
Un palacio con destino cultural
Tras marchas y contramarchas, fue inaugurado en Córdoba el Museo Superior de Bellas Artes Palacio Ferreyra, que forma parte de la "media legua de oro cultural", iniciativa impulsada por el gobernador José Manuel de la Sota, que coloca a la provincia en la cima de la oferta de arte en el interior.
No fue fácil el camino recorrido para que el imponente edificio, construido por encargo de Martín Ferreyra en la primera década del siglo XX, albergara la colección de pintura y escultura del patrimonio provincial procedente del Museo Emilio Caraffa, que será ahora sede del arte contemporáneo con un anexo destinado a instalaciones y obras de gran formato.
La media milla del arte suma la ex cárcel del Buen Pastor, hoy un paseo con danza de las aguas y vista a la iglesia de los Capuchinos, cuya arquitectura ecléctica la convierte en uno de los trabajos más logrados del artista y constructor Augusto Ferrari, padre de León, distinguido hace dos semanas con el León de Oro de Venecia.
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Córdoba merecía recuperar los laureles de la "docta" y lo ha hecho de la mejor manera con este nuevo museo ubicado frente a la plaza España, rodeado de un parque proyectado por Carlos Thays. El "palacio", para los cordobeses, y la "casa grande", para los Ferreyra, conserva su fachada original y exhibe en su interior una sorprendente transformación, que ha merecido elogios y algunos dardos por la rama dura de defensores del patrimonio. En el otro extremo se ubican los pragmáticos, que señalan la imposibilidad de mantener un edificio de esta naturaleza sin un proyecto autosustentable.
Dos temas quedan pendientes: saldar la deuda con los originales propietarios, porque, al parecer, el valor pagado por el gobierno en la expropiación dista mucho de la cotización real, y explicar por qué, ante la oportunidad de una obra de esta magnitud, no se llamó a concurso público, aunque el estudio Gramática, Guerrero, Morini, Pisani y Urtubey haya hecho un trabajo notable en línea con estándares internacionales, con detalles de excelencia oportunamente señalados por Pablo Canedo, responsable de la agencia Córdoba Cultura.
Las doce salas exhiben 500 obras de la colección del Museo Caraffa, fundado por Ramón Cárcano en 1914. Visionario y sensible, Cárcano compró en 1926 Las bailarinas , de Pettoruti. Se jugó por el introductor del cubismo en nuestro país, que un año más tarde era condenado por la crítica conservadora. El núcleo del museo es la pintura cordobesa de la mejor estirpe, con obras de Vidal, Malanca, Octavio Pinto, Pedone, Coutaret (sobrio) Farina, Cerrito, Cordiviola y los cordobeses adoptivos Fader, Spilimbergo y Carlos Alonso, incluida la serie Manos anónimas , más las donaciones Mirizzi y Remorino y los premios de las cuatro bienales de IKA de los años 60.
Martín Ferreyra, un médico que hizo fortuna con las canteras de Malagueño, se mudó a la casa grande, proyectada por el francés Sansón, con su mujer, Mercedes Navarro Ocampo, y sus siete hijos, en 1916. Murió dos años después. Queda para siempre el gesto grandioso de un hombre capaz de encargar un palacio con un hall más grande que Buckingham.
Allí mismo se exhiben hoy las cuatro estaciones de Malanca y un Octavio Pinto de quilates. El palacio de los Ferreyra ingresó ya en el itinerario del arte mayor de la Argentina del siglo XX.



