
Vermeer visita el Museo del Prado
Nueve pinturas del maestro de Delft, en una excepcional muestra del interior holandés
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MADRID.- Con Vermeer nunca habrá dudas, ni aparecerán obras de su autoría en ninguna pinacoteca del planeta, porque todas están debidamente documentadas.
El artista de Delft pintó sólo 35 cuadros en su vida, que están distribuidos en museos y colecciones de siete países: Estados Unidos, Holanda, Alemania, Austria, Francia, Irlanda y Gran Bretaña. La sola existencia de esas obras hace felices a quienes aman el arte y tienen el privilegio de disfrutarlas, y si quedara algun escéptico, lo cual es dudoso tratándose de Vermeer, puede consultar el texto inolvidable que años atrás escribió Fernando Savater a propósito de La vista del Delft. Ese paisaje sereno de un pueblo devenido universal fue amado hasta su muerte por uno de los personajes de Proust
Jan Vermeer (1632-75) murió joven y conoció tarde el reconocimiento de sus pares. Su obra fue prácticamente ignorada hasta el siglo XIX, cuando su estilo psicológico para retratar el mundo femenino en la intimidad burguesa lo convirtió en un artista de culto.
Su temprana muerte fue una tragedia. Dejó una viuda joven, con once hijos, inmensas deudas y cerca de cuarenta pinturas. Vermeer se tomaba su tiempo para pintar y prefería siempre el pequeño formato. De sus contemporáneos, y esto puede comprobarse en la muestra del Prado con claridad, es Pieter de Hooch quien más se acerca a su visión del interior holandés; a los ambientes descriptos con obsesiva precisión, en los que predominan los símbolos del status propio de una vida acomodada. Cobran singular importancia los instrumentos musicales, los mapas y las referencias a una realidad misteriosa que parece guiar la mano del artista. Las mujeres hacendosas son las protagonistas de su obra, salvo en El geógrafo, que estáen el StŠdelsches de Francfort y en El astrónomo, propiedad del Museo del Louvre.
Una mudanza histórica
Desde el martes, nueve pinturas de Vermeer se exhiben en el Prado para gozo de los españoles, que en la casa de Velázquez reciben al maestro de la luz escoltado por sus contemporáneos holandeses: De Hooch, Metsu, Ter Borch, Mieris, Maes, De Witte.
Fueron los reyes Sofía y Juan Carlos, acompañados por la ministra Pilar del Castillo, los encargados de abrir las puertas a una muestra que enriquece la escena cultural madrileña en un momento de esplendor único.
Si hay algo que caracteriza la obra de Vermeer es su cualidad para eternizar el instante. El tiempo se vuelve infinito en el gesto de La mujer con aguamanil (Museo Metropolitano de Nueva York), que al abrir la ventana deja entrar la luz otorgándole mayor crédito a la escena intima, que imaginamos matinal, y hasta con perfume de lavandas.
El refinado crítico de El País Francisco Calvo Serraller confirma lo que todo el mundo ha pensado al recorrer el miércoles las salas del Prado: es un acontecimiento histórico, que habla de la simpatía de los museos del mundo hacia la institución española.
Y Calvo Serraller conoce el paño. Fue director del Prado durante el gobierno de Felipe González , cuando era ministra de Cultura la abogada Carmen Alborch. El sabe que lo pesa, y lo que cuesta, montar una muestra de estas características.
No hay en toda España una sola pintura de Vermeer. La mudanza de los nueve cuadros, patrocinada por el BBVA, ha sido una larga tarea; delicada como los interiores burgueses del maestro de Delft. En el caso concreto de la National Gallery de Washington, el Museo del Prado ha cedido en contraprestación 15 dibujos de Goya y las dos majas.
La mudanza de las majas levantó una polvareda similar a la que años antes había provocado el traslado del Guernica, de Picasso, del Casón del Buen Retiro (dependencia del Prado) al Museo Centro de Arte Reina Sofía, para integrar las colecciones del siglo XX.
Entre las obras cedidas en calidad de prestamo se destaca El arte de la pintura, procedente del Kunsthistoriche, de Viena, obra que los críticos ubican a la altura del Velázquez de Las Meninas. Una oportunidad única para que el visitante saque sus propias conclusiones.
La fiebre por Vermeer ha obligado a extender los horarios del museo que abrirá sus puertas los lunes para visitas previamente acordadas por teléfono. También hay un gran shopping consagrado al merchandising de la obra y la historia del maestro de Delft.
En este terreno también los españoles han comenzado a sintonizar con las estrategias de quienes inventaron el marketing cultural. No en vano tres de la mejores obras expuestas han llegado de la tierra de mister Bush.
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