. ¿Y dónde están los pensadores que analizan eso?
-Más allá del arte, ¿qué pensás de nuestro tiempo?
-Es un largo momento, muy difícil para Latinoamérica y para el mundo. Vivimos, en el plano espiritual, una decadencia abismal que contrasta con una tecnología fabulosa. Se impuso el dinero como religión. El arte y la bolsa se confunden. ¿Cuál sería, cuál es el fin del arte?
-¿Cuál sería, cuál es?
-Me duele responder con otra pregunta: ¿Será el arte un bien de intercambio monetario, un refugio de capitales?
-¿Será eso?
-Si el arte es eso, es una basura.
-¿En qué medida esto tendrá que ver con la ausencia de talentos?
-Los talentos están y a montones, pero se desalientan por las dificultades de un mundo convertido en puro mercado.
-¿No será que se desalientan porque no son artistas genuinos?
-Y pero la vida es dura. Es dura. La presión del medio con poder es insoportable a veces. El arte queda traspapelado en medio de grandes faroles, transas de dinero, grandes condecoraciones... En todo eso somos grandes. Pero el arte en serio, ¿dónde está?
-Guillermo, Goya se fue, sin querer se llevó una botella de algo. Entró alguien que pasaba por la vereda y te está preguntando: "Señor, por favor, dígame qué es el arte".
-Amigo, el arte se entiende así: si usted hace un agujero en la tierra y saca un capitel jónico, ésa es Grecia. Y a partir de ese fragmento, de esa voluta, usted puede reconstruir la sociedad que produjo ese símbolo. El arte es lo que nos define.
-¿Habría hoy posibilidades de decir, a partir de un fragmento, esto es Latinoamérica, esto es Argentina?
-No estamos en condiciones todavía de generar algo que nos identifique, pero este es el real problema del mundo que tenemos. Cuando este mundo se hunda, excavarán Estados Unidos y encontrarán la lata Campbell de Andy Warhol Grecia descubre un hombre; Roma, otro; de eso queda testimonio. Dejar testimonio es la misión del arte.
-El hombre de la vereda te dice: "Entonces, cuando nos morimos, ¿gracias al arte no morimos?"
-Por el arte, la existencia de un pueblo tiene sentido.
La conversación deriva en poemas, en libros iluminadores. Hacemos pie en César Vallejo y esto lo lleva a Roux a comentar la fractura de húmero de la que se repone Franca. Roux recita: "Me moriré en París con aguacero, / un día del cual ya tengo el recuerdo. / Me moriré en París -y no me corro- / tal vez un jueves, como es hoy de otoño " Franca aclara: "Murió en París, pero un miércoles". Y avanza con el poema: "Jueves será, porque hoy, jueves, que proso / estos versos, los húmeros me he puesto / a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto, / con todo mi camino, a verme solo "
El silencio se posa sobre nuestra conversación, hasta podríamos apoyarle el oído y escucharle los latidos. El gato nos mira. Vallejo diría que ahora se nos "escarapela el corazón". Roux le pone palabras al momento con un poema relámpago de Eugenio Montale: "Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra, atravesado por un rayo de sol, y de pronto anochece". Pensando en voz alta dice:
-Michi Michi Me gustaría tener, para mi vida, para mi pintura, la libertad, la paciencia del gato.
-Estás con los ojos cerrados Guillermo, te pido que rescates alguna imagen de esas que te marcan como artista, como hombre.
-¿Lejos? Tal vez Jujuy Maestro por la mañana y a descifrar el paisaje por la tarde. Veo la tierra anaranjada, veo hondos cañadones tejidos de maleza entre verde y negra. Es como si estuviera leyendo ese paisaje con casas rosas, azules, casas blancas. Me veo caminando, sintiéndome una sombra. Ladran los perros cimarrones, me defiendo espantándolos con el caballete.
-¿Y si mirás más atrás?
-Más que ver vuelvo a escuchar a mi madre "Corré las gotitas de agua hasta el borde del papel para que no se te manche el color. Mirá cómo hace tu papá".
-¿Y tu papá te dice algo?
-No, a él solo lo veo desde mi camita que está junto a su mesa de dibujo, inclinado lo veo, imaginando el modo de escapar de la Tierra antes de que el cometa Halley nos choque.
Roux se pone de pie, abre una carpeta y saca tres, cinco dibujos en carbonilla, los pone sobre el piso y con un entusiasmo de adolescente, mano en mi hombro, me dice:
-¿Quiénes somos, Rodolfo? ¿Quién soy? ¿Ves estos dibujos?, los hice en las vacaciones en una estancia. Mirá ese árbol, el viento inclinándolo, sus hojas temblando, la luz dándole forma a todo eso. Ese árbol en pulseada contra el viento ¿no te hace acordar a la viejita de aquella película de Kurosawa, esa que caminaba con el paraguas desfondado? Te das cuenta, fijate lo que soy.
-¿Qué sos, Guillermo?
-Soy un tipo desesperado que se rompe la cabeza hablando sobre la transitoriedad del arte, mientras el árbol está ahí ahí ahí el árbol solo, pulseando con el viento, y los dos, árbol y viento, envueltos por la luz y yo aquí, pensando, buscando palabras para...
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