
Sobre el amor y la originalidad
El escritor argentino y académico de Francia evoca en este diálogo la relación que unió a Victoria Ocampo y a Roger Caillois, tema de la conferencia que pronunciará el próximo jueves, a las 18.30, en La Nación ; se refiere a la figura de Borges y habla de su próximo libro Comme la trace de l´oiseau dans l´air .
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DESDE que en 1997 ingresó en la Academia Francesa, las entrevistas con Héctor Bianciotti vuelven una y otra vez sobre aquel hecho excepcional. Es, tal vez, comprensible. Se trata del primer escritor argentino que forma parte de la institución (el caso de Joseph Kessel, que también fue académico francés, no cuenta, ya que si bien nació en la Argentina, no escribió nunca en español). A partir de que Bianciotti se convirtió en "inmortal", su obra e intereses literarios comenzaron a quedar en un discreto segundo plano en muchos de los reportajes sobre él que se publicaron en nuestro país. "Es natural -dice sin ironía ni rencor, en su departamento parisiense de la Rue Meslay- porque en la Argentina mis libros son desconocidos. Nadie los lee."
El camino de los exilios del escritor cordobés es conocido: dejó la Argentina en 1955 y el castellano como lengua de expresión tres décadas después, al publicar Sans la Miséricorde du Christ (1985). Las dos fechas, la doble distancia, geográfica y lingüística, son a su entender razones suficientes para aquella supuesta indiferencia ante sus libros. Bianciotti es una de las escasas excepciones que contradicen la norma de que la lengua materna es la patria de un escritor. Habla en un castellano sereno, pausado. De vez en cuando se detiene para buscar la palabra exacta porque, asegura, piensa en francés y tiene que traducirse a sí mismo antes de dar una respuesta.
Aunque no parece plantearse la pertenencia a tradición alguna, cierta fatalidad argentina -como la definió tiempo atrás- parece perseguir a este hombre de 69 años, que aparenta quince menos. En la modernísima, babélica Biblioteca Nacional de Francia, los libros de Samuel Beckett (otro nómade lingüístico que escribió la parte central de su obra en la lengua de Stendhal) figuran en los anaqueles correspondientes a los autores franceses. Los de Bianciotti, en cambio, no están muy lejos de los de Borges y al lado de los de Bioy Casares, en el apartado dedicado a los escritores argentinos.
Después de la consagración académica, Bianciotti regresó a la Argentina tras muchos años de ausencia. Visitó el país en 1996 y en 1997, en esta última oportunidad como integrante de la comitiva del presidente Jacques Chirac, que lo eligió como eslabón y prueba de los lazos franco-argentinos. Ahora, retorna nuevamente, para dar dos conferencias sobre dos "temas argentinos": la larga y compleja amistad entre Victoria Ocampo y el escritor francés Roger Caillois, por un lado; Borges y el concepto de originalidad, por el otro. En Francia, además, está por aparecer su nueva novela, Comme la trace de l´oiseau dans l´air , que será publicada a fines de agosto.
De la pasión a la amistad
El ahora académico francés dejó la Argentina después de escuchar un consejo de otro escritor, Juan Rodolfo Wilcock (también éste, curiosamente, emigró y empezó a escribir en otra lengua, el italiano). Sufrió hambre en Italia, su primera escala europea, vivió cuatro años en España y finalmente recaló en París, en 1961. "No volvería a pasar por lo mismo", reconoce hoy, al rememorar aquel difícil período, el viaje en barco y el sórdido barrio romano donde vivió durante los primeros días de su estancia europea. "Sólo sabía una cosa: que podía morirme en el intento, pero que no iba a volver."
A menudo, Bianciotti es considerado como un heredero indirecto del espíritu cosmopolita que rodeaba a la revista Sur , dirigida por Victoria Ocampo. "La vi dos veces solamente -cuenta-. La primera fue en Mar del Plata, un encuentro muy breve, y después en la década de los setenta, aquí en París. Buscaba rodearse de gente joven, porque la mayoría de sus conocidos había muerto y la ciudad la entristecía."
La figura de Victoria Ocampo parece haber sido revalorizada en París tras la publicación en 1997 del epistolario que mantuvo con Roger Caillois. Precisamente con éste, el narrador cordobés tuvo un contacto fluido que le permite pintarlo de cuerpo entero. Para describirlo, apela a un recuerdo: la última vez que lo vio, pocas semanas antes de su muerte en 1978, Caillois le mostró a contraluz, en el living de su casa, el corazón de un ágata. "Caillois nunca fue un escritor excesivamente célebre, aunque sus libros se siguen reeditando. Era un hombre profundamente inteligente que tenía una pasión: las piedras, o mejor dicho, las formas que se encuentran en el corazón de las piedras. Estaba convencido de que el número de formas en el universo es limitado y eso lo llevó a largas y ricas investigaciones para probarlo."
El primer encuentro del por entonces joven intelectual francés y Victoria Ocampo había ocurrido en París en 1939. En aquellos tiempos, Caillois había fundado junto con Georges Bataille y Michel Leiris el Colegio de Sociología, una asociación que se disponía a estudiar lo "sagrado" en el mundo. La Segunda Guerra lo sorprendió en Buenos Aires, adonde había llegado por invitación de la directora de Sur . Victoria y Caillois vivían entonces una profunda pasión. El permaneció en la Argentina hasta el fin de la contienda y se convirtió en un ferviente admirador de Borges. De regreso en París, Cail-lois se ocupó de divulgar internacionalmente la obra borgeana en la colección de literatura latinoamericana que fundó y dirigió, La Croix du Sud . "En los últimos años de su vida, Caillois no hablaba mucho de la Argentina pero, apenas terminada la guerra, cuando volvió a instalarse en Francia, le costó mucho readaptarse. Tenía nostalgia. Es algo muy explícito en sus cartas de la época a Victoria Ocampo. Después encontró la manera de suplir las ausencias. Sobre todo, publicando aquella antología de relatos de Borges, a la que le puso un título que, por más borgeano que parezca, nadie había utilizado con relación a la obra de Borges: Laberintos. "
Para Bianciotti, el mayor interés de la correspondencia entre Victoria y Caillois no reside tanto en la manera como documenta los lazos entre las culturas, argentina y francesa, de aquella época, sino en el aspecto íntimo del vínculo que unía a los dos escritores. "Se trata ante todo de una historia de amor ejemplar. En sus últimas cartas, Caillois le escribe a Victoria que, con el tiempo, ha aprendido a apreciarla, a quererla cada vez más. Ella le contesta que le sucede lo mismo. Es el último intercambio. El muere en diciembre de 1978 y ella morirá apenas unas semanas después."
El estado anímico de Caillois no era bueno durante aquel último encuentro, cuando le hizo observar a nuestro compatriota el corazón de un ágata a contraluz. "Estaba deprimido, había dejado de escribir. Le ocurría, creo, lo que a muchos escritores: le habría gustado ser Borges." Bianciotti parece haber encontrado una veta, una excusa, para volver a hablar de la originalidad del autor de El aleph .
"La idea surgió de una frase de Borges. Temía que algún día alguien descubriera que no era sino un impostor. Lo decía, sobre todo, por la enorme cantidad de citas que hay en sus obras. Comencé entonces a investigar la idea de originalidad y me di cuenta de que el concepto es muy nuevo, que surge tan sólo en el siglo XIX. Alguien como Dostoievski, por ejemplo, enlazaba secciones de sus novelas con párrafos enteros tomados de Eugéne Sue y a nadie parecía importarle. Otro gran citador es Montaigne, el primer escritor verdaderamente intimista, al que Borges admiraba particularmente. En sus textos vemos que, a veces, pone las citas entre comillas, pero muchas otras, no. Si nos retrotraemos aún más, en las Confesiones de San Agustín, que para mí es uno de los mejores libros de todos los tiempos, vemos que el autor pone en su boca frases de Aristóteles sin nombrarlo. No hacía falta. Creo que, a través de ese prisma, es posible ver a Borges bajo una nueva luz. Aunque, por supuesto, una investigación de este tipo no puede determinar en qué consiste su originalidad. La originalidad depende del genio de un escritor y el genio es inexplicable."
Autoficción
A partir de los años ochenta, Borges se convirtió para Bianciotti en una obsesión. Junto a María Kodama, acompañó al autor de Ficciones durante su último año de vida e incluso en el momento de su muerte. Además, Borges está presente como personaje en buena parte de la novela que Bianciotti terminó de corregir en diciembre del año último.
Bianciotti no se siente muy cómodo cuando le toca hablar de su obra. Sus respuestas son concisas, tajantes y elusivas. Desde Los desiertos dorados (1967) hasta hoy, sus libros han recorrido un sinuoso camino. La pasión por el detalle y la precisión lingüística podrían ser las credenciales de presentación del académico. Cuando se le pregunta si ve su obra, dividida en dos idiomas, como una y la misma, responde que nunca se relee: "Por eso me cuesta pensar en mi obra de una u otra manera. Sí puedo decir, en cambio, que, en mis libros escritos directamente en francés, me hallé como escritor. En castellano no tenía el sentido ni la conciencia de estilo que tengo en francés. Sólo ahora siento que puedo trabajar la frase como me gusta, hacerla más sencilla para el lector y, al mismo tiempo, más elaborada". Algunos de sus textos en castellano, no obstante, podrían desmentir esta afirmación. Pero, cuando se le cita como ejemplo el cuento "Las iniciales", incluido en El amor no es amado , no se muestra convencido. "Mi objetivo como escritor era el mismo, pero me sentía menos responsable. En francés, tal vez por el temor a cometer errores, soy mucho más cuidadoso. Y ahora, que estoy en la Academia, ¡no se puede imaginar!".
Nabokov, estilista mayúsculo, debía aceptar eventualmente alguna corrección en su lengua de adopción, el inglés. Bianciotti confiesa que, inevitablemente, siempre hay algo que corregir, pero no siente ningún tipo de parentesco con otros esforzados nómades linguísticos que recalaron en el francés, como los rumanos Cioran y Ionesco (que también formó parte de la Academia) o el ya citado Beckett. Su paso de un idioma a otro no ha dejado cicatrices.
Comme la trace de l´oiseau dans l´air continúa la serie autobiográfica que denomina autoficción y que comenzó con Lo que la noche le cuenta al día y El paso tan lento del amor . "Nunca lo pensé así, pero sí, podría decirse que es un proyecto de diez años y tres libros". La novela de próxima aparición también continúa la tradición de títulos sugestivos, de frases largas que parecen marcadas por puntos suspensivos, algo que puede ligarse a sus comienzos poéticos.
"Como todo adolescente quise ser poeta -contesta cuando se le sugiere esto- pero no llegué demasiado lejos. Publiqué sólo un par de sonetos cuando tenía 17, 18 años." ¿Autoficción o comprobación efectiva de que a Bianciotti le desagrada la relectura? Se le cita un poema largo, hallado en una oscura revista. Lleva su firma y no está compuesto ni por cuartetos ni por tercetos. "Ah, puede ser. Hace un tiempo unos amigos me mandaron una copia de una revista en la que me señalaban un poema. Lo empecé a leer por curiosidad, sin saber de qué se trataba. Sólo cuando llegué a la última línea, donde había una alusión a un verso de Silvina Ocampo, me di cuenta. Lo había escrito yo, pero no recordaba absolutamente nada."
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