Símbolo y geometría
El hilo sutil de José Marchi teje una trama misteriosa y sugestiva. Agatiello reedita sus vuelos imaginativos.
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DIJO William Blake que un pensamiento llena la eternidad. Hoy se pretende con frecuencia que la ausencia de todo pensamiento se manifieste en la desmesura de cientos de objetos, o de telas kilométricas, que por su tamaño apabullen al espectador. Por ello es doblemente bienvenida la muestra de "Marchi en pequeño", expuesta en Colección Alvear (Av. Alvear 1658). Se trata de doce trabajos de pequeño formato, a los que José Marchi ha bautizado Canciones de la espera , del abismo , de las sombras , etcétera.
En los cuadros, poblados de personajes misteriosos (en su mayoría niños), nunca falta el famoso hilo de Marchi, que es más que un recurso compositivo: ata destinos, ligándolos siempre a las alturas. Esas sugerencias misteriosas colocan a este artista, realista hasta en el más íntimo detalle, a la altura de los grandes simbolistas de nuestra época. Como simbolista que es, Marchi tiene pocos parientes y no es difícil encontrar la razón de estas soledades, pues el simbolismo, una de las corrientes más exigentes en materia de oficio, no admite desprolijidades.
Ya desde los grandes del siglo pasado, como Odilon Redon y Fantin Latour, los simbolistas se caracterizaron por la impecable realización y el objetivo de lograr un clima de misterio, rico de sugestiones. En sus obras, a partir de lo que se ve (o de lo que se cree ver), se apunta a lo que no se ve: a una realidad que, en el mejor de los casos, se adivina, y que nos sumerge en las aguas profundas del misterio.
He notado (y ello puede parecer anecdótico) que los simbolistas, en tanto seres humanos, tienen miradas que se pierden en el más allá. Aun cuando nos miren de frente, tenemos la sensación de que están mirando más allá de nosotros. Un público ya ávido de calidad siente ese llamado y recibe con satisfacción y alegría estas manifestaciones espirituales; en tal sentido, no se equivoca. El reconocimiento de los simbolistas con frecuencia se ha visto demorado. Nos entusiasma pensar que no es así en el caso de Marchi y esperamos que esta aceptación sea contagiosa. Ojalá que así como la decadencia y la frivolidad son contagiosas, también lo sean la salud del espíritu y el amor a lo sublime. Si cabe agregar algo acerca de Marchi, es que se trata de un maestro de la ternura.
Agatiello: recorrido feliz
Podría suponerse que la pintura geométrica está destinada a producir parecidos tipos de emoción, pero no es así. El misticismo de Mondrian tiene poco que ver con la lírica poética y sensual de Mac Entyre, y las delicias visuales de Le Parc traducen un mundo muy diferente a las conquistas veloces del espacio que son patrimonio del arte de Mario Agatiello, cuyos últimos acrílicos podemos apreciar en Galería Forma (Aráoz 2540). Agatiello es un trabajador incansable y en cada una de sus presentaciones (que han recorrido Oriente y Occidente) añade nuevas sutilezas a su problemática. Al mismo tiempo que mantiene la claridad de sus planteos, el artista nos obliga así a apreciar los cambios de texturas. Recuerdo que cuando Fernand Léger se sumó al cubismo, alguien bautizó su obra de "tubista", ya que los cubos habían sido sustituidos en sus telas por tubos. Algo de esto ocurre con las formas de Agatiello, si bien se mantienen abiertas en muchos casos, pues las esferas o semiesferas alternan con planos rectilíneos. El conjunto está orquestado dentro de las más variadas gamas: azules, pardos y violetas, entremezclados con algunos naranjas.
Me encanta subirme a estas naves intergalácticas de Mario Agatiello y acompañarlo en sus grandes vuelos imaginativos. Sus pinturas amables y humanas nos invitan a volar en poltronas de primera clase, por lo que yo al menos le quedo muy agradecido.






