Y la ropa todavía en el cordel
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Si existiera una enciclopedia de la galaxia y se listaran allí las maravillas planetarias, los océanos terrestres figurarían a la par de los espléndidos anillos de Saturno o el colosal monte Olimpo, en Marte, que es dos veces y media más alto que nuestro Everest. Es así, la Tierra es el único mundo de este sistema que tiene océanos, y vaya si son abrumadores, por su inmensidad, su belleza y su furia.
Al final de la ecuación está el agua, esa molécula mágica sin la que la vida, tal como la conocemos, no existiría. Durante mucho tiempo los científicos evaluaron que el agua de nuestro planeta tenía por fuerza que haber venido del espacio exterior, en cometas y otros planetesimales. Pero ahora han descubierto evidencia que los hace pensar que el agua estuvo en nuestro pequeño y torturado mundo desde poco después de su formación, en el disco de acreción que rodeaba al recién nacido sol, hace unos 4000 millones de años.
Mientras la ciencia hace lo que tiene que hacer –es decir, buscar evidencia–, miremos el agua. Como el aire, lo damos por sentado y solo le prestamos atención cuando falta o cuando sobra. Meditamos frente al mar –que es, junto con los desiertos, una de las pocas ocasiones en las que uno tiene la visión clara y distinta de que está en al superficie de un planeta, sobre todo si la noche es clara o si hay Luna–, pero el resto del tiempo no nos detenemos en el agua, que es tan humilde como indispensable.
Uno de los momentos más fantásticos y alucinantes que experimenté en esta vida fue mi visita al glaciar Perito Moreno. Para asombro de todos, porque mi torpeza es legendaria, descubrí que parecía haber nacido para los crampones, y anduve saltando por paredes de hielo, ágil como un grillo y feliz como un chico. Entonces, en uno de los hoyos que hay aquí y allá, oí ruido de agua. Ahí caí en la cuenta de que el glaciar era una de las muchas formas que adopta el agua. Desde entonces, y no del todo formalmente (hasta este texto), he ido llevando un inventario sorprendente.
Me preguntaban en casa el otro día si pensaba que, por la hora, ya habría caído el rocío. Más allá del uso dialectal, que está aceptado y que no discutiré, el asunto es que el rocío no es como la lluvia. El rocío no cae. Se forma por condensación. El agua invisible se vuelve líquida, y la ropa todavía en el cordel.
No me olvido de la lluvia, por supuesto, no solo por su papel en el ciclo de la vida, sino porque es uno de esos espectáculos hipnóticos de naturaleza innumerable que este mundo nos obsequia. Llegado el caso, se hará nieve. Recuerdo que un querido amigo mío me contó que su padre, en las horas finales, le pidió un último deseo. “Hijo, llevame hasta la ventana, que quiero ver nevar una vez más”.
Los que viven en el frío saben que no hay una sola nieve. Del mismo modo que nosotros distinguimos la garúa finita, la llovizna fría, el aguacero y el diluvio, hay asimismo muchas nieves. Y el aguanieve.
Tanto como se vuelve sutil rocío, el agua es capaz de violentarse más allá de lo que la consciencia humana puede comprender o aceptar. Una amiga que vive en una estancia en San Luis me contaba hace unos años que una tarde, durante una tormenta, oyeron un ruido sobrecogedor, como si se terminara el mundo, algo que nunca antes habían oído, y poco después la avalancha de agua que venía de la cumbre del monte bajó por el arroyo cercano arrasando con todo, como un gesto irritado de Dios. Cuando la visité, el puente de concreto todavía estaba despedazado, como si hubiera estado hecho de cartón.
El sudor en nuestra frente, los días del estío; la gotita insufrible de esa canilla que pierde; la niebla intangible que en estos días empezará a verse por todos lados; la saliva que gastamos en tonterías, y las lágrimas de dolor, de felicidad, de risa o de tedio. Agua siempre. El milagro original y primero.
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