
Una mujer discreta y crucial
"Usted era buena, se portaba bien, crecía incesantemente en estatura moral y hasta material, y le dedicaba una sonrisa al loco distante que le escribe y la quiere." Esto le escribió Julio Cortázar a Aurora Bernárdez en una carta de octubre de 1977. Se habían separado hacía diez años, pero el encuentro entre ellos había sucedido de una vez para siempre.
Hay pocas personas más discretas que Aurora. A eso la habrá predispuesto tal vez su oficio de traductora. La traducción es la más invisible y desinteresada de las tareas, pero cuando leemos La náusea, de Sartre, o Las ciudades invisibles, de Italo Calvino, o El cuarteto de Alejandría, de Durrell, la lee en verdad a ella. La prosa de ellos es para nosotros la de ella y, esto, que vale para todo traductor, se vuelve central en su caso: esas traducciones fueron y siguen siendo tan buenas porque había detrás una auténtica escritora.
Esa discreción profesional no le impide ocuparse con devoción de cada papel, de cada carta de Cortázar, una tarea a la que se le debe el volumen Papeles inesperados y los varios volúmenes de correspondencia con amigos y conocidos que reunió y cuidó junto con el experto Carles Álvarez Garriga. De Aurora, que siempre habló tan poco en público, queda la expectativa de una biografía, un testimonio, una memoria.
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