
Solos en la ciudad
La japonesa Hiromi Kawakami retrata en El cielo es azul, la tierra blanca la incertidumbre que predomina en los vínculos amorosos contemporáneos
1 minuto de lectura'

<b><i> El cielo es azul, la tierra blanca </i></b>
Si no fuera por el subtítulo de la edición en español, Una historia de amor, esta novela de Hiromi Kawakami (Tokio, 1958) podría leerse como una parábola sobre la distancia que dos personas deben mantener para establecer un vínculo y los riesgos que conlleva esa misma distancia. Su título original, Sensei no Kaban, recién se recupera en el capítulo final, “El maletín del maestro”. Kawakami estudió Ciencias Naturales y trabajó como profesora de Biología en la escuela secundaria. En 1994 publicó su primera novela. Ha recibido varios premios literarios y se ha convertido en una narradora muy popular en su país. En 2001, ganó el premio Tanizaki por El cielo es azul, la tierra blanca (título de la edición española que replica la matriz del par, además de apelar al universo semántico atribuido a la literatura japonesa), que fue llevada al cine unos años después.
Harutsuna Matsumoto es un profesor jubilado, amante de los poetas clásicos japoneses, viudo y padre de un hijo. Tsukiko Omachi, de 38 años, soltera, ex alumna del “maestro”, como ella lo llama, trabaja como empleada en una oficina. Los dos están solos en la ciudad. Ambos se reencuentran en un bar, adonde llegan para beber -a lo largo del texto se consumen litros de sake y cerveza- y comer platos exóticos para el paladar occidental. Esos encuentros se multiplican, continúan en la casa del maestro, se transforman en salidas y citas formales. Los retraimientos que a veces provoca la preferencia por un equipo de béisbol o el ingreso en la acción de personajes que alteran el apacible binomio redundan en reconciliaciones discretas o cursis.
Tsukiko, la narradora, se presenta así: “Yo, sin embargo, todavía no me podía considerar una ‘adulta’ hecha y derecha. Cuando iba a la escuela primaria era bastante madura. Empecé a estudiar secundaria y luego pasé a bachillerato, pero mi nivel de madurez disminuía a medida que transcurrían los años. Nunca me he llevado bien con el tiempo”. Tampoco con el amor. El maestro, en cambio, aparece bajo la luz de la mirada, al principio neutral, luego curiosa y divertida, de Tsukiko. La relación del hombre con objetos casi muertos (viejas pilas a las que aún les queda un resto de vida), con el pasado literario (un poema de Seihaku Irako abre la historia y otro la cierra), su amor por la caligrafía y los modales anticuados, a la vez que acortan la distancia ente ambos, lo dotan de un perfil definido y central.
La organización narrativa de El cielo es azul, la tierra blanca cumple con una de las prerrogativas del discurso amoroso: “Desde el origen, ávidas de representar un papel, las escenas se ponen en posición de recuerdo”. Aquí las escenas son los diecisiete episodios que, sin perder su carácter autónomo, constituyen una constelación de apetitos sensuales, embriaguez no sólo amorosa, duelo y metáfora. Elegía moderna que honra sus lazos con una tradición literaria hipercodificada (a veces uno lamenta la abundancia de cerezos en flor, alcanforeros, teteras, nubes que ocultan y desocultan lunas llenas y los infaltables haikus), El cielo es azul... pone en primer plano los efectos de la desazón contemporánea, a la que, como mudamente sugieren sus protagonistas, sólo resta asimilar como voluptuosidad, deseo y decoro.
1- 2
Balance positivo: Arco cierra con alto protagonismo de las galerías y los artistas argentinos
- 3
“Vende humo”: Marcelo Birmajer critica a Yuval Noah Harari y a otros intelectuales israelíes por el “silencio” ante la guerra
4Del libro a la pantalla: las adaptaciones que marcarán el cine y el streaming en 2026


