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Tiene dos triunfos en un par de fechas. Nadie pudo con él. Los números lo ubican en lo más alto del campeonato de la Clase 2 del Turismo Nacional. Pero, ¿vale la pena conocer números y registros cuando el hombre derrotó al destino? En absoluto. Son esas victorias que todos festejan. Porque la fuerza de voluntad venció la pulseada contra la adversidad. La fe superó lo imposible. ¿O acaso hay metas imposibles de alcanzar?
Adrián Hang es de esas personas que demuestran permanentemente que la esperanza es el mejor motor para buscar las metas de la vida. Muy pocos, sólo los seres más queridos y Dios saben de los momentos de oscuridad que vivió este chico de 26 años, que perdió las piernas en un accidente en Monza, por una fecha de la Superfórmula italiana. El 14 de abril de 1996 fue la bisagra de un joven piloto que peleaba por triunfar en el automovilismo deportivo y que pasó varias semanas en terapia intensiva en el sanatorio San Gerardo, cerca de Milán.
"Fue muy duro. Durísimo. A uno se le cruzan miles de cosas por la cabeza y hasta no encuentra salidas. Pero el amor de mi familia me y el invalorable apoyo de mi novia, Soledad, me ayudó a encontrar el rumbo. Luego tuve la oportunidad de colocarme las prótesis y finalmente progresé. Ahora estoy acá, puntero del Turismo Nacional con dos triunfos", comenta Hang con orgullo, ya pensando en la próxima fecha, el 7 de marzo.
En el taller, todos los días Hoy Adrián trabaja a destajo en el taller de la familia, en su Franck natal. A pocos kilómetros, en la ciudad de Santa Fe, su padre, Celso, era operado de la muñeca y del codo derechos, los recuerdos que le dejó la victoria de su hijo en Mar del Plata, luego de caerse del trailer que transporta el coche de competición. La alegría lo había embriagado de felicidad y un descuido le provocó las lesiones. "Mi viejo está en el quirófano ahora. Pero estaba muy feliz. Mi familia me acompaña a todos lados y lo disfrutamos al máximo", es la explicación del piloto.
Con una sonrisa, Hang recuerda sus primeros pasos en su nueva vida, después de tiempos de depresión y desaliento: "Lo primero que manejé acá fue un Fiat Uno que era mío. También conduje tractores en el campo, pero lo que más utilizaba era la camioneta. Tiene los pedales muy separados y para mí era lo más cómodo".
También quedó para la anécdota la rotura de las prótesis en el río Paraná, cuando practicaba esquí acuático y la caída fue motivo de la reprimenda de los padres, que se enorgullecen a la vez de las andanzas de su hijo. "El es muy feliz con lo que hace. Y a nosostros también nos brinda felicidad", indica con emoción mamá Amanda.
Una fría mañana de la primavera de 1996, en el circuito de San Jorge, Adrián probó por primera vez un auto de competición. Se fue con el VW Gol y con el grupo de amigos mecánicos que siempre lo acompañaron. Dieron muchas vueltas, ensayaron variantes y se marcharon conformes. La categoría monomarca santatafecina lo aguardaba con los brazos abiertos. Y allí compitió. Debutó en Rosario y quedó segundo. Participó todo el año y más tarde pegó el gran salto al Turismo Nacional.
"Es cierto, vengo invicto este año. Corrí dos y las gané. El secreto fue la constancia del auto. Hay 6 o 7 máquinas en condiciones de ganar. Pero no es fácil. Ahora tengo 50 kilos de lastre y hay que sumar puntos. El ambiente del automovilismo me ayudó económica y anímicamente para volver a correr. Soy un eterno agradecido a ellos y a la vida. Este es un desafío personal y también para el equipo, integrado por los chicos que siempre me acompañaron", se entusiasma.
El asombro no fue sólo para los hombres del automovilismo. Desde Italia, representantes de la firma RTM, la empresa que fabrica las prótesis que utiliza Adrián, viajaron a la Argentina para observar el asombroso progreso. Y quedaron maravillados por lo visto.
Adrián gana carreras y suma éxitos. Sobre las pistas, provoca asombro y admiración. ¿Vale la pena conocer los números y los registros? El hombre derrotó al destino. La fuerza de voluntad venció a la adversidad y la fe batió lo imposible. Las metas son alcanzables. Sólo hay que aferrarse a la esperanza y luchar. Adrián, desde su pequeño Franck, lo hace permanentemente. Sus seres queridos y Dios lo saben muy bien.


