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Resulta extraño que el ajedrez, ese juego milenario, de origen incierto y de virtudes sorprendentes, que desde hace casi un siglo es tema de estudio de científicos e investigadores, los que coinciden en señalar que su práctica estimula varias facultades mentales y forja, además, patrones de conducta entre los más jóvenes. Incluso, que en 1995 la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) recomendó su incorporación en los niveles primario y secundario en todos los países miembros, aún hoy siga siendo motivo de escarnio por algunas autoridades religiosas.
En el reino de Arabia Saudita, Abdul Aziz ibn Abdullah, que carga con el título honorario de Muftí -jurisconsulto musulmán cuyas decisiones son consideradas como leyes- lanzó una feuta -decisión que da el muftí a una cuestión jurídica-, contra el juego de ajedrez; en un programa de la TV saudí, el líder musulmán calificó al juego de "antirreligioso, y obra de Satanás que conduce al odio entre los jugadores". Además dijo, "impide asistir a las plegarias diarias" y que "promociona la adicción al juego; lo que es una manera de ganar dinero sin merecerlo".
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