Un prisma original

En El nervio óptico, de María Gainza, la vida resulta observada a través del arte y la experiencia estética. Por Matías Capelli
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13 de marzo de 2015  

Cuenta María Gainza, promediando El nervio óptico, que cada vez que mira de frente Mar borrascoso, el cuadro de Gustave Courbet que está exhibido en el Museo Nacional de Bellas Artes, siente una puntada en el cuerpo, como si algo se comprimiera adentro de ella. "Es una sensación entre el pecho y la tráquea, como una ligera mordedura." La autora revela que ha llegado a respetar esa puntada, a prestarle atención, porque a menudo su cuerpo alcanza conclusiones antes que su mente. "Más tarde, rezagado, llega a escena mi intelecto con su incompleto kit de herramientas." Estas líneas, pertenecientes al texto "Refucilos sobre el agua", operan como una certera autodefinición del estilo, de la estrategia que Gainza viene desplegando desde hace más de una década a la hora de escribir sobre artes visuales, un campo en el que se destaca por su agudeza, gracia y desparpajo.

Porque lejos de la prosa marmórea y cerebral, lejos de parapetarse en teorías críticas o jergas académicas, su escritura opera en la intemperie y echa mano a las armas del ensayismo crítico, de la narrativa y del mejor periodismo cultural para expandir sentidos y trazar conexiones inesperadas.

El nervio óptico comparte con Textos escogidos, un compilado de ensayos sobre arte argentino contemporáneo que publicó en 2011, rasgos definitorios: la forma breve que se abre y cierra sobre sí misma, la prosa grácil y sensitiva, y una habilidad inusual para alumbrar comparaciones elocuentes, para traducir a la letra impresa el movimiento fascinado de la mirada y esas ligeras mordeduras que asaltan su cuerpo, para describir e interpretar la experiencia estética. Pero al mismo tiempo, El nervio óptico da un paso más allá al abismarse a la autobiografía y al cortar amarras con la escena contemporánea, sus guiños y sobreentendidos. Mientras que en Textos escogidos predominaba la tercera persona y los protagonistas eran artistas argentinos contemporáneos en boga o en ciernes, en su segundo libro Gainza alterna entre la primera, la segunda y la tercera persona y abre totalmente las compuertas de la subjetividad.

Los once textos que componen El nervio óptico tienen una estructura recurrente y dan forma a un tapiz heterogéneo y compacto a la vez. Por un lado hay siempre un hilo oscuro que se desprende de la madeja de la intimidad: un fragmento de la historia familiar (una familia porteña de alta alcurnia), la relación siempre tirante con la madre, un hermano díscolo, una amiga excéntrica, la intermitencia del amor, la enfermedad propia o de los seres queridos. Por el otro, hay siempre un hilo dorado que brota de la experiencia estética frente a ciertos cuadros, frente al derrotero vital de ciertos artistas: Jackson Pollock, El Greco, Alfred de Dreux, Cándido López y Tsuguharu Foujita, entre otros. A ellos Gainza les concede el mismo estatuto que a familiares, amigos y parejas; esto es, personas de carne y hueso que tienen o han tenido una incidencia palpable, indeleble en su educación sentimental.

El espacio de su primer libro eran las galerías y los estudios de artistas; en El nervio óptico, en cambio, el espacio es o bien público (el museo, la ciudad, la playa), o bien íntimo, puertas adentro; antes el objeto era claramente el arte contemporáneo, ahora es algo mucho más hondo e inasible: la propia vida observada a través del prisma del arte y la escritura.

El nervio óptico

Por María Gainza

Mansalva

154 páginas

$ 148

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