Vuelo anónimo
El trabajo de un limpiador de vidrios no es cualquier trabajo. Cada tanto los vemos, suspendidos a veces a alturas impensables, aparentemente cómodos –sin duda sin vértigo–: un ser humano apenas bamboleante sobre su sillín, dejando impecables los ventanales de rascacielos, edificios más o menos elevados, espacios abiertos a lo aéreo de cada ciudad. En el caso de esta imagen, la altura no parece ser tanta, aunque la danza del limpiador –el cuerpo que se contornea junto a cepillo, agua, jabón y cables de seguridad–, incluso detenida en el instante de la foto, es inconfundible. Estamos en San Petersburgo, tras los anaqueles de una librería donde también se puede tomar algún café. Las dos mujeres que conversan y se dejan llevar por la tarde y el refugio del lugar no parecen haber siquiera registrado la presencia del hombre suspendido a escasa distancia de sus cabezas. De anonimato también está hecho su oficio.
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