
Un proyecto bajo la lupa
El Tate Modern, extensión de la prestigiosa pinacoteca londinense, ocupa una usina eléctrica reciclada que, según el autor de esta nota, "devora" todo lo que allí se exhibe.
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LONDRES.- EL Tate Modern, nuestro nuevo museo de arte moderno, tallado en la antigua usina de Bankside, es la primera galería del mundo donde, finalmente, la colección en sí ha pasado a ser un elemento irrelevante que distrae la atención.
Creíamos que el Guggenheim de Bilbao era un ejemplo insuperable de cómo la arquitectura puede "robarle la escena" al arte, pero no. Sólo la vastedad aterradora de la sala de turbinas de una vieja usina pudo aplastar definitivamente las pretensiones del arte moderno. En tal contexto, cualquier intento de los artistas es insignificante, en el mejor de los casos, o inútil, en el peor. Pero no es ésa la cuestión, ni el motivo por el que millones de personas afluirán allí, y con razón.
La gran idea artística del siglo XX, surgida en 1917 por cortesía del dadaísta Marcel Duchamp, fue lo "prefabricado" ( ready-made ). Encontramos un objeto industrial de producción masiva, lo firmamos, le damos un título provocativo y declaramos que eso es arte.
Los artistas conceptuales de hoy, los que, casi año tras año, emergen para competir por el Premio Turner del Tate, le deben todo a Duchamp. Su broma funcionó; cambió el rumbo del arte. Como lo ha advertido Baudrillard, en realidad hizo más: reemplazó el arte por la "idea del arte". ¿Qué tiene que ver con esto la nueva galería del Tate?
En el umbral del siglo XXI, el Tate se topó con el más grande de todos los ready-mades : la usina de Bankside. Entre los edificios inverosímiles convertidos en museos de arte, se destaca el Museo d´Orsay, en una antigua terminal ferroviaria de París, donde la nueva arquitectura es intrusiva, pero ninguno alcanza esta escala heroica.
Pese a su tamaño, el edificio prácticamente pasaba inadvertido; era tan sólo una vieja usina. Allí está todavía, pero el polvo mágico del arte (a un costo de 134 millones de libras) lo ha transformado en una mole representativa. Fieles al espíritu de Duchamp, sus nuevos dueños lo firmaron y le dieron un título: Tate Modern. Pero fueron más allá al poner en su interior las demás artes. Sin duda, Tony Blair llamaría a esto un "cambio de paso" en nuestras percepciones culturales. ¿Colocar el arte dentro de un enorme objeto artístico prefabricado? ¿Qué efectos causa eso en el interior de nuestra cabeza? Muchos, y no todos buenos. Tomemos por caso la famosa sala Rothko, un espacio aislado que invita a meditar contemplando las telas de Mark Rothko. En el viejo Tate, era simplemente una habitación dentro de un edificio. Trasladada a Bankside, la sala impresiona de manera distinta.
Para llegar hasta ella debemos atravesar el objeto prefabricado más espectacular. Por consiguiente, nuestra reacción frente a los Rothko está teñida de nuestro conocimiento de lo que hay al otro lado de su puerta. Es como si nosotros y Rothko estuviésemos en el vientre de una ballena. En tales circunstancias, cabe suponer que nuestra apreciación de Rothko se vería alterada por la idea de la ballena.
No bien entramos en esta mole comprendemos que ningún artisa puede proporcionarnos una experiencia equivalente. Nos sentimos dentro de un espacio cubierto tan desmesurado, que podríamos atravesarlo pilotando un avión.
Las centrales eléctricas suelen compararse con las catedrales y, en verdad, ésta fue proyectada por un arquitecto de catedrales: sir Giles Gilbert Scott. Con el piso rebajado al nivel del subsuelo para maximizar el efecto de altura, la sala de turbinas se asemeja a una plaza urbana alargada. A ambos lados se alzan, infinitas, las macizas columnas remachadas de la Lanarkshire Steel Company. Si tenemos suerte, por encima de nuestra cabeza se deslizarán las retumbantes grúas de pórtico eléctricas fabricadas por Sir William Arrol & Co., de Glasgow. En este gran espacio se oye el zumbido de la estación transformadora que aún funciona en la parte sur del edificio. Es una escultura sonora prefabricada, que incluso tiene su propio ruido especial "encontrado".
Quien haya visto los generadores ciclópeos de la antigua sala de turbinas, sabrá que la enorme escultura de Louise Bourgeois, semejante a una caldera de acero, es un sustituto muy pobre. No me refiero a su valor artístico, sino únicamente a que, en este escenario, no tiene la menor posibilidad de ser apreciado. Rondan los espectros de las verdaderas máquinas. Tal vez, deberían haber dejado sus esqueletos. Así, el Tate Modern habría resultado mucho más barato, pero nos habrían negado el goce de este ámbito inigualable.
Cuando construyeron la usina, Londres era todavía una ciudad chata. Su alta chimenea central era una terrible intrusión visual en un horizonte dominado por la cercana catedral de Wren. Hoy, los dos edificios poseen un valor cultural cuando menos equivalente, aunque algunos dirán que el nuevo Tate ejerce una mayor influencia internacional que St. Paul.
La adjudicación, por concurso, del reciclaje de Bankside a los arquitectos suizos Jacques Herzog y Pierre de Meuron provocó bastantes polémicas. Su proyecto parecía ser el más parco en alteraciones. Un concursante quería suprimir la chimenea alegando, con absoluta lógica, que era un estorbo inútil. El enfoque más sutil de los suizos dio resultado. Amaban la mole por lo que era: un ready-made . Herzog se limitó a insertar un hogar sencillo, ridículamente pequeño, en la parte interior de la chimenea.
Las suites de galerías, con sus pisos de roble sin pulir y sus rejas de hierro, son agradables. Desde algunas se ve el exterior, cosa inusual en las galerías de arte. Los arquitectos hasta logran desafiar, y superar, la exquisitez modernista del conjunto con la fealdad de algunas escaleras y barandas negras. Sin embargo, constituyen un espectáculo literalmente colateral, pues todas quedan a un costado del edificio. El gran espectáculo es la inmensa sala de turbinas. Es un hallazgo tan cautivante, que la colección de arte moderno del Tate, más bien pobre y deshilvanada si la juzgamos por los estándares internacionales, parece incidental.
¿Importa esto? En absoluto. Aquí el arte es un mero pretexto. Londres tiene un nuevo punto de reunión de primer nivel y para todo público.



