
Un prodigio narrativo
LOS FRONTERIZOS Por Peter Hoeg (Tusquets)
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CON cuarenta años recién cumplidos, Peter Hoeg es el escritor danés más exitoso desde Isak Dinesen. Vive en las afueras de Copenhague, no tiene televisión ni teléfono ni coche y, antes de dedicarse a la literatura, fue bailarín de ballet, actor, alpinista y marinero. Detesta la vida pública ("es una enorme aspiradora dispuesta a absorberlo todo", ha dicho alguna vez) y casi nunca concede entrevistas. Comenzó a escribir en 1987 y ha publicado cuatro libros. La señorita Smila y su especial percepción de la nieve (1992), su segunda novela, fue traducida a diecisiete idiomas y llevada al cine por el director sueco Bille August. Los fronterizos (1993, recientemente publicada por Tusquets), su última obra, lo confirma como un autor rabioso y audaz, una figura mayor entre los narradores europeos de su generación.
"Considero que estoy en una etapa de aprendizaje, cada libro mío es un experimento", señaló Hoeg al presentar la edición inglesa de La señorita Smila. En ese caso, el ejercicio consistía en narrar una historia de suspenso en un paisaje marcado por las preocupaciones del autor: la soberbia del cientificismo, la rebeldía, las claudicaciones que supone la adultez. Violenta y tierna, la novela también es un alegato contra la racionalidad ciega y una exacta reflexión sobre el multiculturalismo en tiempos que no se entusiasman con la diferencia. Casado con una bailarina keniata, Hoeg encuentra en la mestiza Smila (hija de madre esquimal y padre danés) el mismo destino de confusión íntima y desconfianza social que parece adivinar para su propia descendencia. En este sentido, La señorita Smila no es sino un texto de ideas, desafiante y opuesto al modelo de literatura escandinava encarnado en el triunfal sentimentalismo de El mundo de Sofía, del noruego Jostein Gaarder.
En Los fronterizos, Hoeg no se aleja de las huellas dejadas por su libro más célebre. Esta vez, el aprendizaje narrativo del autor se instala en el colegio Biehl, escuela media que educa para un mundo "en el que te despojan de las personas y las cosas; en el que te arrancan del lugar en el que quieres estar; en el que alguien apaga la luz haciendo que te precipites en el miedo; y que no tiene por qué ser por maldad, sino porque es inevitable". Peter, Katarina y August, tres niños abandonados en algún lugar entre la incapacidad mental y la normalidad, tienen pocas posibilidades de sobrevivir en ese universo feroz que, por otra parte, no aceptan ni comprenden. Amparado por las tendencias psiquiátricas más liberales, el colegio Biehl se asume como "una máquina divina de ennoblecimiento" y promueve su integración social. Pero desde el punto de vista de estos chicos, las buenas intenciones apenas si serían parte de una conspiración mayor, general, orientada hacia algún fin siniestro que ignoran.
Aunque la escuela es la última oportunidad para los protagonistas ("luego vendrían los sanatorios y se acabó") un miedo maleducado y atroz les impone la fuga. Esa libertad incipiente, parte del mundo que los rechaza, ahuyentará la sensación de estar a prueba; sin embargo, terminara por arrojarlos ala soledad y a la muerte. Provocadora y muy crítica del progresismo de los años 70, Los fronterizos se pone en la piel de aquellos que, incapaces de reconocer las reglas de la realidad, "entienden más cosas porque están en el límite". Justamente, la verosimilitud de la voz de unos niños en el precipicio de la deficiencia mental es el mayor mérito del texto y lo convierte en un prodigio narrativo. Un detalle, no menor, explicaría la asombrosa exactitud literaria de esa mirada infantil: en la página 289, a menos de cuarenta del final, el personaje Peter es adoptado por la familia Hoeg. Confiar o no en la identidad de ese niño es otro de los retos que plantea esta novela cruel, dolorosa e inolvidable. (326 páginas).
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